"Enfrentado a una misión que lo superaba, Castillo olvidó la asamblea constituyente y puso a su gobierno en piloto automático, mientras sus adeptos se abalanzaban sobre los recursos del Estado". (Ilustración: Víctor Aguilar)
"Enfrentado a una misión que lo superaba, Castillo olvidó la asamblea constituyente y puso a su gobierno en piloto automático, mientras sus adeptos se abalanzaban sobre los recursos del Estado". (Ilustración: Víctor Aguilar)
Ricardo Uceda

El presidente inició en lo que llamó “el difícil camino de los cambios”, en un contexto de enormes expectativas. Representa a las izquierdas y a quienes protagonizaron las disruptivas manifestaciones sociales de los últimos años. , por el contrario, no estuvo encumbrado por masas esperanzadas. Tras recibir el 18,9% de los sufragios, en la segunda vuelta fue votado como mal menor ante Keiko Fujimori. Sin embargo, al igual que Boric, Castillo asumió acompañado por las izquierdas. El socio principal de Apruebo Dignidad en Chile es el Partido Comunista, cuyo marxismo leninismo también palpita en Perú Libre, que postuló a Castillo. Mientras el primero, con cien años, es la segunda organización política más numerosa, el otro aún tiene alcance regional y acumula acusaciones de corrupción. Boric trabaja con un espectro más amplio de fuerzas. Castillo es rehén de Perú Libre.

Cualquier paralelo entre las experiencias de Boric y Castillo tiene resultados predecibles por la mayor evolución del sistema democrático y los partidos políticos chilenos, aunque algunos de la coalición ganadora son nacientes. Pero las diferencias son mucho peores que lo imaginable. Considérense, por ejemplo, los Gabinetes peruanos con personajes prontuariados e ínfima presencia femenina, uno de cuyos miembros declara que la mujer es el complemento del hombre.

Entre los 24 ministros de Boric –14 mujeres, 7 menores de 35 años, dos abiertamente homosexuales– buena parte ostenta grados PhD de universidades foráneas. Algunos desempeñaron cargos de muy alta responsabilidad dentro y fuera de Chile. Maisa Rojas, de Ambiente, obtuvo un doctorado en Oxford; Marcela Ríos, de Justicia, en Wisconsin; Jeanette Vega, de Desarrollo Social, en Illinois; Esteban Valenzuela, de Agricultura, en Valencia; Mario Marcel, de Hacienda, en Cambridge; Flavio Salazar, de Ciencia, Tecnología e Innovación, en el Instituto Karolinska de Suecia; Juan Carlos Muñoz, de Transportes y Comunicaciones, en Berkeley. Después sacaron lustre a sus títulos. El economista Marcel presidió dos veces el Banco Central de Reserva, la física Rojas es una experta mundial en cambio climático, el inmunólogo Salazar patentó una vacuna genérica contra el melanoma, la médica Vega fue directora general de Salud de la Fundación Rockefeller. La mitad de ellos tiene militancia política.

Varios destacan por su ejecutoria. La jurista Antonia Urrejola, de Relaciones Exteriores, presidió la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El economista Carlos Montes, de Vivienda, es experto en urbanismo y ha dirigido ambas cámaras legislativas. La bióloga Maya Fernández, de Defensa, nieta de Salvador Allende, condujo la Cámara de Diputados. La médica Izkia Siches, ministra del Interior y Seguridad, presidió el gremio médico al tiempo que destacó en la lucha contra el COVID-19. Otros ministros fueron seleccionados por su trayectoria política. O participaron en las protestas cuando eran dirigentes estudiantiles, como Giorgio Jackson y Camila Vallejo, que ocupan las secretarías de la Presidencia y del Gobierno, o son profesionales que pertenecen al arco político bajo el cual trabajará Boric. Allí conviven organizaciones que van del centro verde a la izquierda marxista. Están también Revolución Democrática, del titular de Educación, un magíster en la especialidad que dirigió una red de colegios, y el Partido Socialista, que tiene dos ministros.

En resumen, más que un cuerpo de técnicos existe un Gabinete de izquierdistas con altos tecnócratas. ¿Cómo es la cosa en el Perú? Hay cuatro doctores, dos por universidades extranjeras (César Landa, Alcalá de Henares; Modesto Montoya, La Sorbona) y dos por las peruanas San Marcos (Aníbal Torres) y Enrique Guzmán y Valle (Rosendo Serna). La mayoría restante tiene títulos en universidades de segunda y tercera línea, algunos por confirmar. Sin embargo, el desbalance académico no es la diferencia más importante entre ambos colectivos.

