"Con la facilidad que tienen en el Ejecutivo para meterse cabe a sí mismos, hasta se podría mandar a volar. Y, entonces, se entendería por qué quiere tener un lugar para aterrizar".  (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Con la facilidad que tienen en el Ejecutivo para meterse cabe a sí mismos, hasta se podría mandar a volar. Y, entonces, se entendería por qué quiere tener un lugar para aterrizar". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Alek Brcic Bello

Hace unos días, el presidente decidió no asistir a la reunión del Consejo de Ministros para visitar, como lo ha hecho todos los meses desde setiembre, la provincia de Chota. Ahí, durante la ceremonia por los 45 años de las rondas campesinas de Cuyumalca, y junto a algunos funcionarios de su , como el ministro de Transportes Juan Silva, anunció que quiere que se construya un en el lugar que lo vio nacer.

“Vamos a instalar inmediatamente una comisión técnica para que vea lo necesario y correspondiente para construir un aeropuerto para Chota”, declaró. Y así, sin un plan para cerrar brechas de acceso a servicios básicos en la tercera provincia más pobre del país, o una propuesta para promover proyectos que se encuentren en el Plan Nacional de Infraestructura, el mandatario volvió a soltar una idea sin sustento técnico.

Porque no es la primera vez que Castillo ofrece un aeropuerto durante una arenga en una plaza. Antes ya lo había hecho en el Vraem al decir que priorizaría la operatividad de un aeropuerto en Pichari. Y en Huancavelica, cuando en noviembre mandó a la viceministra de Transportes a “comunicarse urgentemente” con el ministro Silva para “que agende el aeropuerto” para esa región.

Por otro lado, también ha incluido en el presupuesto público del 2022 declarar “de preferente interés nacional” la construcción de un aeródromo en Orcotuna, Junín. Es decir, una obra bastante parecida a la que promovía Vladimir Cerrón durante su primera gestión como gobernador, que tampoco contaba con respaldo técnico y por la que ahora se le acusa de colusión junto a otros exfuncionarios de la región.

Además, antes de llegar al Gobierno, el entonces candidato de Perú Libre al Congreso y hoy presidente del Indecopi, Julián Palacín, anunció que en una eventual administración de Pedro Castillo se promovería uno o dos “aeropuertos ‘low cost’” en cada región. Y con la misma obsesión por las ideas poco técnicas, el entonces candidato Castillo ofrecía entre sus promesas de campaña la creación de una aerolínea de bandera.

Ahora, es justo decir que Castillo no es el primero que viene con propuestas demagógicas para construir aeropuertos antes de contar siquiera con suficientes servicios básicos. Solo en los últimos cinco años, se ha presentado más de una veintena de proyectos declarativos en el Congreso que buscan promover la construcción de aeropuertos por todo el país. En el 2018, por ejemplo, una iniciativa del excongresista de Fuerza Popular, Carlos Ticlla, fue aprobada y pedía lo mismo que acaba de anunciar el presidente: declarar de interés nacional la construcción de un aeropuerto en Chota.

El motivo que esbozaba esa propuesta no era el crecimiento demográfico del lugar, pues la población de Chota se ha reducido en más de 10% entre el 2007 y el 2017. Tampoco su relevancia como centro turístico o comercial para la región. Más bien, en el Parlamento lo consideraron importante porque la provincia se encuentra al menos a cuatro horas del aeropuerto de Chiclayo y a seis del de Cajamarca. De debate técnico, nada.

El problema, sin embargo, es que las malas ideas de Castillo van mucho más allá de aviones aterrizando en lugares donde no existe la demanda para sostener un aeródromo. La falta de rigor técnico y el exceso de promesas populistas ha abarcado también la lucha contra la delincuencia (sugerir un escuadrón de ronderos), el sistema judicial (proponer que los jueces y fiscales sean elegidos por mandato popular), la política migratoria (el espectáculo y las posteriores excusas del canciller sobre el intento de expulsión de 41 ciudadanos venezolanos el mes pasado fueron patéticos), entre muchos otros temas.

Y, quizá por eso, es que Castillo no se atreve a dar entrevistas. Porque si continúa una política en base a la improvisación y buscando quedar bien con quien lo escuche cuando en la práctica hace todo lo contrario (“No hay una lista de visitantes a la casa de Sarratea”, ha sido el último desplante), lo que podría decirle a un periodista desencadenaría una avalancha de consecuencias enormes. ¿Quién sabe? Con la facilidad que tienen en el Ejecutivo para meterse cabe a sí mismos, hasta se podría mandar a volar. Y, entonces, se entendería por qué quiere tener un lugar para aterrizar.

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