La vena autoritaria y golpista del de Pedro Castillo, que viene intentando perpetrar un cierre inconstitucional del Congreso, ha quedado desenmascarada sin ambages, salvo tal vez para la misión de la OEA, cuyo francamente patético informe preliminar pasa por alto todas las tropelías del Ejecutivo y, en cambio, da voz a las más ridículas alegaciones de sus áulicos, como aquellas que culpan a la prensa de sesgos arbitrarios contra el régimen, o –la peor de todas– dicen que el rechazo generalizado al Gobierno está motivado por el racismo y el clasismo (¡¿?!).

La ingenua condescendencia de los analistas políticos ‘mainstream’, que por meses insistieron en la inexistencia de riesgos reales para la debido a la precariedad y debilidad del castillismo, como si estas fueran sinónimo de inocuidad, ha quedado desbaratada por completo. Y es que, como he venido recordando persistentemente en estas páginas (18/12/21, 12/2/22, 12/3/22, 13/8/22), lo cierto es que “toda crueldad proviene de la debilidad” (Séneca), “si crees que los hombres rudos son peligrosos, espérate a ver de lo que son capaces los hombres débiles” (Jordan Peterson) y la autovictimización “es una estrategia de narcisistas y psicópatas” (Adam Wharton).

Ocurrió, pues, lo que me temía y predije (13/8/22): “El animal acorralado [...] [es] agresivo y amenazante […], pero de manera reactiva y temerosa, desesperada. Su cerebro hiperactivo está abrumado por las hormonas que activan las alarmas de peligro, y esto puede hacerlo equivocar los movimientos […] porque no tiene la fría claridad para escoger el momento preciso en que convienen uno u otro […]. [El] presidente y su gobierno quisieran parecerse a la fiera a punto de abalanzarse calculadamente sobre nuestra democracia para devorarla, pero los hechos los han puesto en situación más bien de predador acorralado. Siempre al borde del error. Pero no por eso condenado a ser cazado”.

Hoy estamos, pues, en ese preciso momento: el Gobierno es a la vez agresivo y errático, pero eso no garantiza su fracaso. Su intento de propinar un zarpazo al sistema democrático –ciertamente no solo al Congreso– para concentrar poder (legislando vía decretos) y sobre todo neutralizar los mecanismos que potencialmente podrían privarlo de este (vacancia, suspensión, acusación constitucional, etc.) puede prosperar o fracasar, dependiendo de cómo actúen los demás involucrados.

El Tribunal Constitucional ha otorgado la medida cautelar que impide al Gobierno dar por disparada la primera ‘bala de plata’ (denegatoria de la confianza), y ello permite especular que su pronunciamiento final de fondo irá en la misma línea. Paradójicamente –nadie sabe para quién trabaja–, lo anterior podría desinflar el ímpetu de los congresistas por votar a favor de la tercera moción de vacancia (presentada también esta semana), pues la amenaza de su disolución si no le ganan por puesta de mano al Ejecutivo se vuelve menos inminente. Y como el Gobierno mantiene su capacidad de conceder beneficios prebendarios a los congresistas indecisos –los llamados ‘niños’–, lo previsible parecería ser la indefinida continuidad de esta insufrible y agónica crisis, en tanto el Estado y la gestión pública continúan desmoronándose.

Empero, tres factores pueden cambiar el curso de ese pronóstico: (i) la iniciativa de modificar el reglamento del Congreso para permitir la suspensión presidencial hasta por tres años con solo 66 votos, que ha de pasar a discusión en el pleno próximamente; (ii) la de recorte de los mandatos presidencial y congresal y adelanto de elecciones generales, que también pasaría al pleno; y (iii) la por ahora silenciosa continuación de las investigaciones y diligencias fiscales contra el presidente y su entorno, que sin duda sacarán pronto a relucir nuevas y cada vez más contundentes pruebas de sus fechorías, lo cual hará que tarde o temprano a los famosos ‘niños’ no les quede otra, por presión de la opinión pública (como ha ocurrido en el pasado), que definirse a favor de la vacancia.

Finalmente, esta, como cualquier prerrogativa de la función pública, no es verdaderamente discrecional, sino que está siempre implícitamente subordinada al interés público y al bien común. Ninguna democracia puede tolerar tanto tiempo tanta torpeza, corrupción, desfachatez y autoritarismo. La esencia de la democracia repele –casi metafísicamente– la continuidad de tal régimen, porque si se mantiene devendría inevitablemente en dictadura. Más vale un final horroroso que un horror sin fin.

Gonzalo Zegarra Mulanovich es consejero de estrategia

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