El Quijote como ‘outsider’, por Carlos Meléndez
El Quijote como ‘outsider’, por Carlos Meléndez
Carlos Meléndez

Politólogo

En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no queremos acordarnos, enseñaba un profesor de ciencia política, de discurso alternativo, método tertuliano y prédica zurda. Es pues, de saber, que este catedrático, los ratos que estaba de ocio (que eran los más del año) se daba a leer libros de autócratas latinoamericanos con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio académico y se embarcó a la aventura política de emularlos. Así surge , el politólogo de la triste figura, con el objetivo de convertir a Don Quijote en el ‘outsider’ antisistémico de la España actual.

Los analistas insisten en catalogar a Podemos de movimiento populista. Fijemos un paso previo a la etiqueta definitiva y concentrémonos en la división política que su discurso propone: la clásica división entre el ‘establishment’ “malévolo”, “corrupto”, “decadente” (a quienes bautiza de “casta”) y el ‘antiestablishment’ “renovador,” “puro” y “democrático” (a quienes denota de “soñadores”). Podemos no aspira a ser un partido modesto que busca su nicho entre la oferta ideológica; se construye como antagonismo al oficialismo y a la oposición, a la clase política y al “totalitarismo económico”. En su afán de distanciarse del “sistema”, se desliza por las cornisas de la democracia. Al destruir, uno por uno, a todos los jugadores, queda implícito su rechazo a las reglas del juego político (la democracia liberal). Aunque un ‘outsider’ podría ser democrático, la constatación empírica (‘outsiders’ académicos como y Correa) señala que las más de las veces no lo es (a pesar de la verborrea).

Para ser antisistema es mejor ser ‘outsider’. Sería mucho menos convincente cuestionar al sistema partidario español desde , por ejemplo. Por eso, los ‘outsiders’ académicos (Iglesias y compañía) siguen la estrategia de erigirse prestigio propio en la calle, entre los indignados, desde la evocación folclórica de la marginalidad latinoamericana (inserte aquí una tesis sobre Túpac Katari) y su bagaje de lecturas sociológicas sobre acción colectiva. Esa mezcla de ingredientes se cocina como identidad movilizada, iniciando así la conquista de las mentes y los corazones de españoles desafectos del pacto político (de la transición democrática), ya caduco en el siglo XXI.

La crisis económica y la turbulencia que atraviesan al sistema partidario propician la incursión retadora. Y la sensación de “cambio” se torna más creíble (y urgente) cuando el desprestigio se ha vuelto endémico y compartido por la Corona, la administración tecnocrática, la integración europea, el partido de gobierno (PP), la tradicional alternancia (PSOE) y hasta los “marginales” de siempre (IU). Podemos, como cualquier movimiento “nuevo” y ‘antiestablishment’, capitaliza –no gatilla– el desprestigio generalizado del “sistema”. Su éxito depende, sin embargo, de la monopolización de la representación de la indignación. En los colapsos sistémicos no hay votos propios sino de rechazo. Y estos pueden ser acaparados por Podemos o migrar hacia la sensación de turno. Por ejemplo, Ciudadanos –movimiento de origen catalán– remonta al 12% de intención de voto en una consulta que encabeza Podemos con un 27%.

¿Es el Quijote, como ‘outsider’, un antipolítico soñador capaz de renovar la esperanza española o es un enajenado que envolverá a los ciudadanos en sus alucinaciones?