Precio del balón de oxígeno está por las nubes en la capital. (Foto: GEC)
Precio del balón de oxígeno está por las nubes en la capital. (Foto: GEC)
Iván Alonso

Economista

Creer a estas alturas en el control de precios es como creer en el flogisto, aquella sustancia cuya existencia postulaban los alquimistas en el siglo XVII para explicar la combustión, antes de que Lavoisier demostrara que esta se debía al contacto del carbono y el hidrógeno con el oxígeno. El oxígeno, precisamente, ha ocasionado en estos días una reacción, no digamos violenta porque no ha habido violencia en las palabras, pero sí inmediata y encendida. El alza de su precio, en el momento de mayor necesidad, ha causado indignación entre el público y las autoridades, que han recurrido a la vieja idea, tantas veces refutada por la experiencia, del control de precios para apagar el fuego.

Como se ha reportado en la prensa, un balón de 10 metros cúbicos, que normalmente se vendía a 600 soles, se ha estado vendiendo hasta en 4.800 soles. La indignación es comprensible, pero no es una buena consejera; no, al menos, cuando se trata de legislar. Hay que analizar las causas del fenómeno para encontrar la mejor manera de enfrentarlo.

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La raíz del problema es que no hay suficiente oxígeno medicinal para atender a todos los pacientes de coronavirus cuyas vidas dependen de él. La pandemia ha generado un desbalance entre la oferta y la demanda; en una palabra: escasez. Cuando hay escasez, es inevitable racionar la oferta. El alza del precio es una forma de racionar la oferta, pero no es la única. Se la puede racionar también por orden de llegada, que es lo que hace el control de precios (si se cumple). En cualquiera de los dos casos, el oxígeno disponible alcanza para un determinado número de pacientes y no más. La pregunta es cuál de estas dos formas de racionamiento ayuda a acabar más rápido con la escasez.

Dejar que suba el precio tiene la ventaja de estimular un aumento de la oferta. La gente importa oxígeno; las plantas amplían su capacidad; las empresas que producen oxígeno industrial lo convierten en medicinal. Todas motivadas, ciertamente, por las ganancias que pueden obtener. Con el control de precios la escasez se perpetúa porque no hay ningún estímulo para aumentar la oferta.

Es desagradable pensar que, con la libertad de precios, la capacidad de pago prima sobre el criterio de la urgencia médica. Pero eso no desaparece del todo con el control de precios. Mientras haya escasez, alguien tendrá el poder de decidir a quién venderle el oxígeno o a quién ponérselo, un poder que invita al desacato y la corrupción. En la desesperación, siempre habrá gente dispuesta a renunciar subrepticiamente al precio controlado o recompensar a quienquiera que pueda darle prioridad a un familiar.

¿Cómo resolver la escasez, tratando, en la medida de lo posible, de que el criterio médico prevalezca sobre el criterio comercial? En primer lugar, hay que renunciar a la idea del control de precios porque solo prolongaría la escasez. En segundo lugar, deben ser los hospitales los que compren el oxígeno para sus pacientes. Para algo tenemos un fondo de estabilización fiscal que todavía no se ha gastado. Para algo nos hemos endeudado. Pedirles a los pacientes que traigan su propio oxígeno es como decirles que traigan sus propias sábanas (algo de lo que felizmente ya no se escucha, quién sabe porque los medios se cansaron de repetirlo o porque el sistema de salud, en eso, al menos, ha mejorado en los últimos años).