El ritmo del ‘Chino’, por Carmen McEvoy
El ritmo del ‘Chino’, por Carmen McEvoy
Carmen McEvoy

Historiadora

La mejor manera de conocer a una persona es cuando la diosa fortuna le sonríe. Nicolás Maquiavelo observaba que la verdadera naturaleza de los hombres “soberbios y viles” era mostrarse “insolentes en la prosperidad”. Fue tal vez pensando en esa situación que los senadores de la antigua Roma asignaron un esclavo a cada general, quien, con su séquito, arribaba triunfante a la capital imperial. La consigna del humilde siervo –colocado a la diestra del guerrero sediento de adulación– era recordarle que la gloria y el poder eran efímeros. 

En el Perú el poder es el bien más preciado y a la vez el más volátil y difícil de preservar. Tal como la imprevisible diosa Kali, la voluntad popular crea y destruye lealtades políticas a discreción. Sin embargo, pareciera ser que los favorecidos por la danza vertiginosa del ‘soberano’ no entienden que en el mundo de las formas todo, hasta la vida, es prestado. 

Pienso, por ejemplo, en la suerte de nuestro primer presidente –José de la Mar–, quien murió enfermo en su forzado exilio costarricense; en el destino cruel de su verdugo Agustín Gamarra, quien pagó con la vida su insaciable ambición; en el triste final del pomposo Augusto B. Leguía, que agonizó solo y humillado en un hospital del Callao. Y la lista continúa hasta llegar a Alberto Fujimori, el más poderoso de los presidentes del siglo XX, hoy en la cárcel purgando una larga condena.

El empoderamiento político de los fujimoristas, a raíz de los últimos resultados electorales, los ha hecho caer en el pecado de la soberbia del cual los clásicos nos advirtieron. Del desconocimiento de estos sabios consejos dan cuenta las rimbombantes declaraciones de Cecilia Chacón. En su inocultable voluntarismo, la congresista piensa que es posible salir por la “puerta grande” de la cárcel, pese a haber cometido crímenes de lesa humanidad. 

¿En qué planeta vive la señora Chacón? Pregunta que, también, resulta pertinente para el legislador Héctor Becerril. Este ‘padre de la patria’ descarta altaneramente un “consenso de minorías” olvidando que dicho concepto no solo es clave para la gobernabilidad republicana, sino parte de un legado, bicentenario, que él probablemente desconoce. 

En una línea de pensamiento, negadora de la política que por definición es diálogo, el recién estrenado congresista fujimorista Francesco Petrozzi afirma que, debido a la mayoría parlamentaria que ostenta su partido, en adelante las leyes “correrán como por un tubo”. Petrozzi –quien me imagino conoce la historia clásica por su cercanía a la ópera– debiera estar al tanto del castigo que espera a los que se creen dueños absolutos del poder.

Hubris es un síndrome sobre el cual Herodoto reflexionó en sus trabajos de historia. El nombre, que alude a la soberbia y la desmesura de los que se creen poderosos, se remonta a la vida teatral de la Grecia antigua. Ahí, los dioses eran implacables con la vanidad humana. Ante las destempladas declaraciones de sus seguidores, cómo no recordarles que Alberto Fujimori fue una víctima más del hubris. 

Así, en esos unipersonales que se montaron con dinero del Estado, la política se convirtió en puro teatro en que el ‘Chino’ era el protagonista. Cuando el vértigo general culminaba, la audiencia aprendía, de labios del Estado danzante, que la política era una reverenda tontería. Porque, más allá de la corrupción y de los crímenes de lesa humanidad que carga en su espalda, Fujimori petardeó los cimientos de la democracia peruana. Sus partidarios deberían reflexionar sobre el precio que su líder pagó por querer imponernos su ritmo autoritario.