“La película representa una gesta parecida a la que tuvo que sostener su director al filmarla”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
“La película representa una gesta parecida a la que tuvo que sostener su director al filmarla”. (Ilustración: Giovanni Tazza).
/ Giovanni Tazza
Alonso Cueto

La película peruana cuenta una historia sencilla, basada en una premisa singular. Un muchacho llega de su pueblo a la ciudad de Puno con un sol en el bolsillo. Apenas busca algo de comer, se da cuenta de que el plato más barato en cualquier puesto callejero cuesta dos soles cincuenta. Viviendo de su única moneda, se enfrenta a una serie de situaciones que recuerdan a las de un personaje de la novela picaresca. Elisban, el protagonista, solo tiene una esperanza: encontrar a su amigo Hermógenes. A lo largo de la historia, va algunas veces a su casa, donde diversas mujeres le dicen que Hermógenes ha salido y que no se sabe cuándo volverá. Hermógenes nunca está. Sabemos que nunca estará. Elisban está esperando a Godot en Puno, como lo esperaría en cualquier otro lugar. Es un joven perdido en una jungla desconocida, a merced de las violencias y eventuales generosidades de las personas con las que se topa. Fiel a sus rituales de servidumbre, llama “caballero” a todos los hombres que encuentra.

Algunas noches, Elisban puede ver un festival de danza en las calles, pero siempre está lejos. Por lo general, está a la intemperie, a merced del frío. En un momento especialmente simbólico, busca abrigo en las instalaciones de un cajero electrónico de un banco transnacional. Es el único lugar donde no está desamparado, aunque esa no haya sido precisamente la intención del banco. En otro momento, va a buscar que le pague un señor que lo ha contratado para cavar una zanja. Lo encuentra junto a dos reinas de belleza. El hombre que le debe el dinero está borracho y apenas lo recuerda. Luego le da el vuelto de algo que ha comprado y le ordena que se largue. El final es un guiño irónico a lo que se ha convertido nuestra historia. En algún momento, aparece junto a un letrero en un poste de alguien que lo busca. Elisban no lo lee.

“Manco Capac” muestra a un joven perdido, a la aventura. Como muchos otros jóvenes, está yendo de un lugar a otro, buscando refugios temporales. La película representa una gesta parecida a la que tuvo que sostener su director al filmarla. Después de muchos años de persistencia, frente a tropiezos como el abandono del actor en un primer rodaje parcial, Vallejo logró persistir y, con la ayuda del Ministerio de Cultura, terminar su proyecto.

La historia parece muy común. Elisban se parece a la pareja de ancianos de la película . Así como ellos esperan la visita de su hijo Mañuco, Elisban está buscando un día y otro a Hermógenes. Ninguno de ellos va a aparecer. “Wiñaypacha” termina con la señora Phaxsi subiendo una montaña, caminando con dificultad entre las piedras. En una de sus últimas escenas, Elisdan está afilando una lata en el techo de un ómnibus. Seguirán buscando. La figura imperial de Manco Capac preside, en una escena irónica, el final de la historia.

Lo que revelan estas películas es algo parecido a todo aquello de lo que hablaba hace unas semanas Luis Jochamowitz en “Perú 21″. Esa capacidad de sobrevivir –que él llama, con razón, “resiliencia”– se ha reflejado en todos estos meses de cuarentena, especialmente los primeros.

Esa fe que hace a la señora Phaxsi subir a la montaña y a Elisban afilar un instrumento, a pesar de todas las frustraciones, es una historia ejemplar de lo que puede llamarse también el “aguante”. “No tenemos liderazgo, es un país abandonado a manos de Dios”, dice Jochamowitz. “Pero ahí seguimos porque somos indestructibles”.

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