“Cuando ocurrió la conquista o la invasión del país por parte de los europeos, el único producto local que podía ser trasladado al viejo mundo de forma rentable eran los metales preciosos”. (Ilustración: Raúl Rodríguez).
“Cuando ocurrió la conquista o la invasión del país por parte de los europeos, el único producto local que podía ser trasladado al viejo mundo de forma rentable eran los metales preciosos”. (Ilustración: Raúl Rodríguez).
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

Hay quienes piensan que lo que perdió al fugaz presidente del Consejo de Ministros en su presentación ante el Congreso fue proclamar al nuestro como ; incluso “desde el período prehispánico”, como llegó a soltar. La afirmación fue el sustento para proponer la agilización de los proyectos de inversión minera como la llave para la reconstrucción de la economía nacional, severamente afectada por la pandemia de que venimos afrontando.

Pero aquello fue tocar una herida abierta, porque la relación entre los peruanos y la minería es una de amor y odio. De amor, porque uno ama lo que le provee para la vida y, ciertamente, por estos lares, de la minería vivimos, sobre todo quienes componemos la parte moderna, urbana y, podríamos decir, privilegiada de la nación. No tanto directamente, pero sí de manera indirecta. La minería es la actividad económica que, en el fondo, sostiene los ingresos del Estado y de buena parte de las grandes empresas, y la que permite que, por medio del comercio de importación, los peruanos con suficientes ingresos nos surtamos de laptops, televisores de pantalla plana y teléfonos inteligentes. Pero también es una relación de odio, porque toda relación de dependencia genera sentimientos encontrados –frecuentemente de rabia–, que se acentúan si nos toca vivir en espacios en los que la actividad minera transforma, no siempre para bien, la vida y la economía cotidiana de las personas. La contaminación, el alza de los precios y el empobrecimiento de la fauna y la flora aparecerían, así, como el precio que una parte de peruanos debe afrontar para que la otra parte pueda disfrutar de las cosas buenas que la minería, sin duda, aporta.

Entonces, respondiendo a la pregunta planteada en el título de este artículo, “Perú, ¿país minero?”. Claro que sí. Nuestra vocación minera se sustenta en dos columnas: una geográfica y otra histórica. La primera tiene que ver con la dotación de recursos naturales. Los primeros observadores que recorrieron nuestro territorio señalaron que las cadenas de montañas que lo atraviesan y volvían tan lentos y costosos el comercio y la comunicación tenían la compensación de que los cerros no estaban vacíos, sino que contenían vetas de casi todos los metales que pueden hallarse en la Tierra. Por esto, el Perú figura en los primeros puestos entre los países productores de varios de ellos.

La razón histórica, por otro lado, tiene que ver con el hecho de que, cuando ocurrió la conquista o la invasión del país por parte de los europeos, el único producto local que podía ser trasladado al viejo mundo de forma rentable eran los metales preciosos. La distancia era tan grande y el transporte tan costoso en las primitivas naos de la época, que la exportación de la plata fue el único comercio posible. La crisis demográfica que implicó la conquista provocó, por su parte, que el trabajo se volviera un bien escaso y costoso. Para los encomenderos y colonos españoles no tenía sentido poner a los indios a producir papas, tejidos o ceramios, sino oro o plata. Y fue esta última, sobre todo, lo que encontraron. Las exclamaciones de “¡vale un Perú!” o “¡vale un Potosí!”, que menudearon en la Europa de los siglos del absolutismo, nacieron de este comercio. Las economías de las élites y del Estado se adaptaron a este hecho, generando estructuras de comercio, comunicaciones y sistemas sociales y tributarios que luego serían difíciles de cambiar.

Únicamente después de la guerra del salitre (1879-1884) disfrutaríamos de una especie de primavera agropecuaria, cuando las exportaciones de azúcar, lanas y algodón nos mostraron, por unas décadas, que otra clase de economía era posible. En los 60, ocurrió algo parecido con el auge de la harina de pescado. Pero en ambos casos, el agotamiento de los recursos naturales (poca tierra agrícola para el cultivo intensivo y el peligro de la sobrepesca) nos recordó que, para ser un emporio de producción agrícola, no estábamos bien dotados, y que era complicado regular una actividad como la pesca en mar abierto.

Que en los últimos cinco siglos hayamos sido un país minero no debería implicar, por supuesto, que debamos seguir siéndolo. Los recursos minerales son finitos y un día se acabarán, o los reemplazarán productos sintéticos, como sucedió con el guano y el salitre, por lo que es bueno pensar en alternativas de organización económica. Un elemento que hoy ha cambiado con respecto al momento en el que nos volvimos un país minero es que el trabajo se ha vuelto un factor abundante, al tiempo que el crecimiento demográfico, la urbanización y la modernización de los hábitos de consumo han robustecido el mercado interno. Esto es algo que no existía, no digo ya hace cinco siglos, sino hace apenas uno. Habrá que mejorar el sistema educativo, alentar la investigación científica, reformar el sistema tributario, modernizar la vialidad, entre otras tareas. Cambiar un patrón de siglos no será una labor fácil ni rápida.