Enrique Planas

Caminamos por los pabellones neoclásicos del cementerio Presbítero Maestro. Acompaño a un escritor en la sesión de fotos a propósito de su nuevo libro de relatos breves, protagonizados por perturbadoras criaturas. El autor lleva un elegante sobretodo negro y, consciente o inconscientemente, le permite al fotógrafo añadir a su imagen un vampírico guiño. Los observo a ambos recorriendo tumbas y esculturas fúnebres y pienso en las muchas facetas, escrituras y parodias que posee la figura del . Si bien está claro que una de sus representaciones más famosa es la del “” publicado por Bram Stoker en 1897, no lo es menos su primera versión al cine, dirigida por Friedrich Wilhelm Murnau hace un siglo. Para evadir el pago por derechos de autor, optó por renombrar a su personaje como Nosferatu, jugando con el griego ‘nososphorōs’, “aquel que porta enfermedades”.

Nada mejor que los vampiros para vislumbrar las sensibilidades de época. En efecto, su estreno coincidió con la sensibilidad de un público que tenía muy fresco el recuerdo de la Primera Guerra Mundial. Para entonces, las trincheras abiertas en Verdún eran las verdaderas tumbas de donde emergían los monstruos. Han pasado 100 años y, como afirmaba el escritor que entrevisto, es seguro que la pandemia de la que estamos saliendo tenga que ver con una nueva efervescencia de la literatura de suspenso y horror. Es una reeditada metáfora de la enfermedad: aquello que viene de otro mundo para destruirnos.

El enorme poder de su mito surge antes de Stoker y de Polidori: ya en sus célebres ‘Caprichos’, Goya retrataba los vampiros que protagonizaban las historias orales de su tiempo. ¿Qué los hace tan irresistibles? Su inmortalidad, su carga erótica, su doble vida, su ambigüedad, su capacidad para simbolizar el enfrentamiento entre la modernidad y la barbarie. Por supuesto, entre ese primer vampiro que interpretó Max Schreck, el “Drácula” de Cristopher Lee, el de Gary Oldman o el interpretado por Brad Pitt hay un abismo, son figuras diferentes para representar miedos distintos. Pero lo que une a todos es su capacidad para poseernos, para absorbernos la energía que transporta nuestra sangre.

Esa es la definición de vampirizar: nos habla del abuso, de la supresión de la personalidad de la víctima. A lo largo de los años, hemos utilizado al ícono del vampiro para compararlo con políticos que buscan carcomernos en las sombras. Sin embargo, a diferencia de tantos inelegibles candidatos, la criatura nos ofrecía a cambio de nuestra alma liberarnos de las convenciones sociales. La suya era una seductora propuesta, acompañada de un ritual sutil y una puesta en escena sofisticada y elegante. Drácula es un romántico. Los verdaderos chupasangres ya sabemos quiénes son.

Enrique Planas es redactor de Luces y TV+

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