La confrontación por cuotas de poder e intereses subalternos solo trae parálisis y atraso.
La confrontación por cuotas de poder e intereses subalternos solo trae parálisis y atraso.
Editorial El Comercio

Conforme a los criterios de

Trust Project
Saber más

El Perú entra a su principal con los ánimos bajos. Los motivos son diversos. En primer lugar, la correlación de fuerzas políticas resultado de los anteriores comicios sumió al país en un estado de crisis de representación, lo que ha minado la confianza en que las autoridades elegidas ahora garantizarán cinco años de estabilidad y consenso. En segundo lugar, la pandemia mantiene su ferocidad, con números récord de fallecimientos diarios y un golpe económico del que aún no se recupera el país. Finalmente, la oferta política que han congregado los partidos en carrera –a pesar de ser muy variada– no ha logrado despertar el entusiasmo de la gran mayoría.

Este es un escenario que invita a una profunda reflexión sobre la manera en que debemos enfrentarnos a las urnas hoy. Invita a aprender de nuestros propios errores y decepciones como votantes y como ciudadanos. Si algo ha quedado claro en los últimos cinco años, es que, al momento de asumir una alta responsabilidad política, no hay valores más importantes que la vocación democrática y la honestidad.

Los partidos políticos pueden tener posiciones distintas –en algunas ocasiones de manera radical– sobre diferentes asuntos: la economía, la educación, el rol del Estado, etc. Esto es parte saludable del equilibrio democrático. Donde no puede haber divergencias, sin embargo, es en el compromiso con la institucionalidad, el equilibrio de poderes y la búsqueda de consensos para sacar adelante las reformas pendientes.

En elecciones tan reñidas como esta, y con un que posiblemente resulte muy fraccionado, cualquier visión política que se tenga –derecha, izquierda, conservadora, radical, etc.– requerirá necesariamente de vocación de diálogo. Con el poder disperso y sin alternativas políticas que hayan logrado acumular soporte ciudadano mayoritario, encontrar puntos comunes y trabajar alrededor de las diferencias será mucho más importante que antes. Por ello, la votación de hoy debería favorecer a quienes hayan demostrado un carácter persuasivo, pero democrático y abierto a consensos. Quienes, por el contrario, destilen autoritarismo y búsqueda de poder para servir intereses particulares deben quedar de lado.

Dicho de otro modo, la estabilidad política y la gobernanza democrática del país están por encima de las agendas partidarias. Decíamos ayer en estas páginas que el Perú corre el riesgo de volver a prácticas económicas perniciosas del pasado. Pero, más importante aún, el Perú corre también el riesgo de entrar en un círculo vicioso de ingobernabilidad y caos político después de una década y media de relativa estabilidad con transferencias del poder ordenadas. Si las huellas económicas que deja el Congreso actual no pueden borrarse, mucho más difícil aún será cerrar las compuertas del abuso político de figuras nucleares como la vacancia presidencial y la disolución del Congreso.

La confrontación por cuotas de poder e intereses subalternos solo trae parálisis y atraso, hoy eso lo sabemos de sobra. Los últimos cinco años no pueden haber pasado en vano, sino que, yendo más allá de la polarización y el hartazgo, debemos extraer valiosas lecciones para no repetirlos. El Perú merece estabilidad democrática. Este es el pilar fundamental sobre el cual descansan todas las esperanzas ciudadanas de mejora de la calidad de vida. Si no nos podemos poner de acuerdo sobre nada más, por lo menos pongámonos de acuerdo en respetar las reglas de juego vigentes. Está en sus manos, estimado votante, quiénes serán los responsables de hacerlas cumplir, y que los siguientes comicios sean ocasión de una fiesta democrática con más motivos para celebrar.