(Foto: AFP)
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Enzo Defilippi

Profesor de la Universidad del Pacífico

La situación en es cada vez más desesperada. La inflación, la escasez crónica de alimentos y medicinas, la criminalidad descontrolada. La falta de empleo y la abundancia de corrupción.

A estas alturas está claro que y sus secuaces no están dispuestos a dejar el poder. Que el bienestar del pueblo venezolano les importa un rábano. Que habrá que obligarlos a irse. ¿Pero cómo? Los años de marchas, cacerolazos y otras formas de protesta pacífica no parecen estar dando resultados. ¿Podrá la violencia tener éxito allí donde los métodos no violentos parecen estar fracasando? La evidencia empírica señala que ello es mucho menos probable.

De acuerdo con un estudio de Maria Stephan (U.S. Institute of Peace) y Erica Chenoweth (Universidad de Harvard), quienes analizaron la efectividad de 323 campañas de cambio de régimen y declaración de independencia entre 1900 y el 2006, el uso de métodos violentos (bombas, secuestros, destrucción de infraestructura) duplica las probabilidades de fracasar. Mientras que las campañas no violentas han tenido éxito el 53% del tiempo, las violentas solo lograron sus objetivos el 26% (“Why Civil Resistance Works. The Strategic Logic of Nonviolent Conflict”. Columbia University Press).

La diferencia radica en la probabilidad de contar con los apoyos necesarios para forzar un cambio de régimen. El uso de métodos no violentos facilita la adhesión de la población y refuerza su legitimidad en la comunidad internacional, lo que se traduce en una mayor presión sobre el gobierno. Ello es lo que ocurrió en Serbia (2000), Madagascar (2002), Georgia (2003) y Ucrania (2004-2005). Por otro lado, es mucho más fácil para un régimen autoritario justificar una represión violenta contra grupos armados que contra manifestantes pacíficos.

De acuerdo con las autoras, un elemento clave es la adhesión de miembros de las fuerzas de seguridad y de las élites empresariales, gubernamentales y periodísticas. Los primeros son importantes porque son los encargados últimos de la represión, y, por lo tanto, quienes deciden qué tan violenta será la confrontación. Los miembros de las demás élites son importantes porque constituyen los otros pilares sobre los que descansa un régimen. Cuando pueden ser forzados a no cooperar, ello se convierte en un factor decisivo para el cambio. El uso de la violencia dificulta este proceso.

Otra pregunta que Stephan y Chenoweth intentaron responder es cuánta gente tiene que participar en una campaña no violenta para que tenga éxito. ¿Su respuesta? Que, según la evidencia, cuando al menos el 3,5% de la población participa activamente en manifestaciones, huelgas o muestras similares de descontento (lo que implica que muchísima más gente simpatiza con su causa), ninguna campaña ha dejado de ser exitosa (los curiosos pueden buscar en Internet la presentación de Erica Chenoweth en TEDxBoulder 2013).

En el caso de Venezuela, el 3,5% de su población es alrededor de un millón de personas, un umbral largamente superado por las manifestaciones antichavistas. Si bien ello implica que las probabilidades de derrocar al régimen son altas, nada indica que ello vaya a suceder sí o sí (que el 53% tenga éxito implica que el 47% no lo alcanza). De acuerdo con la evidencia, la oposición debe lograr que las movilizaciones sean generalizadas, transversales y descentralizadas. Pero, sobre todo, resistir unida. No existe el número mágico que asegure el éxito de una revolución.