"También resultan de interés en estas “Metamemorias” las reflexiones de su autor sobre las decisiones claves pero equivocadas que se tomaron en la historia política peruana".
"También resultan de interés en estas “Metamemorias” las reflexiones de su autor sobre las decisiones claves pero equivocadas que se tomaron en la historia política peruana".
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

“Dejo [...] mi cadáver como una muestra de desprecio a mis adversarios”, anotó en su ya famosa carta previa a su suicidio del año pasado. Felizmente dejó también algo más útil y trascendente: su libro de memorias, que él prefirió titular “Metamemorias”. Ello, porque no ha querido limitarse a un recuento cronológico de los hechos de su vida, sino acompañar su selección, análisis y relato con la carga de emociones, interpretación y valoración subjetivas que les darían toda su fuerza. Ciertamente, toda reconstrucción de la memoria es así: personal y sesgada por nuestra ideología y circunstancias. En todo caso, es mejor que esta perspectiva sea asumida de forma clara y consciente.

El libro entrega algunas primicias sobre la , que la investigación histórica deberá confirmar. Por ejemplo, detalles de la insurrección aprista del 48, algunos de cuyos personajes rescata del olvido. También el hecho de que el golpe militar de 1962 contra el gobierno de Manuel Prado habría sido una maniobra concertada entre el presidente a ser derrocado y los militares, de modo que Prado los aguardó ese 18 de julio de 1962, cuando faltaban diez días para el término de su mandato, literalmente con las maletas listas. La maniobra tuvo como finalidad desconocer las elecciones de 1962 e impedir el ascenso al poder del , en alianza con el odriismo.

Otra tesis que sostiene el libro es que la comisión sobre los sucesos de Uchuraccay presidida en 1983 por Mario Vargas Llosa fue informada por el ejército de “la verdad” de lo ocurrido. Los periodistas habrían sido conducidos a una suerte de emboscada por Fortunato Gavilán, previamente entrenado por los militares del cuartel Los Cabitos. Pero la comisión prefirió no afectar la imagen del ejército en ese momento de la lucha contra el terrorismo, presentando la versión de una confusión de los campesinos debido a su aislamiento cultural. Otra noticia que nos alcanza es que en la primera entrevista en Palacio de Gobierno que tuvo con el electo presidente Ollanta Humala, este le sugirió indultar a Alberto Fujimori, a fin de liberar al próximo gobierno de esa presión.

También resultan de interés en estas “Metamemorias” las reflexiones de su autor sobre las decisiones claves pero equivocadas que se tomaron en la historia política peruana. Por ejemplo, que en 1948, cuando Haya de la Torre no podía postular a la presidencia, pero sí elegir al candidato que seguramente ganaría, optara por José Luis Bustamante y Rivero, en vez de Rafael Belaunde. Este era un hombre más leal y confiable y no habría dado la espalda al Partido Aprista como aquel, que, en la versión de AGP, terminó secuestrado por la derecha.

Otra decisión crucial de la clase política fue no haber aprovechado la crisis de 1977, tras la gran huelga general del 19 de julio, para echar del poder a los militares. En vez de ello se aceptó su propuesta de Asamblea Constituyente para el año siguiente, prorrogando por tres años su permanencia en el gobierno. Esto permitió a los militares salir indemnes política y judicialmente, e impidió a Haya de la Torre ungirse como presidente, en lo que habría sido su última oportunidad. También fue una ocasión perdida que, al término del régimen de Fujimori, Valentín Paniagua no restaurara la Constitución de 1979. Para AGP se trató de decisiones que estuvieron en manos de una persona, o de muy pocas personas, y que luego pesaron sobre la historia contemporánea.

Carente de las grandes llanuras agrícolas de otros países, para AGP el Perú es un país geográficamente pobre, y su población, políticamente conservadora. Prefiere el orden y la seguridad, aun en medio de la pobreza, que la promesa de cambio. Aunque al final, recordando la Francia posrevolucionaria del siglo XIX, sostiene que así son en términos generales las muchedumbres de la historia. Pero además de conservadora, la población peruana llevaría la marca de la fragmentación. Desunida y comarcal, desde los tiempos de la Conquista. Un pueblo apocado, temeroso, y, a su vez, resentido por causa de un discurso histórico machacado desde la escuela, y deseoso de una revancha. Por ello sostiene que a su exitoso gobierno del 2006-2011 le faltó el componente emocional que gusta a las multitudes: la guerra contra alguien, el despojo de algún poderoso. Pero ello hubiera sido faltar a la máxima de Haya de la Torre, que el libro repite constantemente: no se trata de quitar la riqueza al que la tiene, sino de crearla para el que no la tiene.

Las memorias presidenciales son escasas en el Perú. Solo contamos con las de Echenique, que gobernó en el siglo XIX, y con un folleto de Leguía (“Yo tirano, yo ladrón”), que parece fue escrito más bien por su secretario. De ahí el valor de este libro, que expone las reflexiones y la visión sobre el país de un hombre que, más que testigo, fue uno de sus actores decisivos durante el último medio siglo.