"Los contratos del Estado con las empresas foráneas han sido siempre polémicos."
"Los contratos del Estado con las empresas foráneas han sido siempre polémicos."
Carlos Contreras Carranza

Historiador y profesor de la PUCP

Hace poco se cumplieron 150 años de uno de los acuerdos más polémicos realizados por el Estado Peruano, como fue el contrato Dreyfus para la comercialización del guano. Se celebró en París el 5 de julio de 1869 y fue ratificado en Lima el 17 de agosto del mismo año. El contrato fue a la vez una venta (de dos millones de toneladas del fertilizante) y un préstamo, puesto que la casa Dreyfus adelantaría dinero al Estado en la forma de remesas mensuales y tramitaría nuevos préstamos en Europa, que ella misma pagaría con el dinero del guano.

El acuerdo trajo aquí una enorme conmoción. Llamó a sospechas el sigilo con el que se pactó y el carácter opaco de sus protagonistas. La firma francesa Dreyfus Hermanos no era conocida en el mundo de las finanzas europeas, como podían ser en ese momento las casas Rothschild o la Gibbs e Hijos. Su jefe era Auguste Dreyfus, que hasta hace unos años residía en Lima comerciando joyas y telas, mientras que el promotor del acuerdo por parte del Estado Peruano fue el joven ministro de Hacienda Nicolás de Piérola, cuyo título más destacado era ser hijo de un exministro de la misma cartera durante el gobierno de José Rufino Echenique. Fue precisamente este quien se lo recomendó al nuevo presidente en funciones, José Balta.

Para la selección de la firma no hubo licitación abierta y se sospecha que el comerciante francés compró varias voluntades para lograr lo que él mismo llamó “el más lucrativo negocio que existe en el mundo”. Firmado el acuerdo, Dreyfus buscó el respaldo de organizaciones fuertes en París, como la Société Genérale y Leiden Premsel, a la vez que vendió acciones de su participación entre varios peruanos residentes en Europa y Lima, que le serían útiles en la defensa del contrato. Entre ellos hubo personajes de la política y la diplomacia, como Andrés Álvarez Calderón, Francisco de Rivero, Luis Benjamín Cisneros, Nicanor González, Joaquín Torrico y Fernando Casós.

El dividió a la opinión pública. Para unos, convirtió a en un héroe popular, puesto que libró al Estado de los consignatarios nacionales que hasta el momento habían tenido en sus manos el negocio del guano. Se criticaba que estos habían conseguido sus contratos por relaciones de amistad o parentesco, cuando no por simple y llana corruptela, con los funcionarios del Gobierno, y que cuando el Estado acudía a ellos para recibir adelantos, cobraban tasas de usura, a pesar de que el dinero que ganaban era a costa del propio gobierno. Los consignatarios pasaron a ser seres odiados por el pueblo: una “argolla” de mafiosos que tenían el Estado a su merced. Rememorando el reciente combate del Callao contra la flota española, Piérola se refirió por ello al trato con Dreyfus como “el Dos de Mayo de la hacienda pública”.

Para otros, sin embargo, Piérola actuó con ineptitud y corrupción, aprovechando el descrédito de los consignatarios entre la población, y precipitó en los años siguientes la bancarrota del Estado, que nos llevó a una crisis fiscal más grave que la que el contrato supuestamente evitó. Las opiniones están divididas incluso entre los historiadores. Figuras importantes como César Antonio Ugarte, Jorge Basadre o Heraclio Bonilla se han manifestado a favor del contrato, mientras que colegas más recientes, como Alfonso Quiroz o Héctor Noejovich lo han calificado de “infame”.

Amparados en las leyes que señalaban que a igualdad de ofertas el Estado debía preferir a los empresarios nacionales, los consignatarios recurrieron a la Corte Suprema, que les dio la razón. Pero el Gobierno acudió al Congreso, donde los parlamentarios lo apoyaron. El comerciante alemán radicado en Lima Heinrich Witt anotó en su diario su impresión de que Dreyfus logró imponerse porque sus sobornos fueron mayores que los pagados por los consignatarios. Él mismo era, empero, uno de estos, por lo que quizás estaba respirando por la herida, o sabía de lo que hablaba.

Pero la batalla entre Piérola y Manuel Pardo, el líder de los antiguos consignatarios locales, no había terminado. Estos se organizaron políticamente, consiguiendo ganar la presidencia de la república en 1872. Pero cuando tomaron el poder, el precio del guano iba a la baja. Orientaron entonces sus miras hacia el salitre, estableciendo el estanco de este producto, que sería la primera piedra en el camino hacia la guerra de 1879. Limitándonos al plano financiero, podemos concluir que los préstamos nos salieron muy caros y, lo peor, aunque ello no era responsabilidad de Dreyfus, fue que los invertimos en ferrocarriles mal diseñados, que no generaban ganancias.

Los contratos del Estado con las empresas foráneas han sido siempre polémicos. De los acuerdos con firmas como la Grace, la Peruvian Corporation, la International Petroleum Company (IPC), la Cerro de Pasco Corporation y, más recientemente, Odebrecht, difícilmente se esclarecerá si nuestro país salió ganando o perdiendo. Lo que sí parece claro es que los políticos saben sacar manteca de ellos para sus afanes. Después de 1869 Piérola tuvo un largo y expectante recorrido por la política local, que lo catapultó dos veces a la presidencia.