Unas personas compran en el mercado de Huamantanga, Puente Piedra, el pasado 14 de abril (Foto: Manuel Melgar).
Unas personas compran en el mercado de Huamantanga, Puente Piedra, el pasado 14 de abril (Foto: Manuel Melgar).
Iván Alonso

Economista

Tres profesores de la Universidad de Chicago (Casey Mulligan, Kevin Murphy y Robert Topel) han publicado el mejor análisis que hemos visto sobre la manera más eficiente de combatir la . Más eficiente quiere decir salvar la mayor cantidad de vidas al menor costo posible. El costo no es solamente ni, de lejos, principalmente el de la atención hospitalaria, sino el de la paralización de la actividad económica; en otras palabras, el valor de la producción que se pierde. El gran dilema es que podemos salvar más vidas extendiendo más tiempo y a más actividades la paralización o, alternativamente, reducir las pérdidas materiales, a riesgo de perder más vidas.

La idea de que la vida no tiene precio expresa un sentimiento plausible, pero no ayuda a tomar decisiones. El hecho es que valoramos la vida, pero también valoramos todo lo que el bienestar material acarrea, incluyendo la preservación de la vida, al margen de la pandemia. El dilema entre el cuidado de la salud pública y la actividad económica es, pues, un dilema real.

La decisión que muchos gobiernos alrededor del mundo han tenido que tomar es qué restricciones poner a la actividad económica para limitar la propagación del virus. Algunos optaron por la cuarentena; otros por el aislamiento selectivo. No hacer nada era otra opción, que significaba dejar avanzar al virus hasta alcanzar la inmunidad de grupo. Pero la pérdida de vidas hasta llegar a ese punto –más de medio millón, quizás, en el caso peruano– la convertía en una opción inaceptable. Eso nos lleva a escoger entre la cuarentena y el aislamiento selectivo como estrategia de contención.

La gran diferencia entre las dos, puesta en los más simples términos económicos, es que la cuarentena impone un costo fijo –las pérdidas económicas son independientes del número de contagios que se pretende evitar–, mientras que el aislamiento selectivo impone un costo variable, que depende del número de personas a las que necesitamos aislar. ¿Cuándo conviene usar una y cuándo la otra?

Pensemos en el Perú. El día que había 71 casos conocidos: 60 en Lima y Callao y el resto en otros ocho departamentos. Era relativamente fácil aislar a los contagiados y sus familiares en un hotel; rastrear a sus contactos y aislarlos también; cerrar las fronteras departamentales. Optamos, en cambio, por el aislamiento generalizado, a un costo, según el Gobierno, . A la luz de los hechos, no era crítico ganar tiempo en ese momento: a los 30 días todavía habríamos tenido suficientes camas UCI, aun si la velocidad de propagación se triplicaba. La cuarentena tendría que haber comenzado después, cuando el número de casos detectados fuera mayor y también, por lo tanto, los nuevos contagios que se podía evitar cada día con los mismos S/900 millones. Entretanto, más gente se habría inmunizado, especialmente los jóvenes, que son los que en mayor proporción habrían seguido saliendo durante el aislamiento selectivo, reduciendo la posibilidad o el tamaño de una segunda ola de contagios.

No vamos a culpar al Gobierno por no haber tenido una bola de cristal. La decisión correcta, si uno se guía por este análisis, depende de variables que no se conocen con precisión. Nos preguntamos nomás qué tipo de análisis se hace para decidir cuándo sacarnos de este encierro.