"El prestigioso médico criollo Unanue, que tendría luego tan decisiva participación en la independencia del Perú, escribió: 'Cuando se señale a los reyes de España, se dirá al indicar al señor Carlos IV, este es el padre de América'". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"El prestigioso médico criollo Unanue, que tendría luego tan decisiva participación en la independencia del Perú, escribió: 'Cuando se señale a los reyes de España, se dirá al indicar al señor Carlos IV, este es el padre de América'". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

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La primera llegó al Perú en 1805. Vivíamos aún la época colonial, aunque no pasó mucho tiempo para que ocurriese la independencia, cuyo bicentenario conmemoraremos en breve los sobrevivientes del coronavirus. Fue una vacuna diseñada para combatir la viruela. Extinguida del planeta en 1978, esta fue la más terrible de las enfermedades que diezmaron a la población indígena americana y en el siglo XVI propiciaron la desaparición de los grandes imperios prehispánicos del continente. Pero así como Europa trajo el mal con los conquistadores de a caballo, trajo también el remedio, tomado de las ubres de las vacas. Solo que este demoró tres siglos.

En 1798 el médico inglés Edward Jenner publicó un libro donde dio a conocer su método para combatir la viruela, consistente en inocular el pus vacuno de las vacas enfermas en las personas a proteger. El médico peruano Uriel García, quien ha investigado el tema, refiere que, dos años después, el colega italiano Luigi Sacco regaló al rey de España, don Carlos IV, una muestra desecada del pus vacuno. En España, como en todo el mundo de la época, la viruela era una enfermedad endémica y una hija del propio monarca había sobrevivido a la enfermedad, pero con la secuela del rostro desfigurado. Hacia 1802 se desató una nueva peste de viruela en las colonias americanas, pero los intentos de llevar en vidrios el pus vacuno hasta esas tierras fracasaron. El médico Francisco Javier Balmis propuso entonces trasladarlo vivo, con el método de irlo pasando de brazo en brazo cada ocho o nueve días, mientras el barco realizaba la travesía hasta la costa americana.

El 30 de noviembre de 1803 partió del puerto español de La Coruña, la fragata María Pita, con veintidós niños a bordo, de entre tres y nueve años, recogidos de unos orfelinatos de Madrid, Santiago de Compostela y La Coruña. Se les asignó una enfermera, Isabel Zendal Gómez, cuyo hijo también formaba parte del grupo, para que cuide de ellos. Después de hacer paradas en varias islas del trayecto, arribaron a Venezuela, donde la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna se dividió en dos. Un grupo, al mando del propio Balmis, se dirigió a México, mientras el otro se internó al virreinato de Nueva Granada, bajo la dirección del médico catalán José Salvany Lleopart. Fue este grupo el que ingresó al virreinato peruano a finales de 1805. Salvany entró a la ciudad de Piura el 24 de diciembre de 1805. Acompañado de tres niños lojanos, que eran como tres reyes magos, trayendo en sus brazos el pus vacuno. Sus nombres han sido rescatados por García: Juan Bayasta Cuenca, natural de Carinamanga, y Apolinario Sarango y Mateo Mora, del pueblo de Sosorana.

La población del norte recibió la noticia de la vacuna con una mezcla de temor y esperanza. Salvany se quejó de que las autoridades locales no prestaban el apoyo que debían, produciéndose un gran desorden en la Casa de la Vacuna, que instaló en su alojamiento. En el primer semestre de 1806, la expedición, reforzada con nuevos niños tomados de Piura y Lambayeque, recorrió Cajamarca, Chiclayo y Huancavelica, practicando miles de vacunaciones. En junio del mismo año el médico español radicado en Lima, Pedro Belomo, había conseguido, sin embargo, desarrollar la vacuna a partir de una muestra desecada en vidrios trasladada desde Cartagena (Colombia) hasta Buenos Aires. Después de algunos intentos fallidos, logró implantarla exitosamente en el niño esclavo Cecilio Cortés. Cuando Salvany llegó a Lima, Belomo ya había empezado la vacunación en la capital. No dejó de ocurrir una tensión, porque Belomo cobraba por la vacuna, mientras que la expedición filantrópica la aplicaba gratuitamente. En Lima, Salvany tomó contacto con Hipólito Unanue, el líder de la medicina local, quien logró limar las asperezas, explicando que la expedición española venía costeada por la Real Hacienda, lo que no ocurría con la labor de Belomo.

Salvany pasó luego a Ica y más tarde se internó a Puno y La Paz, donde prosiguió su campaña de inoculación. Sin embargo, enfermó de tuberculosis. Antes, en Colombia, había perdido un ojo en un accidente. En 1810 murió en Cochabamba (Bolivia), mientras proseguía la campaña de vacunación, que practicó con verdadera abnegación. Balmis, en cambio, logró regresar a España, después de haber llevado la vacuna hasta Filipinas e incluso la China, De los niños que zarparon de La Coruña poco se supo. Parece que ninguno regresó a España. La nodriza Isabel Zendal permaneció en México, donde ahora existe un hospital que lleva su nombre.

La Expedición Filantrópica de la Vacuna fue encomiada por importantes personajes de la época, como Edward Jenner, Alejandro de Humboldt e Hipólito Unanue, como una de las más bellas empresas jamás realizadas. Nunca antes se había emprendido una campaña sanitaria a tan vasta escala y con tan buenos resultados. El prestigioso médico criollo Unanue, que tendría luego tan decisiva participación en la independencia del Perú, escribió: “Cuando se señale a los reyes de España, se dirá al indicar al señor Carlos IV, este es el padre de América”.