Ricardo Uceda

Hace dos meses presencié el siguiente diálogo entre un posible candidato presidencial, de poco más de 35 años, y un hombre mayor a quien pedía consejo político.

El hombre joven expuso sus ideas, describió sus redes, insinuó su estrategia. Luego preguntó:

– ¿Qué tal?

– No sé. ¿Quién es tu ?

El aspirante a candidato no supo responder.

– ¿Quién tiene a mal traer al pueblo y cómo vas a destruirlo?

El aspirante no lo había pensado. El hombre mayor hizo un gesto de fastidio. Luego le dio un consejo. Señaló a los enemigos contra los que podía pelear.

Tuve presente esta anécdota al leer “Populistas” (Debate, 2022), de Carlos Meléndez. El libro ofrece dos encuestas nacionales sobre las actitudes políticas de los peruanos. Hallan que el rechazo al establishment y a sus representantes atraviesa todas las clases sociales. Los encuestados perciben que las élites son corruptas y que traicionan al pueblo, sentimiento característico de las masas populistas. El término suele adjudicarse a gobernantes que procuran ganarse a la gente mediante medidas demagógicas, aunque sean contraproducentes (¡castración química para violadores!) o que practican un clientelismo sin intermediarios. Es lo que hizo Alberto Fujimori con las poblaciones en pobreza extrema. En un sentido más amplio, el es entendido como una cosmovisión que divide moralmente a la sociedad entre una élite corrupta y un pueblo honesto, cuya voluntad debe dirigir a la política.

Esta percepción maniquea, reduccionista, no tiene vocación de pluralismo, pero también podría ser democrática, por ejemplo para empoderar a minorías oprimidas. La oferta y demanda populistas comparten valores acoplables a distintos programas políticos e incluso ideologías. Así, el líder populista puede ser de derecha, centro o izquierda. Define lo repudiable de las élites para ponerse al lado del pueblo, actuando siempre en su nombre. Trump, Bolsonaro, Maduro, López Obrador y Vizcarra son buenos exponentes. En el Perú existen políticos populistas para regalar, aunque no todos exitosos. Hay sobre todo una audiencia ávida de sus mensajes.

Las encuestas fueron encargadas a Ipsos en el 2019 y el 2021 por la Universidad Diego Portales de Chile, donde investiga el autor. Según los sondeos, la gente piensa que los intereses de la clase política afectan el bienestar de la sociedad, y que sus miembros siempre se ponen de acuerdo para defender sus privilegios. Que hablan mucho y hacen poco. Que lo que ellos llaman consenso implica la renuncia a principios básicos. Que es preferible ser representado por un ciudadano común que por un político: el pueblo y no los políticos deberían tomar las decisiones. Las respuestas varían mínimamente en los dos años de las consultas.

Hasta aquí no hay sorpresas mayores, porque resultados parecidos hubo en otros países latinoamericanos. Incluso existen similitudes en Europa. Lo llamativo en el Perú es que la demanda populista tiene mayor intensidad en los niveles socioeconómicos altos, en los más jóvenes y en los limeños. Lo cual derrumbaría los mitos de que los pobres y provincianos son más populistas, y que en las nuevas generaciones está la reserva de institucionalidad. Sorprende también que el populismo sea mayor en el centro político que en la izquierda o la derecha. El fenómeno prevalece donde menos se lo espera.

Tenemos entonces, mirando atrás, que Alberto Fujimori fue un populista muy exitoso durante su gobierno, tras ganar a un Mario Vargas Llosa percibido como representante de la partidocracia y los poderosos. Keiko Fujimori, en cambio, terminó encarnando el modelo económico y estaría en el casillero de las élites por destruir. Martín Vizcarra es otro populista por excelencia. Arremetió contra el Congreso, un emblema del establishment, y personificó la lucha contra la corrupción, uno de los antis con mayores réditos políticos. En las últimas elecciones, el profesor Pedro Castillo se convirtió en símbolo del pueblo victimizado por una postergación milenaria, con el lema “No más pobres en un país rico”. Sus competidores populistas no lograron dividir con tanta eficacia a los buenos y malos. Quedaron en el camino Yonhy Lescano, con su prédica contra las empresas transnacionales; Rafael López Aliaga, con un látigo para los ‘caviares’ y otro para él mismo; Verónika Mendoza, con su mensaje ideológico de izquierdas; George Forsyth, con su ataque a la “mismocracia”. Según Meléndez, son minipopulistas que no lograron abarcar los resentimientos de la sociedad como hicieron a su manera Bolsonaro en Brasil o AMLO en México.

