"Y tanto reconocimiento merecen ellas por su trabajo como los ciudadanos que las eligieron". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Y tanto reconocimiento merecen ellas por su trabajo como los ciudadanos que las eligieron". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Janice Seinfeld

Directora ejecutiva de Videnza Consultores

Es claro que la excelencia en la gestión de una crisis no depende del sexo de quien la lidera. Sin embargo, la pandemia del viene mostrando que estar gobernados por mujeres está resultando mejor para la salud y la economía de varios países.

Tal es el caso de Taiwán, Alemania, Nueva Zelanda, Finlandia, Islandia, Dinamarca y Noruega. Es cierto que son países con sistemas de salud envidiables y economías sólidas. Pero otros, incluso más robustos, están mostrando indicadores preocupantes.

¿Qué tienen en común estas líderes? Todas optaron muy tempranamente por intervenciones drásticas como el aislamiento social, el cierre de fronteras y el rastreo de contactos. Además, ordenaron realizar pruebas masivas para detectar el virus, retirar al paciente de su entorno y tratarlo de manera efectiva. Es decir, todas tomaron decisiones sobre la base de evidencia científica.

Taiwán, una pequeña isla ubicada a 200 kilómetros de China continental, ha sido uno de los pocos lugares del mundo que ha logrado contener este coronavirus, pese a la vulnerabilidad obvia de estar tan cerca del origen de la epidemia. Cuando, en diciembre, su presidenta Tsai Ing-wen escuchó sobre un misterioso virus que infectaba a los residentes de Wuhan, activó 124 medidas que hicieron innecesario un bloqueo total: ordenó que se inspeccionaran todos los aviones que llegaban desde dicha localidad, estableció un centro de mando epidémico, aumentó la producción de equipos de protección personal como mascarillas, restringió todos los vuelos desde China, Hong Kong y Macao, impuso cuarentenas a los viajeros y ordenó monitoreos.

Recientemente, Ing-wen se enfrentó a la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la que Taiwán no es miembro por su tensión política con Beijing, pues sostuvo haber alertado al organismo internacional sobre la severidad de este virus cuando recién se iniciaba. Con 429 casos confirmados y apenas seis muertes entre sus 24 millones de habitantes (según data de la Universidad Johns Hopkins), esta nación hoy envía insumos médicos a países colapsados por la epidemia.

La alemana Angela Merkel, doctora en química cuántica, se adelantó a sus vecinos europeos. Advirtió a la población de que este virus era un “asunto que hay que tomarse en serio” y mandó a hacer tests masivamente: 350.000 pruebas cada semana. Identificar rápido a los portadores permitió frenar la expansión de la enfermedad.

En Nueva Zelanda, la primera ministra Jacinda Ardern optó por implementar la que hasta ahora es la estrategia más estricta del mundo, y que consiste en eliminar la curva en lugar de aplanarla. Impuso el confinamiento cuando apenas había seis casos confirmados de contagio en el país, prohibió la entrada de extranjeros y obligó a los neozelandeses que regresaban al país a aislarse por catorce días. Ardern destacó, además, por su comunicación empática y cercana. Esa que mostró al mundo cuando, en marzo del año pasado, un ataque a dos mezquitas se convirtió en la mayor matanza en la historia de su país. La estrategia resultó, y ayer, con diecinueve muertes por el virus, sus conciudadanos abandonaron el confinamiento. “Hemos ganado esta batalla, pero debemos permanecer vigilantes si queremos mantenerlo así. Estamos abriendo la economía; no estamos abriendo la vida social de las personas”, precisó la joven política a sus disciplinados compatriotas.

Los ejemplos anteriores muestran que líderes que actuaron con anticipación y decisión para hacer frente, con éxito, al COVID-19 son, en proporción, mayoritariamente mujeres. Además, sus gestiones contrastan con las de algunos de sus pares hombres, que están tomando direcciones diametralmente opuestas y alejadas de lo que la comunidad científica recomienda. Ello muchas veces con retóricas incendiarias e irresponsables.

Cuando en el futuro recordemos estos tiempos tan desconcertantes, ojalá tildemos de anacrónica una noticia donde el liderazgo exitoso era destacado por el sexo del personaje en cuestión. Pero hoy, cuando las mujeres representan menos del 7% de los líderes mundiales, sí es ciertamente notable. Y tanto reconocimiento merecen ellas por su trabajo como los ciudadanos que las eligieron.

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