¿Se les ocurre algún otro día en el que un país entero sueñe lo mismo?
¿Se les ocurre algún otro día en el que un país entero sueñe lo mismo?
Andrés Calderón

Jefe del Departamento de Derecho de la Universidad del Pacífico

Estoy en un tren de Ámsterdam a Berlín. Físicamente. Mi mente está en Río de Janeiro.

Mientras lucho por revisar las noticias gracias a la trajinada barrita de Internet que me cobija en el celular, al cruzar un bosque de nombre impronunciable en Alemania, constato que no hay ningún otro tema sobre el que pueda hilvanar dos párrafos.

Me distraigo con los videos de hinchas peruanos aterrizando en . ¿Si empiezo a cantar en este tren: “Cuando despiertan mis ojos y veo / que sigo viviendo…”, alguien me responderá: “¡Contigo, Perú!”? Pienso en si le alcanzarán las piernas a Tapia para cerrar las diagonales de Dani Alves o Everton. Me pregunto si Guerrero tendrá una, solo una, previo pase de bisturí de Yotún o Trauco. Sueño despierto con un gol de media cancha de Cuevita o con Flores conminándonos a parar bien las orejas.

Soñar no cuesta nada, reza el dicho. Pero hasta para encontrarnos con Morfeo vamos con presupuesto restringido. Soy incondicional de la desde mucho antes de que serlo fuera un eslogan publicitario. Lo fui con Chemo, Maturana y hasta Popovic, para más evidencias. Pero mis fantasías no costeaban una final de Copa América. De hecho, hace un par de años mis anhelos tampoco contemplaban una parada mundialista en Saransk, Rusia. Parece que el subconsciente rememora el quinto lugar en las Eliminatorias del 98 o el zurdazo al vacío del ‘Cóndor’ Mendoza ante Ecuador, y nos protege de sueños muy ambiciosos.

Pero desde el miércoles solo sueño con la . Después de todo, el Maracanazo es una expresión tan bella como espaciosa, y estoy seguro de que los generosos hermanos uruguayos no se enrojecerían de compartirla con nosotros. Sueño aunque no quiera. Y tiemblo mientras escribo la columna. No solo por el tren que nos zamaquea a 199 km/h. Es la misma sensación previa a los partidos contra Colombia y Nueva Zelanda. La misma que tuve ese 15 de noviembre del 2017, antes de escribir ese texto bendito sencillamente titulado “Gracias” y que, enmarcado, ahora adorna mi oficina.

Escribamos, entonces, sobre los sueños. De un sueño en particular, compartido por millones. ¿Se les ocurre algún otro día en el que un país entero sueñe lo mismo? ¿Cuántas personas que soplaban velas el 7 de julio donaron su deseo cumpleañero al mismo objetivo? ¿No tienen, acaso, los sueños valor propio con prescindencia de si se convierten en realidad?

Mi sueño de niño era ser periodista deportivo. Lo atestiguan mi hermano cuando me escuchaba narrar partidos como si fuera locutor de radio a los 8 años; un viejo bloc en el que, a los 9, documentaba todos los resultados, goles y hasta equipos ideal y suplente del Mundial de EE.UU. 94; e incluso los entrenadores de Adecore a los que entrevistaba en los noventa para un inventado periódico escolar. El hinchaje, finalmente, prevaleció, y siempre encontré mi lugar en las tribunas y no en una cabina de transmisión ni al ras del campo.

Los arrebatos de la vida, sin embargo, me llevaron a otro estadio, quizá más anhelado. A este domingo en el que escribo no como abogado, periodista o profesor, sino como hincha. Ese que viajó a Río y también el que se juntó en casa con sus patas y familiares. El que no lavó la camiseta del partido contra Chile y el que se abrazó con un grupo de extraños en un bar cualquiera en Berlín. Escribo para agradecer a esos guerreros vestidos de rojo y blanco, porque nos dieron crédito para seguir soñando. No nos obsequiaron presente, pero nos regalaron futuro. ¿Quién dice que los sueños no valen más que la realidad?