"La principal fortaleza de una economía no es la estabilidad macroeconómica, que, siendo importante, no es suficiente, en sí misma, para lograr un crecimiento sostenido". Escribe Iván Alonso. (Foto: GEC)
"La principal fortaleza de una economía no es la estabilidad macroeconómica, que, siendo importante, no es suficiente, en sí misma, para lograr un crecimiento sostenido". Escribe Iván Alonso. (Foto: GEC)
Iván Alonso

Economista

Desde el primer mes de la cuarentena la economía peruana ha seguido prácticamente una progresión aritmética: en abril produjo el 60% de lo que produjo en el mismo mes del año pasado; en mayo, el 70%; en junio, el 80%; y en julio, casi el 90%. Era, desde el principio, una manera simple y sin aspavientos de imaginarse la trayectoria de la recuperación. La postergación de la llamada fase 4 de la reapertura podría haber alterado ese curso en agosto y setiembre, pero cabe esperar que para fin de año nos nivelemos con los últimos meses del 2019. De ser así, el producto bruto interno (PBI) caería un 10% a 12% este año.

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Esto es ligeramente más optimista que la mayoría de pronósticos. Por supuesto que podríamos ser nosotros los equivocados. Como dice un viejo dicho de economistas, no es fácil pronosticar, especialmente el futuro. Lo que nos cuesta más entender es por qué la generalidad de nuestros clarividentes públicos y privados proyecta para el próximo año un crecimiento menor, en valor absoluto, que la caída en este. Con una secuencia semejante, el PBI no alcanzaría todavía en el 2021 el valor que tenía en el 2019. Para decirlo gráficamente: si cae 12% este año, pasando de 100 a 88, y crece 10% el próximo, terminará en 97, que es 3% debajo del punto de partida.

Pero ¿por qué no podríamos volver donde estábamos? Ya sabemos que la economía peruana ha sido capaz de producir 750.000 millones de soles en un año. Debería poder producir eso de nuevo cuando se levanten todas las restricciones. Tenemos los mismos brazos que antes y más; las mismas fábricas y oficinas; los mismos campos y minas; los mismos equipos de transporte; la misma infraestructura. Sí, es verdad que los patrones de demanda han cambiado, al menos temporalmente. Algunos negocios, como los restaurantes, los hoteles y todos los relacionados con el turismo, dependerán de que haya clientes que puedan y quieran salir y viajar como antes. Pero esos sectores no representan más del 10% de la economía. Además, la gente se “reinventa”. Cierra el chifa y pone un taller de mascarillas; crea paseos virtuales; da clases de yoga. La sustitución no es inmediata, tampoco gratuita; pero de abril a diciembre la mayoría ya habrá hecho la transición.

La principal fortaleza de una economía no es la estabilidad macroeconómica, que, siendo importante, no es suficiente, en sí misma, para lograr un crecimiento sostenido. La principal fortaleza es la capacidad para reasignar los recursos, lo que en el lenguaje de los economistas significa abandonar ciertas actividades para emprender otras más promisorias. Hay condiciones que facilitan el tránsito, como el tipo de habilidades y activos que posee la gente: cuanto más versátiles, mejor. Pero tarde o temprano el tránsito ocurre. Ni siquiera la descapitalización que puedan haber sufrido muchas empresas resulta una barrera infranqueable. También el capital y el financiamiento regresan.

Dos cosas son fundamentales para facilitar la reasignación de recursos: mercados abiertos y libertad de precios. Mercados abiertos quiere decir pocas barreras de entrada y de salida y pocas regulaciones que causen incertidumbre. La libertad de precios es esencial porque los precios son las señales que guían a la gente hacia donde hay demandas insatisfechas. Todo lo que interfiere con esas señales retrasa la recuperación.