"Esta capacidad increíble de sintetizar muchos significados en un solo dibujo parece ser lo que diferencia al ser humano de otros animales". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Esta capacidad increíble de sintetizar muchos significados en un solo dibujo parece ser lo que diferencia al ser humano de otros animales". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

En los últimos días hemos sido testigos del significado que tiene la imagen de una vaca en un envase y del escándalo que ha generado el uso inadecuado de este símbolo. La solución –práctica, pero no eficiente– ha sido retirar tal simbología cambiando mágicamente el significado del contenido del producto. También en los últimos días se han mostrado al público los recientes descubrimientos de impresionantes símbolos en la huaca Garagay, en el distrito de San Martín de Porres. Tres mil quinientos años antes, en lo que es hoy Lima, se esculpieron dos frisos coloridos y sumamente hermosos de figuras que recuerdan a los jaguares Chavín. El arqueólogo Héctor Walde sabe que es difícil descifrar símbolos de los que conocemos relativamente poco, pero afirma que fueron constantemente resanados y preservados por los antiguos pobladores sugiriendo su importancia.

Esto nos lleva a pensar en la fascinante relación que el ser humano ha tenido con los símbolos que produce y a la vez en la relación que tenemos con los símbolos en el Perú.

La unión de un signo, como por ejemplo la imagen de una vaca, puede generar un significado aportado por un código que da la cultura del observador y el contexto donde esta imagen esté reflejada. Es decir, para una cultura determinada, la imagen de una vaca en una caja o lata puede significar leche para consumo humano, para otra cultura la imagen de una vaca en un templo puede significar una criatura divina. Similarmente, los grandes felinos han sido venerados como tótems que algunas veces han recibido la proyección de los valores de la sociedad y en otras sociedades han sido comparados a demonios.

Esta capacidad increíble de sintetizar muchos significados en un solo dibujo parece ser lo que diferencia al ser humano de otros animales. Antes se pensaba que los humanos éramos los únicos que podíamos aplicar nuestra inteligencia, utilizando un conocimiento adquirido en una situación nueva. Sin embargo podemos ver en los animales domésticos una sorprendente capacidad de improvisar y resolver problemas o llamar la atención. Se ha especulado que el ser humano es el único que puede usar herramientas y, sin embargo, se ha observado a hormigas usar pequeños trozos de paja para cavar o a pájaros ayudarse de ramas para hacer salir a hormigas de su guarida y así comérselas.

Por último,se ha dicho que el ser humano es el único que fabrica herramientas; sin embargo, la famosa primatóloga Jane Goodall registró en película a un chimpancé arrancando las hojas de una rama para convertirla en un palo para extraer miel de un panal, ergo, fabricando herramientas.

La capacidad simbólica compleja es la que caracteriza a los seres humanos. Pero, y hay que ser honestos en esto, eso se afirma solo porque no hemos podido descifrar el lenguaje animal y, como siempre sucede, los delfines y su capacidad de comunicación siempre nos presentarán un desafío y postergarán la posibilidad de sentirnos únicos, por lo que deberíamos estar agradecidos.

La vida social de los símbolos es apasionante. Por ejemplo, en el caso de Occidente, la cruz pasa de ser un instrumento de tortura a un elemento sagrado. Otro tipo de cruz, como la esvástica, pasa de ser un símbolo permanente del hinduismo a ser resignificada y redireccionada por el nazismo. Algunas veces los signos han cambiado radicalmente su significado junto con la utilidad, como la arroba (@), que solía representar una unidad para medir peso y ahora es un símbolo por derecho propio y un componente de toda dirección del correo electrónico.

Asimismo, nuestra situación en la interpretación de los símbolos de las culturas prehispánicas exige un trabajo propio de Sherlock Holmes, a partir de los temas que son recurrentes. En su deslumbrante búsqueda de interpretar la rica iconografía moche, el arqueólogo Krzysztof Makowski nos inspira con la idea de como podría ser interpretado un cuadro de la crucifixión de Cristo . A primera vista, un observador que no conoce nada del tema podría describir a un hombre clavado en una cruz rodeado de tres mujeres. Un segundo observador, con mayor conocimiento, podría en cambio decir que se trata de una imagen de la crucifixión de Cristo y podría fácilmente recordar, con solo mirarla, qué sucedió antes y después de esta historia (que para representarla basta una imagen). A un tercer observador, la imagen podría evocarle un significado complejo que resume no solo una historia, sino la trascendencia que entiende en ese mensaje: la salvación de la humanidad.

Es muy interesante observar cómo convivimos con estos tres niveles, y que, en el caso de la vaca del tarro de la supuesta leche opera la última perspectiva, donde la vaca no solo evoca la leche sino a casi un carácter sagrado de nutrición sana para infantes. Mientras, los dos jaguares de los frisos de Garagay que han despertado para verse acosados por una ciudad de cemento solo nos ofrecen la posibilidad de describirlos, compararlos y tal vez deducir provisionalmente su significado, y así pasa con gran parte de las imágenes de nuestro pasado no escrito.

Ser un animal simbólico nos ha deparado un ahorro de energía mental único y una forma de transmisión de contenidos complejos inigualable, pero, como hemos visto, también ha sido una forma de encubrir contenidos o maquillarlos. También cada símbolo es identificado de manera distinta por cada observador (por ejemplo, amigo lector, ¿con que símbolo usted identifica el concepto que usted tiene de Dios?). Se hace necesario que siempre vayamos más allá de los significados de los símbolos y parece que ahora más que nunca debemos investigar literalmente qué hay detrás de ellos o quiénes son los que ahora tienen el poder de producir los significados.

Recuerdo como si fuera ayer cuando vi pasar la antorcha olímpica, el símbolo por excelencia, por las calles de Nueva York rumbo a Atenas. Descubrí que lo que los relevos transferían era el fuego quedándose con la antorcha. Una vez que una atleta entregó el fuego a su relevo, vi que se quedó con la antorcha mientras era saludada por el público. Le pedí que me la prestara y amablemente accedió. Quería tener en mis manos el símbolo de los símbolos, la portadora del fuego que simbolizaba la lucha de un hombre contra los dioses, es decir, evocaba la figura de Prometeo que robó el fuego para los seres humanos. Lo primero que me sorprendió es que era liviana, parecía estar hecha de aluminio. El primer símbolo que vi impreso en ella fueron los anillos olímpicos que claramente representan a los cinco continentes entrelazados, creación del barón Pierre de Coubertin. El segundo que vi era bastante poderoso, decía “Enjoy Coca-Cola”, y de alguna manera destruía todo mi romanticismo simbólico. Era un encuentro sorpresivo con la realidad que los símbolos actuales daban cuenta de un nuevo tipo de poder, muy actual y muy distinto al que los griegos daban al fuego robado por Prometeo.

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