(Foto: El Comercio)
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Pedro Tenorio

Analista político

Ha comenzado bien el presidente luego de juramentar su cargo ante el Congreso: hizo un llamado a la unidad nacional, a que ningún poder avasalle a otro y se ha puesto manos a la obra visitando hospitales y escuelas. Ese parece que será el pilar fundamental de la gestión de tres años y cuatro meses que lo aguarda hasta julio del 2021. Los otros han de ser la reconstrucción del norte, el combate eficaz a la delincuencia y todo el apoyo –sin interferir ante el Poder Judicial y la fiscalía– que pueda brindarle a la lucha contra la corrupción. Martín Vizcarra parece entender que no necesita agradar a los peruanos, sino demostrar que quiere trabajar por ellos. Así lo hizo como gobernador regional de Moquegua y esa misma estrategia, debido a los tiempos que corren, podría funcionarle también a escala nacional. Nadie espera un superhéroe en Palacio de Gobierno, con un mandatario honesto y comprometido –lo que no es poco– basta y sobra.

El humor del país es unívoco: mientras menos Kuczynski, ¡mejor! Y Vizcarra parece entenderlo así, anunciando en su discurso de apertura la renovación total del Gabinete. Aun cuando pueda haber ministros que merezcan una segunda oportunidad, mientras más rápido se pase la página ppkausa, mejor. Aguardo con expectativa al equipo que acompañará al flamante mandatario. Según adelantó poco antes de juramentar, antes del próximo lunes haría el anuncio. Algo me dice que podríamos ver algunas personalidades del interior del país (ex alcaldes y gobernadores con una foja de trabajo sobresaliente, que los hay) sumándose a esta etapa. No hay que inventar la pólvora: es lo que necesita para desmarcarse de PPK y compañía. Ministros que recorran el país, anticipen conflictos, y un jefe de Estado cercano a la gente y sus necesidades urgentes.

Observemos al personaje para sacar una línea lo suficientemente nítida de lo que estaría por venir. Durante la campaña electoral, Vizcarra fue metódico y prudente: asumió la jefatura cuando la candidatura de PPK se iba a pique. Con buena mano y gerencia lo estabilizó, lo impulsó a la segunda vuelta y lo demás es historia conocida. Como ministro de Transportes intentó desarrollar una gestión, pero le pidieron que se comprara el pleito de Chinchero y el monstruo lo devoró. Su posterior exilio a Canadá le dio la distancia y visión necesarias para entender cómo y con quiénes deberá concertar en esta nueva etapa. Un presidente prudente y decidido es lo que se requiere y él está en línea con el papel. Y que gane el apoyo de la calle, porque el del Congreso nunca será seguro. Vamos a ver qué otras piezas –más allá del coyuntural “Yo te estimo, Martincito”– mueve la oposición en el Parlamento.

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