Alonso Cueto

El deporte es el resultado de un instinto natural por el juego. Es el impulso por crear una realidad imaginaria, con sus propias reglas, sometida a un tiempo y espacio autónomos, capaces de sustituir los de la realidad. Al buscar una realidad imaginaria, tiene puntos de relación con el arte. Es por eso que se han dado muchos casos de escritores aficionados a algunos deportes. Son notables los artículos de Alessandro Baricco sobre el tenis, los de Joyce Carol Oates sobre el box y los de Juan Villoro sobre el . El juego es una zona en la que el deporte y el arte se entrecruzan. La gran diferencia es que el deporte busca la competencia y el triunfo, un tema ajeno al arte.

A propósito de ello, hace unos años vino a Lima el escritor caleño Umberto Valverde, autor de novelas y ensayos. Por entonces, dirigía la revista del “América”, el equipo de su ciudad. Pude conocerlo gracias a amigos comunes y, en algún momento, me dijo una frase que recuerdo con frecuencia. “Lo importante del fútbol no es que uno gane o pierda, sino lo que eso puede enseñarte. El fútbol te puede enseñar a saber ganar y a saber perder. Y todos sabemos que en la vida hay que saber ganar y saber perder”.

Saber ganar y saber perder no aplican siempre, pues, a diferencia del deporte, la vida es mucho más que una carrera en busca de un premio. Pero en algunos casos, el consejo me ha parecido interesante. La arrogancia, la confianza excesiva o la auto humillación son señales frecuentes en el fútbol y en la vida, junto con otras de falta de respeto al rival, de violencia y burla para con el derrotado. Lo mismo ocurre con aquellos que piensan que el mundo se ha terminado con una derrota, los que culpan al destino o al clima o a un ser lejano (como ocurre a veces en nuestra política donde Keiko Fujimori, por ejemplo, no supo perder en la elección con PPK).

Los logros en cualquier campo suponen un camino largo y paciente, de muchos pasos y de una concentración constante. Declarar feriado el día de un partido de fútbol, copar los noticieros con mensajes de triunfo o afirmar que ya deberíamos celebrar antes de que empiece el juego, son llamados a la explosión del instante. Son, por lo tanto, muestras de que antes no supimos ganar, una razón para perder.

La lección que nos ha dejado la Selección de fútbol es que un trabajo paciente y largo, con un grupo unido, bajo un liderazgo indiscutible del entrenador, es el único modo en el que una comunidad puede progresar. Y el fútbol, que imita a la realidad y la sustituye, puede marcar la tragedia o la comedia de las vidas de un país. Nos vende la idea falsa de que somos mejores o peores dependiendo de que el equipo que lleva el nombre de nuestro país gane o pierda.

El instinto competitivo que llevó a los generales y soldados a las guerras nos lleva hoy a los estadios y a las pantallas. No somos mejores ni peores después de un partido o de una campaña. Solo abrigamos esa fantasía. ‘Saber ganar’ y ‘saber perder’ significan descubrir que detrás de esa ilusión del instante hay un trabajo paciente y ordenado.

La humildad, según me dijo hace poco un profesor muy querido, viene de la palabra ‘humus’; es decir, tierra. Ser consciente de la tierra, sin triunfalismos y sin la tentación del fracaso, un modelo para el futuro cercano, en el fútbol y en la vida.

Alonso Cueto Escritor

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