El expresidente parece estar seguro de que asumirá como congresista antes de que acabe el año. Según dijo en una entrevista para radio Exitosa la semana pasada, su expectativa es que el Poder Judicial resuelva “pronto” la acción de amparo –admitida a trámite en agosto de este año– que presentó para para ejercer la función pública, impuesta por el en mayo del 2021. La misma que finalmente le impidió convertirse en legislador luego de ser el candidato más votado el año pasado.

Solo el tiempo dirá si sus esperanzas tienen asidero. Entretanto, el prospecto no deja de ser lamentable, toda vez que existen muchas razones para preferir que el señor Vizcarra permanezca alejado de cualquier cargo en el Estado. A casos como el del –que le valió la inhabilitación–, donde eligió inocularse a sí mismo, a su esposa y a su hermano con dosis de la vacuna de Sinopharm sin siquiera haber garantizado la adjudicación de estos fármacos para el resto del país, se añaden múltiples investigaciones de la fiscalía, como la que lo señala como el receptor de un soborno durante su gestión como gobernador de Moquegua, para presuntamente favorecer a una empresa ligada al Caso del con la edificación de un hospital. Y, por si fuera poco, todavía quedan muchas preguntas sin resolver en torno a otros escándalos de su administración, como el de los pagos hechos al estrafalario con plata del tesoro público.

Sin embargo, nadie puede negar el impacto que tendría en la situación política del país un hipotético ingreso del ex jefe del Estado al hemiciclo.

Es cierto que a Martín Vizcarra le sobran enemigos –de hecho, muchos de estos pasarían a ser sus colegas–, pero también está claro que no le faltan simpatizantes, sobre todo en la centroizquierda. Un residuo de su campaña contra el Parlamento de mayoría fujimorista durante su gobierno y de la proactividad que se esmeró en proyectar durante la pandemia (según Ipsos, llegó a tener 87% de aprobación en marzo del 2020), aunque con pésimos resultados. No por nada fue el aspirante a congresista más votado el 2021, incluso tras el ‘vacunagate’. Además, el 88% del país (Ipsos) aseguró estar en contra de su vacancia en el 2020. Sin lugar a duda, podría llegar a tener muchísima influencia y definitivamente sería el congresista que más llamaría la atención de los medios y el público.

Entraría, además, con un discurso crítico del gobierno de (por lo menos en esa línea han ido sus pronunciamientos sobre la coyuntura) a una bancada (Somos Perú) que muchas veces ha actuado como aliada del régimen. Y ha dicho que desde su curul procuraría el adelanto de elecciones generales, una medida que muchos en la oposición desprecian.

Posiciones que lo colocarían como el antagonista de uno y otro lado, pero que –y eso es algo que saben hacer muy bien los populistas como Vizcarra– le ayudarían a granjearse más adeptos y a mantener a los que ya tiene. Una situación, además, que solo lo confirmaría como una fuerza que ningún bando debería perder de vista o mezquinar a la hora de mover sus fichas.

Pero, así como no se podría ningunear el ingreso del ‘Lagarto’ a la piscina política, tampoco se debe olvidar la sangre fría que caracteriza a su especie y que seguro tendrá para procurar sus intereses. La función pública le serviría como una capa de protección frente a los procesos legales en su contra y la plataforma legislativa, a perseguir la que a todas luces es su principal aspiración: volver a la presidencia.

Habrá que ver qué dice el Poder Judicial.

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