(Foto: White House Historical Association en Flickr).
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Iván Alonso

Economista

En la National Portrait Gallery de Washington hay medio piso dedicado a los ex presidentes de . El octavo de ellos, Martin van Buren, gobernó de 1837 a 1841. Cuenta la reseña que acompaña a su retrato que, a raíz de la crisis bancaria que se desató a solo cinco semanas de comenzado su mandato, la gente lo rebautizó como Martin van Ruin. No es el único reconocimiento que merece el ingenio político popular norteamericano: a Millard Fillmore, que llegó a la presidencia en 1850 tras la repentina muerte de Zachary Taylor, lo llamaban Su Accidencia.

Van Buren fue el primer presidente que nació como ciudadano de Estados Unidos. Todos sus antecesores habían nacido antes de la independencia, o sea, como súbditos del Imperio Británico. Descendía de inmigrantes holandeses por ambos lados, y su lengua materna era el holandés. Aprendió el inglés más tarde en el colegio. Estudió también, de manera autodidacta, derecho, y ejerció como abogado durante un cuarto de siglo antes de dedicarse de lleno a la .

La crisis de 1837 parece haberse originado en el corte de las líneas de crédito de los bancos británicos que financiaban el comercio del algodón, en ese entonces uno de los principales productos de exportación estadounidenses (si no el principal). El deterioro de la balanza comercial ocasionó una salida masiva de oro, equivalente a una fuga de capitales en nuestros días, desencadenando una caída generalizada de precios e ingresos. Una breve recuperación en 1838 fue seguida por una nueva caída en 1839, que se prolongó hasta 1843.

Van Buren fue responsabilizado por la crisis –de allí su apodo– por haberse negado a intervenir. Había absorbido de Thomas Jefferson la doctrina del laissez faire. Lejos de rescatar a los bancos, se propuso distanciarlos del gobierno federal tanto como fuera posible. Uno de los logros de su gobierno fue el establecimiento de una tesorería independiente, que mantenía todos sus fondos y efectuaba todas sus operaciones en monedas y lingotes de oro o de plata. Este sistema se mantuvo vigente hasta la Guerra Civil.

Pero responsabilizar a Van Buren además era injusto porque había sido precisamente el activismo de los gobiernos de algunos estados, como Pensilvania, Florida y Michigan, lo que había causado la engañosa recuperación de 1838. El anterior presidente, Andrew Jackson, había acumulado un enorme superávit presupuestal durante sus ocho años de gobierno, y lo distribuyó entre los distintos estados, que invirtieron esos fondos y más todavía en obras públicas de dudosa utilidad.

La recaída de 1839 a 1843 fue casi tan profunda como la del siglo pasado, a juzgar por la deflación y el número de quiebras bancarias. En otro sentido, sin embargo, fue muy diferente. La Gran Depresión causó una drástica reducción del consumo y una paralización casi total de la inversión. Entre 1839 y 1843, en cambio, si bien la inversión se contrajo significativamente, el consumo aumentó de manera no menos significativa: más de 20% en términos reales. El historiador económico Peter Temin del MIT atribuye esta diferencia a que el gobierno de Van Buren no interfirió con el ajuste de los precios, permitiendo que los volúmenes de producción se acomodaran a la falta de liquidez debida a las quiebras bancarias y preservando el nivel de vida de la población.