El sábado pasado, en un monólogo digno del dramatismo barroco de Calderón de la Barca, el presidente de la , , abordó buena parte de los cuestionamientos que, desde diciembre del 2010, han pesado sobre 2022.

Él, como ha relatado el “New York Times”, ha dedicado los últimos años de su vida a la competencia. Prácticamente se mudó a Qatar con su familia para preparar el evento que, entiende, definirá su legado como mandamás de la FIFA. Un nivel de entrega que explica el tono del discurso de aquel día y la voluntad de inmolación que este reveló. “Yo soy responsable de todo”, dijo.

Y tiene razón. Porque la responsable de todo lo que ha pasado en los últimos 12 años en torno de este Mundial, y de todas las críticas –usualmente justificadas– que se ha granjeado, es la institución que representa Infantino: la FIFA.

Los antecedentes de desprecio a los derechos humanos del anfitrión y de otros estados confesionales del Medio Oriente no sorprendían a nadie en el 2010. Y tampoco sorprendió a nadie cuando, casi una década después, en abril del 2020, el Departamento de Justicia de Estados Unidos denunció que representantes de Rusia y Qatar sobornaron a miembros de la FIFA para hacerse de la organización de los certámenes. Tampoco sorprende que en la década que siguió al anuncio de Qatar 2022 se hayan reportado más de 6.500 trabajadores migrantes fallecidos en ese país, según “The Guardian”.

Qatar siempre fue una mala idea. Hasta lo caluroso de su clima era un punto en contra. Pero ocurrió (entre sombras), y su autoritarismo se ha reflejado en las reglas que la FIFA se ha empeñado en implementar so pena de contrariar al anfitrión. Así, se ha planteado castigar con tarjetas amarillas a los jugadores que usen símbolos para expresarse a favor de los derechos humanos, se ha prohibido el ingreso de banderas LGBT y, en una muestra de consideración que la FIFA nunca tuvo con Brasil en el 2014, incluso se ha prohibido el expendio de bebidas alcohólicas en los estadios.

El mea culpa de Infantino solo lo fue parcialmente. Mucho de su soliloquio estuvo nutrido de justificaciones y desviaciones que han querido retratar las críticas a la sede de la competencia como dichos hipócritas o como caprichos occidentales. “Por lo que los europeos hemos hecho en los últimos 3.000 años deberíamos disculparnos por 3.000 años más antes de dar lecciones morales”, llegó a decir.

Una manera de huir de la verdadera discusión, pues nada niega ni perdona lo que hoy ocurre en países como Qatar, ni diluye la responsabilidad de la FIFA por elegirlos. La violación de los derechos humanos no es un exotismo ni una expresión cultural que deba ser apañada. Y la verdad es que no es lo mismo organizar un Mundial en un país democrático que en una tiranía cucufata sin los pesos y contrapesos necesarios para combatir atropellos.

En todo caso, a nadie debería caberle duda de que elegir a Qatar como destino en el 2022 (y también a Rusia en el 2018) fue una pésima y nada inocente decisión de la FIFA. Y el más perjudicado con todo esto es el menos culpable: el fútbol.

La FIFA le ha añadido un saborcito a culpa a un Mundial que los hinchas, por lo que la competencia siempre ha representado, merecen disfrutar. Los 32 equipos en contienda llevan las esperanzas de sus compatriotas y hasta sus voces, como demostró el equipo iraní en su debut con una protesta silenciosa y corajuda contra su gobierno cuando sonaba el himno. Y eso es lo que siempre debió de primar y lo que hoy, con cada partido, debe obligarnos a poner los ojos en aquellos que le hacen daño.

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