Ocaso imperial: Moctezuma y Atahualpa, por Luis Millones
Ocaso imperial: Moctezuma y Atahualpa, por Luis Millones
Luis Millones

Antropólogo

Visitar la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) despierta sentimientos similares a los que debió tener Pizarro cuando dejó Extremadura pensando en El Dorado. Las quejas de mis colegas mexicanos por los problemas universitarios que atraviesan parecen bromas por las distancias entre las condiciones en que ellos trabajan y lo que vivimos en San Marcos. La sola existencia de investigadores a tiempo completo marca la lejanía inconmensurable con los presupuestos que manejamos en Lima.

En el necesario intercambio de temas comunes, me interesó la percepción de mis colegas mexicanos con respecto a la muerte de su último gobernante indígena: el tlatoani, o jefe supremo de la Triple Alianza (Tlacopan, Texcoco y Tenochtitlán): Moctezuma Xocoyotzin, que gobernaba un vasto imperio desde México-Tenochtitlan, en contraposición a la versión que nos entregan los cronistas de lo sucedido con Atahualpa, el último de los incas del Tahuantinsuyo.

Los mexicas (etnia en el poder) y otras sociedades, sujetas o en alianza con los gobernantes, como los tarascos, una vez anunciado el fallecimiento del monarca, procedían a una fastuosa ceremonia que concluía con la cremación del cuerpo del tlatoani, cuyas cenizas se guardaban con todo respeto, asumiendo el fin de su reinado y el inicio de una nueva era. Incluso a Moctezuma, muerto por una pedrada de quienes daban una de las últimas batallas a Cortés, o bien, apuñalado por los españoles, se le respetó la negativa de ser bautizado y su cuerpo fue cremado en medio del dolor de sus seguidores más cercanos, aunque sus cenizas no recibieron sepultura.

Nada más lejano al proceso seguido generalmente en el Cusco, donde a los miembros de las diez o más panacas (familias de la nobleza privilegiada) apenas fallecían sus cuerpos se momificaban para que continuasen una nueva forma de vida. Pero no en el más allá. La momia, que en ciertas ocasiones se reemplazaba por un envoltorio (bulto lo llamaron los españoles) que tenía sus uñas y cabellos, o simplemente una piedra investida de poderes de representación, seguía interviniendo en la vida ceremonial de la nobleza a la que no dejaba de pertenecer. Sus servidores y mujeres (los que no habían sido sacrificados en su honor) seguían bajo su mando, mientras que uno de ellos, que los españoles calificaron de “ministro”, interpretaba los pensamientos del cuerpo momificado y transmitía sus opiniones. 

Tenemos incluso el testimonio de un español que en tiempo de Manco Inca vio una ceremonia, a la salida del sol, llevada a cabo por la nobleza, vivos y muertos, para su total estupefacción. No es de extrañar que el clero evangelizador persiguiese con saña esta adoración, en la que solo vio cuerpos insepultos, alternando con idólatras.

Tampoco nos puede sorprender que el inca Atahualpa, desde su prisión en Cajamarca, decidiera bautizarse cuando le avisaron que, si no lo hacía, sería quemado vivo. El inca ya había asumido su fin, pero de resistirse al bautismo su cuerpo se habría consumido en las llamas y hubiese perdido la oportunidad, una vez convertido en momia, de seguir interviniendo en los avatares del imperio, por encima de la presencia de los invasores.

El cálculo de Atahualpa se acomodaba a las circunstancias. Luego de las muestras de dolor de los indígenas que vieron su muerte bajo la pena de garrote, su cadáver fue enterrado en el espacio consagrado de la recién construida iglesia de Cajamarca. Poco después sus familiares, liderados por su hermano Cusi Yupanqui, procedieron a robar su cuerpo y llevarlo hacia el reino de Quito. 

No fue una buena decisión. Quito estaba controlado por Rumiñahui, uno de los generales de Atahualpa, quien decidió matar a Cuxi Yupanqui y tomar el cuerpo del inca, lo que legalizaba, de alguna forma, su condición de gobernante. No le duró mucho su artimaña. El reino de Quito fue tomado por los españoles que apresaron a Rumiñahui y quemaron el cuerpo del infortunado Atahualpa.

Ninguno de los dos jefes supremos ha conseguido unanimidad en el juicio de los historiadores, que se han mostrado duros con respecto al comportamiento del inca y del tlatoani frente a los conquistadores, aunque se trataba de circunstancias inimaginables para quien estuviese en su situación. En todo caso, su fin presagiaba el destino de sus imperios. 

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