Alonso Cueto

Los tiempos corren, todo el mundo tiene prisa y hay que inventar un lenguaje de acuerdo con esta velocidad. Por eso, se imponen entre nosotros las palabras cortas, los saludos rápidos, las melodías rítmicas y pesadas del reguetón (uno de los géneros más horribles de la música popular, sin duda). Como el inglés abunda en monosílabos y como está bien visto usarlos, escogemos una palabra en ese idioma. Términos como ‘mouse’, ‘chat’, ‘shot’, ‘fresh’, ‘screenshot’ o ‘like’ son parte ya del idioma castellano por su incorporación a la norma. ¿Pero lo son realmente? Todos salimos a buscar las palabras y mensajes más cortos. No queremos saber nada con el tiempo, sino apenas con el presente.

Se dice ‘love’ en vez de amor, ‘bye’ en vez de adiós, ‘bro’ en vez de amigo. En la calle escucho a una chica llamar ‘baby’ a su pareja. No decimos aplicación, sino la ‘app’. Pedir disculpas es decir ‘sorry’. Los tablistas en la playa se advierten de que está muy ‘crowded’ cuando hay muchos corriendo olas. Todo debe abreviarse. Con frecuencia, como las palabras nos cansan incluso en sus versiones monosilábicas, se usan los íconos o las iniciales. “TQM” es una de las versiones que he escuchado de lo que todos imaginan. También hay insultos que se abrevian, por supuesto. Ante tanta profusión de términos cabe decir una expresión que acabo de escuchar en la calle: “Oh, my God”. También se han puesto de moda las iniciales, de las cuales CEO es la más común, cuando se habla de los ejecutivos principales en las empresas. Todo resulta así muy ‘cool’.

Esta tendencia va en la dirección contraria de una que llevaba muchos años: el gusto de los peruanos por las expresiones barrocas y extensas. Recuerdo que alguna vez llamé a una oficina donde la persona que contestó me dijo: “El doctor se ha retirado por el momento debido a unos asuntos urgentes. Sírvase, por favor, esperar en la línea o, de lo contrario, llamar más tarde hasta que el doctor se haga presente y vuelva a la oficina”. Cuando le pregunté en cuanto rato debía llamar, la respuesta fue algo indefinida: “Un promedio de dos o tres horas”. En una radio que transmitía el ambiente preelectoral en las últimas elecciones, un candidato dijo: “Será necesaria mucha sapiencia y sabiduría para que el lector cuaje su voto”.

Esta tendencia, homenaje a nuestra cultura barroca, no ha desaparecido. Pero hoy estamos en una ola de la concisión anglohablante.

No tengo nada en contra de la concisión, la brevedad y el laconismo. Tampoco en contra de la incorporación de otras palabras a nuestro idioma, que ya tiene una enorme cantidad de términos árabes y griegos, además de anglicismos y galicismos por doquier. Palabras como ‘teléfono’, de origen griego, son españolas por adopción. Otras como ‘tarea’, ‘acequia’, ‘alcalde’, vienen del árabe y muestran la importancia que tuvo esa civilización en el mundo de la agricultura y la construcción de ciudades. ‘Alcalde’, dicho sea de paso, tenía el significado de ‘juez’, un origen que muchos han asumido desde las elecciones municipales. Las incorporaciones de muchas otras lenguas han enriquecido al idioma.

Lo que ocurre ahora es preocupante, no por las incorporaciones de otros idiomas, sino porque cada vez se usan menos palabras. Una capacidad por el lenguaje nos ayuda a entender, interpretar, reflexionar y actuar. Mientras más limitado sea, lo seremos también nosotros. Nuestra alma antes cabía en una carta. ¿Ahora cabe en un chat? “Bueno, pues, ‘whatever’”, escucho decir a alguien cerca.

Alonso Cueto es escritor

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