"Albrecht es, ni más ni menos, un aparente representante de esa cultura política hamponesca que procreó a Félix Moreno y a Juan Sotomayor".
"Albrecht es, ni más ni menos, un aparente representante de esa cultura política hamponesca que procreó a Félix Moreno y a Juan Sotomayor".
Carmen McEvoy

Historiadora

“Acuérdese bien que vengo del Callao”, afirmó un desafiante Víctor Albrecht en el hemiciclo a propósito de un imaginario ataque que, de acuerdo con sus palabras, puso en entredicho su “buen nombre”. A pesar de no ser chalaco, sino un mero lugarteniente de esa gavilla de depredadores que han empobrecido al primer puerto de la república, el excongresista de Fuerza Popular dejó traslucir un talante achorado y bravucón. Este, vale la pena aclararlo, no tiene nada que ver con un lugar en particular de nuestra geografía, sino con un entrenamiento y unas prácticas mafiosas que ocurrieron –a lo largo de dos décadas– en esa suerte de incubadora de delincuentes en la que se convirtió mi querido Callao. Albrecht es, ni más ni menos, un aparente representante de esa cultura política hamponesca que procreó a Félix Moreno y a Juan Sotomayor, herederos de la dinastía chimpunera inaugurada por Alex Kouri, hoy preso al igual que sus sucesores. En el caso de Albrecht no hay más que analizar la hoja de vida y seguir la campaña y gestión congresal del otrora presidente, paradojas de la vida, de la poderosa comisión Lava Jato. Al hacerlo, descubriremos cómo la palabrería encubre serias limitaciones intelectuales, además de una rapacidad que sería responsable del empobrecimiento y degradación de miles de chalacos. Aquellos a los que el discurso populistoide del exalcalde Sotomayor consideraba destinatarios de unas migajas, mientras él y sus compinches les expropiaron su futuro. Sotomayor proponía, entre otras cosas, volver a “la educación antigua, a la obra social y a la oración” para recomponer la trilogía “Dios, patria y familia” en ese Callao que habría saqueado y denigrado hasta la saciedad.

Como a muchos chalacos, la captura de Sotomayor, Albrecht y de 20 miembros de la organización criminal, a la cual presuntamente pertenecen, me devuelve la esperanza. A mí me emocionó ver la valentía y ecuanimidad de la fiscal Sandra Castro, quien es una de las artífices, junto con Rocío Sánchez y su equipo, del inicio de la liberación política, pero también económica y social del Callao. La tarea, que recién empieza, es titánica. No hay que olvidar que en el Callao, señorío de Los Cuellos Blancos y en su momento de Caracol, su cliente estrella, se hospeda y exporta cerca del 50% de la producción de cocaína peruana. Lo ocurrido en la compañía Eslimp –una maquinaria mafiosa que contrataba a miles de empleados fantasmas– no es más que la punta de un iceberg. El develamiento de múltiples tramas de corrupción, la más poderosa la del narcotráfico, permitirá iluminar la dinámica de la ecuación hampa-política que se ha venido replicando a lo largo y ancho del país. Desde el Callao, Hinostroza deliraba con el control de la red judicial nacional, y desde ese mismo lugar Sotomayor inició, con Vamos Perú, su sueño de un partido de alcance nacional. A mí me duele y me indigna la situación de miles de jóvenes chalacos que, como ocurre con sus pares en otras regiones, son capturados diariamente por las redes del narcotráfico y la prostitución. Un día sí y el otro también ocurre una balacera, un ajuste de cuentas en barrios tomados por sicarios, algunos de ellos menores de edad. La deserción escolar, la violencia que proviene de hogares rotos donde al menos uno de los padres está preso, la ausencia de límites, valores y disciplina, además de la falta de oportunidades, unida a la inacción de instituciones capturadas aún por la mafia están llevando al Callao a una situación insostenible. Esta es la herencia, qué duda cabe, de Chim Pum Callao, que no solo nos robó un nombre que recuerda a las viejas glorias chalacas del pasado, sino el presente y el futuro.

Quedarse con la imagen de un Sotomayor incapaz de entender lo que le está ocurriendo, mientras las cámaras de televisión recorren la casa de un coleccionista de licores y adefesios, no es suficiente. Observar, por otro lado, la cara de sorpresa de Albrecht mientras la esposa lo increpa (¿no sabía ella de sus andanzas?) en el clóset de su residencia de La Molina o la del cobrador de la mafia, con su cuerpo tatuado de escorpiones, detenido en su departamento de San Isidro, puede brindar algunas pistas de procesos largos y complejos, aunque poco estudiados debido a que el Callao es una provincia tan abandonada y ninguneada como todas las demás. ¿En qué momento los partidos políticos, como fue el caso de Acción Popular o incluso otros de izquierda, dejaron el Callao en manos de una caterva de aventureros que tomaron por asalto todos sus distritos para vampirizarlos sin piedad? ¿En qué año exacto la Iglesia Católica cedió ante su ala más conservadora, que fue la que creó el imaginario de amos y siervos, los primeros copando todas las parroquias y los segundos aprendiendo que era su deber aceptar la limosna de la autoridad y seguir aguantando sus vejaciones? ¿En qué coyuntura específica los grupos económicos, que manejaban el puerto y empresas afines, decidieron asentarse en la vecindad de los Albrecht o la del hombre de los escorpiones tatuados porque el Callao, Bellavista o La Punta les parecían muy poca cosa para sus aspiraciones? ¿Qué pasó con los jueces probos y las maestras extraordinarias que me enseñaron a amar el Perú? Algunas preguntas para empezar una necesaria reflexión mientras hago fervientes votos por el renacimiento de mi patria chica y el bienestar de todos sus vecinos. ¡Chim pum, Callao!