Patricia del Río

se va y a los peruanos nos ha invadido una extraña sensación de orfandad. Me atrevería a sugerir que ese desasosiego no tiene tanto que ver con el fútbol. Ese desamparo no lo provoca el susto de no regresar a un Mundial en los próximos treinta y seis años. No lo alimenta simplemente un hambre de gol.

Hay algo más. Con Gareca se va el único personaje que ha sido capaz de ponernos de acuerdo en algo, en los últimos diez años. Se va un entrenador que al sacar adelante a un grupo de chicos con punche, pero sin recursos, nos devolvió una extraña esperanza. Se va ese sujeto flaco de voz serena cuyas palabras tenían un efecto ansiolítico para un país en permanente crisis de ansiedad.

En tiempos en que se escribe y se habla tanto de liderazgo, en que se dictan talleres y cursos para que los jóvenes sepan guiar al mundo, lo que logró Ricardo Gareca con la y con el Perú entero demuestra que la sensibilidad y el sentido de la responsabilidad pueden servir más que sesudas teorías de ‘management’ o manuales que te enseñan a recuperar tu queso. No tengo idea de dónde salen sus habilidades, no sé si son innatas o aprendidas, pero el hombre que hoy se va entendió rápido que antes de enseñarnos a meter goles nos tenía que enseñar a querernos mejor.

Querernos, ahí estuvo la clave. Diseñó una selección con lo que tenía, y lejos de proyectar un ánimo conformista, demostró que se trabaja lo mejor que se puede con lo que se tiene. Cuando le quedó clarísimo que este era un firmamento sin grandes estrellas, le recordó al mundo entero que el fútbol es un juego de equipo y que un grupo cohesionado puede ser tan temible como un crack. Dio oportunidades, tomó todas las decisiones arriesgadas que le dictaba su instinto y, aunque sus chicos hubieran cometido una falta, se plantó como una fiera para que los dejaran en paz. Las cuentas se las rendían a él, no a un disforzado parado en un set de televisión.

Por supuesto que no todo lo hizo bien y que tuvo desaciertos. Si hubiera sido perfecto e infalible estaríamos en Qatar. Pero ese no es el punto. Ricardo Gareca se hizo cargo de una selección desestructurada en un país desestructurado y con su ejemplo dejó en evidencia la pobreza y elementalidad de quienes pretenden dirigir nuestros destinos. Hemos escuchado por años, décadas, que la desigualdad, la informalidad, la falta de institucionalidad o la corrupción no nos permiten avanzar. Y nadie negaría que hay verdad en esos argumentos. Sin embargo, los problemas que uno encuentra cuando asume una labor están para ser manejados y superados; no para ser usados como excusas para no hacer nada o hacerlo todo mal.

Gareca no estuvo libre de ninguna de esas plagas, pero en lugar de tirarse el alma a la espalda o salir corriendo las sobrellevó y las toreó, sin permitir que lo distrajeran de sus objetivos. Recuerdo las pocas veces que perdió la paciencia y en alguna conferencia de prensa aprovechó para quejarse amargamente de los líderes que eran incapaces de entender que el pueblo peruano merecía más. Más deporte, más educación, más competencias, más atención, reclamaba casi a gritos. Y daba una mezcla de emoción y pena verlo sufrir por un país que había aprendido a amar.

Ricardo Gareca nos regaló goles, clasificaciones, y largas celebraciones. Pero sobre todo le devolvió el alma a un país que en agradecimiento lo escoltaba por todos los continentes con un polo rojiblanco, una bandera en la mano y un grito ahogado de Contigo Perú.

Me disculparán la melancolía o la melosería de hoy. El día está frío y se me ha enroscado la tristeza. Hasta siempre, Tigre. Gracias, por tanto.


Patricia del Río es periodista

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