“Fue su admiración por Beltrán lo que llevó al Padre Arturo, como nos gustaba llamarlo, a replicar la experiencia de la 'escuelita'”. (Foto: Nancy Dueñas/Archivo).
“Fue su admiración por Beltrán lo que llevó al Padre Arturo, como nos gustaba llamarlo, a replicar la experiencia de la 'escuelita'”. (Foto: Nancy Dueñas/Archivo).
Iván Alonso

Economista

nos dio la libertad de expresión. Éramos un grupo de chicos universitarios que, salvo por una o dos excepciones, no pasábamos de los 20 años. El único límite que nos puso –y estuvo claro desde el principio– fue el respeto a la investidura del presidente, lo cual no impedía criticarlo (como, en efecto, hicimos infinidad de veces). Nos dejó hablar de la privatización de las empresas públicas cuando la palabra ni siquiera existía y era vista por todos como un imposible político. Nos dejó hablar de libre comercio cuando los anunciantes vivían cómodamente con sus aranceles.

Enrique Ghersi ha dicho en otro diario, con toda justicia, que era . Su bondad era parte de su ser y se expresaba de muchas maneras. Primero, en el cariño y la confianza que nos prodigó desde el primer día y que todos tratamos siempre de reciprocar. Segundo, en su sentido de gratitud, especialmente con Jorge Basadre y Pedro Beltrán, dos personajes decisivos en su vida. Gratitud y admiración. Tercero, en su optimismo a toda prueba. Nos cuenta su hijo Federico que se fue de este mundo con una sonrisa en los labios. Nadie podría imaginarse otra cosa.

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Fue su admiración por Beltrán lo que llevó al Padre Arturo, como nos gustaba llamarlo, a replicar la experiencia de la “escuelita”, convocando al grupo del que ya hemos hablado, al convertirse en director de “La Prensa” en 1980, cuando el gobierno democrático devolvió los periódicos que había expropiado la dictadura militar –una “expropiación temporal” que duró seis años y por la que nunca se pagó un justiprecio; solo un tardío resarcimiento–. Quizás fuera también esa admiración lo que lo llevó a contratar al mismo auditor externo de la época de Beltrán, con quien, nos consta, entabló una gran amistad y bebió innumerables whiskies.

Tuvimos ocasión de presenciar el año pasado el mayor testimonio de su gratitud y de otro rasgo característico suyo, el desprendimiento personal, cuando la Universidad San Ignacio de Loyola le confirió un doctorado honorífico. Cualquiera que hubiera escuchado el discurso de agradecimiento del Padre Arturo habría pensado que el homenajeado no era él, sino Basadre. Lo que en ese momento de profunda emoción brotaba de su alma no era un recuento de sus logros, sino la memoria de todo lo que había aprendido de quien consideraba su maestro y la responsabilidad que este le había inculcado de reflexionar permanentemente sobre el pasado y el presente del país y construir con las ideas un mejor futuro.

El optimismo que siempre acompañó al Padre Arturo no era el optimismo de un ingenuo que no se da cuenta de los peligros que lo acechan, sino el de quien confía en su fuerza interior para sobreponerse a la adversidad. Y las enfrentó de todo tipo. Mario Ghibellini , días antes de ser deportado por Velasco, en el que conversaba con los amigos del colegio de Federico sobre sus aficiones y sus intereses intelectuales con la más absoluta serenidad, porque él no iba a dejar de ser quien era –quien es– tan solo porque un matón usurpador de la presidencia lo quisiera fuera del país para callarlo.

Las circunstancias no han permitido que tenga un funeral multitudinario, como debía ser. Seguramente él habría encontrado el lado positivo: que, de alguna manera, no nos hemos despedido.