Los ministros chilenos tienen una idea clara del cumplimiento de las leyes. Sus nombres se conocieron el 21 de enero. En los 38 días transcurridos hasta su juramentación ninguno fue objetado por robar o golpear a su familia, como ocurrió aquí (alguno deberá aclarar judicialmente un diferendo menor). Por otra parte, están imbuidos del proyecto gubernamental, según se aprecia en las entrevistas periodísticas que concedieron durante las semanas previas. En el Perú era difícil encontrar un pensamiento común que uniera al primer Gabinete, y no hubo anticipaciones de lo que vendría. Todo fue secretismo hasta el último minuto, con la juramentación clandestina de ministros en el Gran Teatro Nacional.

Fue el amateurismo y no un conjunto de posiciones maximalistas lo que hizo fracasar el proyecto de Perú Libre. La disfuncionalidad no estaba entre las catástrofes profetizadas cuando asumió Castillo, aunque lo advirtió Carlos Meléndez desde “La Tercera” de Chile. El temor era que el gavilán Vladimir Cerrón se apoderara del Gobierno. Ante lo cual afloraron discursos, que parecían rezos, para que las palomas de Verónika Mendoza o la voz suavecita de la segunda jefa de Gabinete, Mirtha Vásquez, guiaran por un camino de moderación al nuevo mandatario. Pero Mendoza quería su cuota y Vásquez puso en práctica su ojeriza a la minería. Ninguna hizo cuestión de Estado por la corrupción y el desbalance de género.

Hay otra gran diferencia. La convocatoria a una asamblea constituyente fue la tierra prometida de Castillo, y a partir de allí lanzó ofertas sobre el combate al COVID-19, la reactivación de la economía y del empleo, segunda reforma agraria, gas para todos, mayores impuestos para las élites, retorno a clases. Boric, en cambio, empezó su gobierno con una Convención Constitucional en pleno trabajo. Y puso el foco no en el rediseño del Estado, sino en la satisfacción de las promesas que lo hicieron presidente. Debe lograr un nuevo régimen previsional en reemplazo de las AFP, un sistema de salud para todos, un método universal de créditos educativos, transporte público gratuito, reforma tributaria. ¿De dónde sacará el cuero para las correas? Se plantea una agresiva reforma tributaria y un plan económico cuyos ejes son el estímulo a la inversión, la creación de empleos formales y el respeto al medio ambiente.

Puede fracasar. El gobierno es minoría en el Congreso, sus complejas reformas requieren un diseño viable y los populistas multicolores de la Convención Constitucional atemorizan a la inversión. Aunque se requieren dos tercios para los acuerdos y al final habrá un referéndum, el Estado está siendo reinventado. Quizá resulte un esperpento. De todos modos, el mandato de Boric es inexorable: redistribuir la riqueza. Marcel, el ministro de Hacienda, contó que tuvo “largas conversaciones” con él antes de aceptar el desafío. Y en esto encontramos una nueva diferencia con Pedro Castillo, con cuyo primer ministro de Economía, Pedro Francke, no habló suficiente, por lo visto, pues este abandonó abruptamente la ceremonia de juramentación. Luego, enfrentado a una misión que lo superaba, Castillo olvidó la asamblea constituyente y puso a su gobierno en piloto automático, mientras sus adeptos se abalanzaban sobre los recursos del Estado.

Puestos a buscar contrastes, Castillo jamás habría invitado a su juramentación al escritor nicaragüense Sergio Ramírez, quien combate a la dictadura de Daniel Ortega. Boric condenó la invasión de Ucrania sin ambages, Castillo no. Pero, desde otro punto de vista, estos presidentes son incomparables. Pues el primero representaría a una izquierda real y el segundo al contubernio de informales y justiciables que hoy domina la representación política en el Perú. Allí puede haber personajes de la izquierda autoritaria como del centro o la derecha. “Alianza pirata”, lo llama, en un artículo en “La Mula”, Agustín Haya de la Torre. La observación luce más acertada después del voto de confianza otorgado al último Gabinete por el Congreso.

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