La República no se compra, por Carmen McEvoy
La República no se compra, por Carmen McEvoy
Carmen McEvoy

Historiadora

Hay imágenes que reflejan con gran nitidez los momentos aciagos de nuestra historia nacional. Pienso, por ejemplo, en los años de la cruenta guerra civil que sacudió a la República por más de una década (1834-1844) y en la figura de Justo Figuerola, a quien accidentalmente le correspondió ejercer el poder supremo en dos ocasiones por brevísimo tiempo.

Cuenta Ricardo Palma que, ante la aparición de una ‘poblada’ profiriendo gritos subversivos en la puerta de su casa, el discípulo de Toribio Rodríguez de Mendoza le pidió a su hija un favor muy especial. “Saca la banda presidencial del cajón y tírasela al pueblo soberano” desde el balcón.

Siempre me he preguntado qué pasó por la cabeza de Figuerola, miembro de la Sociedad Amantes del País, diputado y redactor de las bases de la Constitución, cuando tomó la decisión de lanzar la representación nacional por los aires. La misma pregunta, guardando la distancia debida, podría hacerse respecto a la humillación que nos propinó Alberto Fujimori. 

¿Sintió algún remordimiento cuando renunció a la Presidencia de la República por fax, declarando, además, que no era ciudadano peruano sino súbdito del emperador de Japón?

Felipe Pardo y Aliaga, quien vivió en el mundo de los golpes de Estado y de las bandas presidenciales volando por los aires, recurrió al humor para expresar su terrible frustración. En su poema satírico “Constitución política” (1859), declaró que para todos los efectos la República no existía. En su lugar, había surgido un engendro que definió como una ‘pública res’, devorada con “furor hambriento” por unos indeseables.

Unas décadas después, su hijo Manuel Pardo intentó construir la ‘República de la verdad’. Antes fue necesario que la economía guanera colapsara, el Ejército implosionara y el Partido Liberal asumiera el gran daño que le causó asociarse con los militares. Porque fue Fernando Casós, el brillante escritor y convencionalista liberal, el encargado de validar el golpe de los hermanos Gutiérrez al escribir en el manifiesto revolucionario que el coronel golpista, y asesino de José Balta, era el “salvador de la República”.

La cultura de la mentira, el fraude, la depredación y la falta de institucionalidad es secular y no solo consecuencia del denominado neoliberalismo. Si bien es cierto César Acuña es producto del mundo que generó la fábrica de firmas, la salita del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) y las combis asesinas, su voluntarismo e impostura recuerda a los caudillos decimonónicos. A esos señores de la guerra que canibalizaban hombres, recursos e ideas mientras predicaban el amor por la ley y el orden.

Lo que más me impresiona de esta historia tan truculenta y a la vez simbólica es que en su camino al poder supremo a Acuña se le cruza un maestro ganador de las Palmas Magisteriales. Es la República ilustrada, añorada por tantos intelectuales peruanos, la que se asoma por enésima vez para declarar que ha sido estafada y despojada de su esfuerzo y su trabajo. 

El hombre de éxito, el emprendedor millonario que piensa que todos tenemos un precio, descubre que existen peruanos regidos por valores más trascendentes. Millones de personas decentes que le dicen no a la mentira y que siguen esperando por esa ‘República de la verdad’ por la cual dieron su vida miles de compatriotas.