Alonso Cueto

Los viernes de antes eran distintos y los Viernes Santos, aún más. Hace unos años, suponían la víspera del descanso, el inicio de los planes del fin de semana, cuando el fin de semana significaba algo. Hoy, los viernes son la víspera de nuevos días de trabajo, una obligación atizada por la situación económica. Suponen también una prolongación de la incertidumbre, la posibilidad de nuevas revelaciones de corrupción y negligencia, las dos estrellas que guían la noche en la que vivimos.

Pero hubo un tiempo en el que los viernes, y en especial los Viernes Santos, suponían un cambio en nuestras vidas. En una familia de clase media en los años 60, digamos, los padres acompañaban a los hijos a confesarse y a asistir a la liturgia del viernes. Era, además, un día de abstinencia. Se estaba celebrando el ritual más importante de todos: el recuerdo del sacrificio de Jesús, que nos abría las puertas del cielo. Eso suponía recogimiento, oración, charlas sobre el tema en familia y algunas actividades adicionales. Una de ellas era escuchar el Sermón de las Tres Horas. Recuerdo especialmente a mi abuela y a mi tía abuela sentadas frente al televisor los Viernes Santos de 12 m. a 3 p.m. En ocasiones, lanzaban exclamaciones de admiración por alguna frase que el sacerdote pronunciaba. Eran los tiempos en los que la religión y las palabras significaban algo.

Como se sabe, el origen del Sermón de las Tres Horas se debe a un sacerdote jesuita nacido en Lima. El padre Francisco del Castillo, considerado patrono de los pobres, dio el primero de los sermones el Viernes Santo de 1660. Del Castillo dio el discurso de un modo espontáneo, azuzado por su propia fe y por la necesidad de comunicar las palabras de Dios a la gente de la calle. Lo hizo frente a la efigie del Señor de la Agonía en la Iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados. La prédica de las tres horas sobrevivió, aunque no la iglesia. Hace algunas décadas fue demolida para ampliar el jardín de Palacio de Gobierno.

Otra costumbre de esos viernes era ver “Ben Hur”, dirigida por William Wyler. En el corazón de esa película latía la carrera de las cuadrigas. Esta escena, que en la versión final duraba nueve minutos, era el pico del conflicto, antes de la distensión final del reencuentro familiar. Estrenada en 1959, la película fue una producción millonaria (basta saber que se convocaron cien fabricantes de ropa, diez mil extras y que se filmó durante ocho meses con sesiones de 12 o 14 horas diarias). Pero de todo ello surgía el triunfante Ben Hur, mirando a su rival ensangrentado en la arena. Una de las polémicas alrededor de la producción es el hecho de que Gore Vidal, famoso novelista y uno de los guionistas, se propuso plantear de un modo sutil una relación homoerótica entre Ben Hur y Messala.

En las Semanas Santas de antes, el mundo se detenía por una razón. Era momento de quitar los ojos de la tierra y elevarlos al cielo para poder volver sobre la tierra. Hoy, la realidad es tan amenazante que no podemos o queremos quitar la atención de lo que nos rodea. En esta Semana Santa, en las reuniones familiares se seguirá discutiendo sobre la vacancia, la acusación constitucional y el caos que el gobierno se esmera en multiplicar. Pero seguimos recordando la efigie del Señor de la Agonía, ante la que el padre Del Castillo pronunciaba su sermón frente a los más pobres. Su legado es una reivindicación de su apellido.

Alonso Cueto es escritor

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