Suicidio asistido, por Roberto Abusada Salah
Suicidio asistido, por Roberto Abusada Salah
Roberto Abusada Salah

Presidente del Instituto Peruano de Economía (IPE)

Acostumbrados como estamos a discutir solo sobre el corto plazo, es imposible hablar hoy de la sin referirse a la crisis, la caída de los ingresos, el desempleo, el freno en la disminución de la pobreza, la caída de la recaudación, el encarecimiento del dólar o el aumento en los precios.

Aunque para el ciudadano común el origen de tanto infortunio aparece como algo impreciso, abundan los expertos que nos explican con aparente erudición cómo es verdad que se trata de males que vienen desde muy lejos de nuestras fronteras y que han sido agravados por nuestro modelo económico. Son males ineludibles producto de un entorno internacional adverso, como dicen el gobierno y algunos analistas.

Por otro lado, los conservadores de izquierda argumentan que el fin del superciclo en el precio de los ‘commodities’ golpea con especial dureza a aquellos países que como el Perú viven presos de un modelo primario-exportador, depredador del medio ambiente e inmersos en una economía extractivista sin diversificación productiva.

Sin embargo, si nos deshacemos de clichés y explicaciones superficiales y miramos los hechos económicos, podemos concluir que el actual freno en la economía no tenía que haber ocurrido pese a la disminución en los precios de las exportaciones o la caída en el flujo de capitales hacia los países emergentes.

Lo que sucedió es que fuimos incapaces de llevar a buen término aquello que nos propusimos hacer hace tan solo cuatro años: el desarrollo de decenas de proyectos de inversión privados y públicos hoy detenidos innecesariamente debido a nuestra debilidad institucional y la venalidad de la mayoría de nuestros políticos.

Un reciente estudio del tomó la cartera de proyectos mineros que suman una inversión aproximada de US$63 mil millones y seleccionó aquellos que se retrasaron o no se ejecutaron por razones ajenas a la empresa conductora del proyecto. Estos proyectos, que representan una inversión de US$21.515 millones, no se detuvieron por la caída de los precios de exportación o falta de inversionistas, sino por la combinación de la ineficiente maraña de trámites gubernamentales y la conflictividad social impulsada por grupos de izquierda paleomarxista en ropaje ambientalista. Todo ello agravado por la incapacidad del gobierno central y los gobiernos subnacionales en enfrentar políticamente a tales grupos e informar a los ciudadanos, además de su ineptitud de convertir en bienestar real los ingentes recursos que traen las actividades mineras.

El estudio del IPE concluyó que del 2008 al 2014 la inversión no realizada se tradujo en una pérdida total de PBI de US$67.203 millones.

El dejado de generarse ha causado estragos en sectores tan variados como la construcción, el transporte, los servicios y, sobre todo, la industria manufacturera. No había que esperar que los muchos proyectos entren a operar, pues en su etapa constructiva son generadores de mayor crecimiento económico que cuando están finalmente operando. La minería ha sido la principal impulsora de una diversificación productiva industrial de enorme magnitud. El Perú ha generado un conglomerado o clúster industrial y de servicios gracias a la puesta en marcha de los proyectos mineros. Quizá el desarrollo más notable ha sido el de la industria metalmecánica y la de maquinaria y equipo las que se han multiplicado en tamaño destinan cerca de la mitad de su producción a la minería y además exporta sus productos de alta calidad a los mercados más competitivos del mundo. Hoy la paralización o retraso de los proyectos mineros ha causado desempleo masivo en estos sectores industriales y ha puesto en peligro un desarrollo industrial que concentra recursos humanos con importante acumulación de conocimiento.

Para graficar el daño autoinfligido, basta mirar los estimados de producción para los dos principales productos mineros, oro y cobre, que en el 2011 hizo el para el presente año. Se esperaba triplicar la producción de cobre y agregar 1 millón de onzas a la producción de oro. Con los precios actuales del cobre y del oro, el Perú estaría exportando hoy US$47.000 millones en lugar de los 33.700 millones que en realidad exportará. Nuestro crecimiento económico se habría mantenido por encima del 6% y el nivel de pobreza ya estaría en 14% en lugar de 22%. Tendríamos hoy 2,4 millones de pobres menos y una economía más diversificada y robusta. En suma, hemos perpetrado un suicidio con la activa asistencia de un Estado disfuncional.