(Ilustración: El Comercio)
(Ilustración: El Comercio)
Patricia del Río

Periodista

Hay varias expresiones para graficar lo que le ocurrió al presidente Martín Vizcarra cuando anunció que si el Congreso le daba la espalda a la reforma política (la inmunidad parlamentaria y postulación de ciudadanos condenados en primera instancia por delitos dolosos), él sometería a referéndum ambas propuestas en el 2021. La medida pareció audaz, Vizcarra retomaba el sendero que tantos réditos políticos le había dado en el pasado, pero, esta vez, le salió el tiro por la culata, fue por lana y salió trasquilado o, si usted prefiere, se metió en un berenjenal.

Es decir, todo le salió al revés. El Congreso sesionó el domingo y en lugar de amedrentarse y aprobar lo que el presidente reclamaba, reforzaron su inmunidad de una manera más que mañosa y debilitaron la protección de altos funcionarios como los miembros del Tribunal Constitucional, el defensor del pueblo y el mismísimo presidente de la República. Más allá de que estas reformas se hayan hecho de manera irresponsable, el mensaje fue claro: a nosotros no nos pisa nadie el poncho y mucho menos nos pone contra las cuerdas.

PARA SUSCRIPTORES: Guillermo Martínez: “Creo que la gente que verdaderamente lee es una ínfima minoría”

¿En qué falló Vizcarra? Claramente no entendió que este Congreso no se parece en nada al anterior que era peleón, gritón, desagradable. Este, en cambio, parece un club de fantasmas a los que nadie ubica, pero que mantiene una agenda populista que una población desesperada quiere escuchar. Eso explicaría que, a pesar de haber bajado casi 10 puntos en las últimas encuestas, en junio todavía conservaba un nada despreciable 43% de aprobación.

Este Congreso sin rostros identificables, logró la liberación de fondos de las AFP, suspendieron el cobro de peajes durante la pandemia (una aspiración constante de la población), insisten en devolverles el dinero de la ONP a los aportantes (a sabiendas de que ese dinero no existe), amenazan con aprobar una ley que congele los intereses de los préstamos financieros, y han conseguido, con un discurso confuso, hacerles creer a los peruanos que le han quitado la inmunidad a todos los funcionarios corruptos, incluido el presidente. O sea, los parlamentarios del 2020 caminan empoderados como un colectivo, sin que ninguno tenga que asumir responsabilidades individuales: Fuenteovejuna, todos a una.

Por último, tal vez el peor error del presidente fue no entender que esta vez no tenía nada con qué pelear: ya no puede cerrar el Congreso, está impedido de observar leyes sobre reformas constitucionales y ya agotó su posibilidad de plantear cuestión de confianza.

En pocos refranes, este Congreso tiene la sartén por el mango, y el toro por las astas, y si no queremos llenarnos de leyes cada vez más inverosímiles y populistas, es importante que el Ejecutivo entienda con quién se mete: un Congreso sin miedo, al que no hay con qué presionar, y al que mientras más se le aprete, responderá con más populismo

TAGS RELACIONADOS