Otro tipo de hallazgos concierne al populismo con arraigo en encuestados de diferentes preferencias políticas, establecidas por autodefinición. El autor las denomina “verdades amargas”. Pues resulta que, contra lo que podría suponerse, las actitudes populistas son más altas en los antifujimoristas –mayores incluso que el promedio nacional– que en los simpatizantes y militantes duros de Fuerza Popular. Esto vale para los seguidores de Vizcarra, para quienes apoyaron el cierre del Congreso en el 2019 y, por supuesto, para los entonces adeptos al Partido Morado (ahora hay otra dirigencia), adornados con sus valores republicanos. Lo cual se explica porque el fujimorismo es percibido como escudero de la élite económica o algo peor aún: portaría una especie de ADN criminal. El anti que concita alcanza formas de autoritarismo, aunque con revestimiento democrático. El antifujimorista extremo prefiere la peor versión de Perú Libre a un fujimorismo atenuado. El menos radical votó por Keiko Fujimori en las elecciones pasadas.

Es verdad que en la derecha, especialmente en Avanza País, las encuestas también hallaron las facetas más intransigentes del populismo, tendientes a borrar del mapa a cualquier expresión política comunista o de lo denominado ‘caviar’. Pero más llamativo es el sectarismo que palpita en el centro republicano. La paradoja es que allí se promocionan la tolerancia, el pluralismo, la diversidad, el diálogo. Allí habitan las élites intelectuales progres –”populistas de cuello blanco”, las moteja Meléndez– que se compraron todos los boletos que vendía Vizcarra, incluyendo el cierre del Congreso.

Ahora bien, lo dicho puede discutirse y no solo porque el concepto de populismo es resbaladizo. Aunque las técnicas de medición y preguntas índices están validadas, son experimentos académicos sujetos a perfeccionamiento. Pero una observación simple nos indica que el populismo peruano domina en todas las tiendas políticas. Y que esto es así porque la informalidad individualista, adversaria de las instituciones, atraviesa el sistema. La constatación del momento no es esa. Es que los malos se han ido cayendo uno a uno, al punto de dejar a la sociedad populista sin enemigos para comenzar de nuevo el juego. El antifujimorismo perdió el primer puesto, Alan García se suicidó, el gobierno izquierdista va cuesta abajo, los acusados de corrupción están ante la justicia, la cruzada contra las grandes empresas es –por ahora– un disco rayado.

¿Hay alguna lucha necesaria que el pueblo pudiera emprender con su populista de turno? Algunas banderas no son demagógicas, como la restitución del Senado. En un artículo en titulado “Ser revolucionario en el Perú”, Rafael Letts plantea una radical reforma de la administración pública, incluyendo un cambio de giro a la descentralización, algo que alumbraría un nuevo país. No es clientelista, porque afectaría grandes intereses. Sin embargo, fue lo que le recomendó el hombre mayor al político emergente mencionado al comienzo de esta nota.

–Te voy a dar a tus enemigos –le dijo–. Son los que se apoderaron del Estado e impiden que dé buenos servicios a la gente, y la hacen sufrir, hacer colas, pagar coimas, soportar sus huelgas. Debes revolucionar el servicio público, limpiándolo de corruptos y empoderando a los eficaces. Conviértete en Cristo con su látigo, cuando expulsó del templo a los mercaderes.

El otro escuchó y no dijo nada.

Ricardo Uceda Periodista

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