"Antes de analizar los pliegues de su resignación, hay que admitir que la señora Mendoza ha actuado guiada por un mínimo sentido de realidad". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Antes de analizar los pliegues de su resignación, hay que admitir que la señora Mendoza ha actuado guiada por un mínimo sentido de realidad". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Mario Ghibellini

Periodista

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Pocas distribuciones de roles son más sexistas que aquella que vemos en los espectáculos de magia. El que produce los supuestos prodigios que encandilan a la platea es siempre un caballero, y la que sonríe y extiende los brazos para reclamarle al público un aplauso para su jefecito después de cada truco es invariablemente una dama.

La función de esta última, como se sabe, es distraer al respetable con guiños y mohines mientras el ilusionista cambia la chistera con la que salió a escena por la que tiene embutido al conejo en el interior de la copa: una ocupación, en realidad, tan respetable como cualquier otra… Pero que no parece acomodarse a las turbulencias que agitan habitualmente el alma de las señoras que luchan por la igualdad de género y el derribamiento de las estructuras patriarcales que dominan nuestra sociedad.

Ver por eso a avenirse de pronto a asumir ese rol con respecto a provoca una sonrisa irónica y llama a meditar sobre las flexiones que la gente está dispuesta a ensayar por una discreta dosis de poder.

–Habilidades blandas–

Antes de analizar los pliegues de su resignación, hay que admitir que la señora Mendoza ha actuado guiada por un mínimo sentido de realidad. El 11 de abril le fue muy mal: salió sexta. Y eso, después de que las encuestas telefónicas la hicieran soñar con un casi seguro pase a la segunda vuelta, tiene que producir un cierto escozor. Sobre todo, cuando la . de sus pesadillas salió segunda y sí consiguió pasar a la siguiente ronda. Si consideramos además que, en el mejor de los casos, Juntos Por el Perú colocará cinco representantes en el Congreso, resulta que su performance en las urnas fue como para hacer una venia y pegar una carrerita hacia los bastidores. Pero alejarse de los reflectores nunca es fácil para los que ya se doraron tantito bajo su luz y si pueden agenciarse una última resolana, se la zumban sin protector.

Pues bien, eso es precisamente lo que daría la impresión de haber ocurrido esta semana con Verónika, otrora afecta a los discursos reivindicatorios sobre los derechos de las mujeres en medio de la refriega política y hoy dispuesta a pasar por el aro de los arrebatos machistas de Perú Libre a cambio de tener un minuto más al sol.

Como se sabe, la ex postulante presidencial de Juntos por el Perú firmó esta semana un acuerdo de respaldo a la candidatura de Castillo en la segunda vuelta, resaltando la común vocación por el intervencionismo económico y el recorte de libertades que existe entre las agrupaciones que ellos representan, pero ignorando al mismo tiempo el sistemático ánimo humillante que ha exhibido el secretario general de Perú Libre hacia una de las banderas que ella supuestamente enarbola. Esta semana se han recordado especialmente dos sentencias vejatorias de –”Dicen que la revolución es como una mujer, necesita de hombres verdaderos” y “Por cuota de género lamentablemente elegimos consejera mujer”–, pero sus brulotes segregadores, a propósito de esta y otras materias, son legión.

Con la actitud que comentamos, la señora Mendoza se ha colocado en la misma posición de todos aquellos sahumadores de la postulación de Castillo que tienden a pasar sus exabruptos más brutales por agua tibia. “Dichos desafortunados” o “falta de habilidades blandas” murmuran ellos indulgentes ante sus amenazas inequívocas de desactivar el Tribunal Constitucional o la y siguen cargando impávidos el anda, mientras simulan no percatarse del riesgo que esos anuncios entrañan para la subsistencia del estado de derecho en el país. O, peor todavía, se dan por satisfechos cuando el candidato de pronto cambia su perorata y afirma que, en lugar de desactivar las referidas instituciones, piensa “fortalecerlas”. ¿Qué creen? ¿Qué lo que sucede es que el señor Castillo cultiva una coquetería chimoltrufia y así como dice una cosa, puede decir otra? No, sencillamente se están ofreciendo como ayudantes para que él pueda escenificar sus trucos –juegos de palabras, más que de manos– delante de los ciudadanos distraídos y no se hacen problemas con pasarle los naipes marcados o reclamar para él ovaciones de la concurrencia. Nadie entre todos esos asistentes de mago, sin embargo, alcanza los niveles de sofisticación de la señora Mendoza.

–La capa y el sombrero–

Verónika, en efecto, tiene que aparentar a partir de ahora que cree que Castillo realmente tiene un equipo técnico, pero no lo muestra para que no lo “terruqueen”. O que asignarles el 10% del PBI a los sectores de Educación y Salud es una propuesta seria y factible. O que rehuir los debates presidenciales que intenta organizar el JNE es uno de los recursos de la democracia para enseñarles a los votantes a pensar por sí mismos. Es decir, tiene que apechugar con desatinos todavía más grandes que los que ella impulsaba cuando era candidata, alentando quizás la ilusión de que esa solícita disposición le permitirá lucir como la heroína menor de una de las causas por las que antes bregaba.

Castillo, sin embargo, se ha encargado de bajarla rápidamente de ese caballo alado, pues solo horas después de que ella le firmara el obsequioso acuerdo, ha declarado: “el enfoque de género no es nuestra prioridad”. Y ella, en silencio, ha tenido que ir a buscarle la capa y también el sombrero.