El mercado de la opinión, por Arturo Maldonado
El mercado de la opinión, por Arturo Maldonado

En el 2005, Philip Tetlock sistematizó 20 años de predicciones de expertos en economía y política en Estados Unidos y encontró que estas no eran mejores que aquellas del resto de mortales. Eso significa que los pronósticos de aquellos expertos que aparecen en los diarios y que pueblan los programas noticiosos no eran mejores que el azar. Pronosticar es un oficio riesgoso si se hace a la ligera. Incluso si se hace con precaución, uno corre el riesgo natural de meter la pata. Niels Bohr, el famoso físico, decía que hacer predicciones es muy difícil, especialmente aquellas acerca del futuro. Las elecciones que acaban de terminar son un ejemplo de lo riesgoso que es para los analistas pronosticar el futuro incierto.

Por ejemplo, en el mercado de la opinión encontramos a aquellos que pronosticaban que Keiko Fujimori ganaba o que Pedro Pablo Kuczynski volteaba. Ambos tenían 50% de chances de acertar. Era como lanzar una moneda al aire, sobre todo cuando las encuestas daban empates técnicos hasta el final. Dentro de esta indefinición es normal tomar una decisión basada en la intuición, por ejemplo. Lo razonable es ser transparente y aceptar que con la moneda en el aire uno escoge cara o sello porque finalmente un resultado va a haber. Ahí el experto está al mismo nivel que cualquier ciudadano.

Sin embargo, pese a la indefinición de los días anteriores a la segunda vuelta, algunos expertos sentenciaban sin sombra de duda la victoria de alguno de los dos candidatos. Estos expertos eliminaban la incertidumbre, salían del mundo de los escenarios probables y entraban al reino de los hechos consumados. 

Tetlock –un verdadero opinólogo, pues hace ciencia con la opinión ajena como materia prima– encontraba además que en el mercado de la opinión se privilegiaba a aquellos con opiniones concluyentes más que los que pintaban resultados inciertos. Mientras los primeros aparecen como una autoridad en el momento, los segundos como alguien dubitativo. 

El problema que enfrenta el mercado de la opinión es que no hay una rendición de cuentas de los pronósticos errados de estos expertos. ¿Cuántas veces algún experto que tuvo una opinión concluyente ha salido a enfrentar su error o ha sacado lecciones públicas de su yerro? La estrategia es otra, se echa tierra del pronóstico y se pasa a la siguiente etapa.

Esta nueva etapa consta de la explicación de las razones por las que el ganador se hizo con la victoria y por las que la perdedora no. Ahí también los expertos deben tener cuidado, pues a menudo se ofrecen explicaciones ad hoc para hechos ahora sí consumados. 

El mayor problema es cuando esos analistas presentan los hechos como si todos encajaran y llevaran inevitablemente hacia el resultado observado. Es lo que se llama postdicción –jugando con el término ‘predicción’– o determinismo retrospectivo. En simple, es como un arquero que dibuja una diana luego que ha disparado la flecha: siempre va a aparecer como un acierto.

El mercado de la opinión demanda que los analistas demos un dictamen informado acerca de los hechos de la política, pero también demanda predicciones. Pasada esta campaña electoral es necesario hacer una autocrítica del rol que jugamos quienes tenemos la responsabilidad de tener voz o palabra en un medio de difusión. 

Muchas veces, por la presión de las circunstancias o por simple figuración, uno cae en la predicción concluyente o en la explicación ad hoc, cuando los hechos recomiendan guardar prudencia. Estimado lector, la próxima vez que vea un pronóstico sin incertidumbre o una explicación concluyente de hechos consumados, tome sus precauciones y guarde distancia, más aun si se trata de este falible analista.

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