Una enfermera realiza fisioterapia en un paciente con coronavirus COVID-19 en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Alberto Sabogal Sologuren, en Lima, Perú. (Foto por Ernesto Benavides/AFP).
Una enfermera realiza fisioterapia en un paciente con coronavirus COVID-19 en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Alberto Sabogal Sologuren, en Lima, Perú. (Foto por Ernesto Benavides/AFP).
Iván Alonso

Economista

La saturación de los hospitales, la escasez de oxígeno medicinal y el número de muertes diarias, que no parece tener cuándo bajar, opacan los progresos en materia de salud pública de los últimos 30 años. La crisis del coronavirus no refleja ningún fracaso del modelo económico neoliberal. Refleja, más bien, su carácter extraordinario, en el sentido literal del término: fuera de lo ordinario en cuanto a frecuencia y magnitud. Estar “preparados” habría significado invertir grandes cantidades en instalaciones y equipos que habrían permanecido inutilizados durante largo tiempo, a la espera de que brotara una pandemia, mientras otras necesidades cotidianas quedaban desatendidas por falta de recursos. Es el mismo problema que han enfrentado los sistemas de salud de España, Italia y otros países avanzados.

¿Qué progresos ha traído el modelo neoliberal? Primero, lo más obvio: el gasto en cuidados de la salud. Según las cifras publicadas por el INEI, el gasto total se triplicó entre el 2007 y el 2018, de S/10.700 a S/32.600 millones. El gasto privado obviamente creció por el mayor poder adquisitivo, pero mucho más rápido creció el gasto público, cuadruplicándose en el mismo lapso, de S/5.500 a S/19.500 millones.

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Seguramente quedan todavía mucha ineficiencia y no poca corrupción, pero hay resultados tangibles. La cobertura de los seguros de salud, por ejemplo, subió del 42% de la población en el 2007 al 76% en el 2018. Actualmente es mayor en el ámbito rural que en el urbano. El crecimiento se debe sobre todo al Sistema Integrado de Salud (SIS) y en menor medida a Essalud. Los seguros privados cubren solo al 5% de la población.

Los avances en capital humano han sido notables. El número de médicos por habitante subió en 50% entre el 2010 y el 2018. Aquí el progreso, es verdad, ha sido desigual, con grandes avances en algunos departamentos, modestos en otros y llamativos retrocesos en Arequipa y Cajamarca. Pero el número de enfermeras por habitante ha aumentado sustancialmente en todos, sin excepción.

Desde nuestro punto de vista, el test más importante de un sistema de salud es la expectativa de vida de la población. Esta ha ido aumentando paulatinamente, aunque no tenemos cifras a la mano para demostrarlo. Veámoslo, entonces, de otra manera: en 1990 apenas el 2% de la población tenía más de 70 años; en el 2005, el 3%; en el 2020, se calcula que es el 5%. Este “envejecimiento” de la población supone que más gente se mantiene en buen estado de salud hasta llegar a esa edad.

Al otro extremo de la vida el progreso es más notable aún. La tasa de mortalidad infantil se ha reducido a lo largo y ancho del país. En el 2017-2018 la tasa más alta a nivel departamental era de 21 por mil (en Huánuco, Junín, Loreto, Pasco y San Martín). Diez años antes, en el 2007-2008, había 17 departamentos con una tasa mayor a 21 por mil, incluyendo Loreto y Puno, donde llegaba a 44 por mil. En el 2000, todos los departamentos, con excepción de Lima e Ica, tenían una tasa mayor a 21 por mil; en Cuzco era cuatro veces mayor.

No cabe duda de que estamos lejos todavía de los estándares no solamente del primer mundo, sino de algunos países vecinos también. Pero nadie puede negar que el crecimiento económico ha generado ingresos públicos y privados que han servido para mejorar el cuidado de la salud de todos los peruanos.