"Los deudos de los muertos por COVID-19 deben sufrir la pena de no poder acompañarlos durante su tránsito final". (Foto: AFP / CARL DE SOUZA)
"Los deudos de los muertos por COVID-19 deben sufrir la pena de no poder acompañarlos durante su tránsito final". (Foto: AFP / CARL DE SOUZA)
Carmen McEvoy

Historiadora

El ritual de la muerte ha acompañado al ser humano por milenios. Desde las primeras sepulturas del Paleolítico halladas en Atapuerca (España) hasta las elaboradas ceremonias del mundo antiguo donde el cuerpo del difunto era lavado, perfumado y expuesto por varios días a amigos y familiares entre sollozos y acordes de flauta, pasando por los entrañables entierros serranos con comida y orquesta incluida. Los humanos despedimos a nuestros seres queridos para iniciar el duelo. Uno de los recuerdos más vívidos del funeral de mi madre son las flores blancas que llevé al velatorio. Con ellas, mis hermanas y yo decoramos los cuatro candelabros que rodeaban su ataúd sobre el cual colocamos su foto, la que ahora me recuerda nuestro inmenso privilegio. Porque los deudos de los muertos por deben sufrir la pena de no poder acompañarlos durante su tránsito final. Imaginando la agonía en soledad del padre, madre o hijo antes de recibir el respectivo cuerpo en una bolsa de plástico sellada. La que deberá ser enterrada por hombres enmascarados sin liturgia, flores, comunidad de afecto y mucho menos palabras que recuerden su paso por la tierra. Una situación tal vez parecida a la experimentada por miles de compatriotas cuyos familiares yacen hasta ahora en una fosa común desconocida, prolongando un duelo agónico que comenzó hace cuarenta años y aún no se resuelve. El COVID-19 no solo secuestra nuestro cuerpo para aniquilarlo sin piedad, sino que nos priva de uno de los ritos que definen a la especie humana: despedir y enterrar a sus muertos fijando ese preciso instante por siempre en la memoria.

En los inicios de la pandemia nos impactaron las imágenes de los camiones militares llegando a Bergamo (Italia) –una ciudad brutalmente golpeada por el virus– para recoger a los centenares de cadáveres que ya no podían enterrarse en el pueblo de origen por falta de espacio. Más adelante nos conmovieron las fotografías aéreas de Hart Island (Nueva York) donde presos cavaron apresuradamente fosas para hacer espacio a los miles de cuerpos que la ciudad-imperio, como la llamaban en el siglo XIX, ya no podía contener en sus cementerios tan colapsados como sus hospitales. Las imágenes de Guayaquil donde los cuerpos yacían en las calles anunciaron a los peruanos que el horror estaba a la vuelta de la esquina y que, a pesar de los innumerables avisos, nos agarraría inermes. Con el propósito de reafirmar esa humanidad que un virus invisible pretende robarnos “The New York Times” decidió homenajear –en una de sus últimas portadas– a mil fallecidos por el COVID-19. En un trabajo notable los periodistas del Times juntaron una infinidad de historias y las fueron tejiendo en un inmenso tapiz funerario que quedará en el recuerdo de los millones que compartimos esta pesadilla planetaria.

La forja de un “nosotros” mediante un necesario duelo nacional se diluye en el Perú porque en el camino al atávico ritual se cruzan los ladrones y los pobres diablos de toda la vida. ¿Cómo se puede sentir la esposa de un médico o la madre de una enfermera fallecida –ambos cumpliendo su deber– al enterarse de que generales y coroneles de la policía o un grupo de hackers desalmados despluman al Estado Peruano en medio de la muerte? ¿Cómo puede sentirse el país entero cuando del seno del Ministerio de Cultura –que debería estar cumpliendo su tarea de darle algún sentido a esta catástrofe planetaria– salen las órdenes de servicio de un pelele oportunista cuyo salario habría servido para ayudar a tantos artistas desocupados? Y dentro de esas paradojas a las que nos tiene acostumbrada nuestra historia, cada vez más surrealista, se encuentra la de la renunciante ministra Sonia Guillén, cuya carrera académica está justamente marcada por descubrimientos de entierros funerarios tan importantes como el de la señora de Cao o el famoso perro peruano. Sus títulos, estudios sobre momias y experiencia como directora del museo más antiguo del Perú no le sirvieron de nada para entender el manicomio del Estado Peruano, donde los ministros pasan y las redes avezadas en la entrega de la prebenda sobreviven todas las pandemias imaginables.

Los funerales de Estado marcan hitos históricos, además de generar vínculos identitarios que sobreviven la erosión del tiempo. Pero para que un pueblo en su conjunto honre solemnemente a sus muertos y, como es el caso actual, a los caídos en acción, se requieren un liderazgo, una comprensión de la historia y una visión de país de la cual desafortunadamente carecemos. Mientras tanto solo nos queda reflexionar como sociedad civil en nuestros respectivos ámbitos, paliar dentro de lo posible el dolor ajeno y valorar cada minuto de nuestra existencia. Apreciando “las simples cosas”, evocadas por Buika, que la obsesión de tener, poseer y mermar a costa de un Estado colapsado simplemente desprecia. Nunca lo olvidemos. Y tampoco a nuestros muertos.

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