Mario Ghibellini

Imaginemos esta escena. Un limeño se ha detenido frente al quiosco que hay en su cuadra a revisar los titulares de los diarios y de pronto se topa con uno que revela cierto hecho particularmente escandaloso y repulsivo. “¡Ah, verdad –se dice entonces–, tenemos que elegir alcalde en unos días!”. Pero luego sigue su camino sin preocuparse demasiado, pues piensa que cuando llegue al trabajo o a su casa, repasará la lista de candidatos (a la que hasta ahora no le ha dedicado mucha atención) y de seguro encontrará uno que por lo menos no lo espante.

Cuando finalmente puede realizar el ejercicio que se ha prometido, sin embargo, descubre que estaba equivocado. Aunque es poco probable que esté familiarizado con los bestiarios medievales, le queda claro que el catálogo de postulantes al sillón municipal rebosa de especímenes inquietantes. Y lo peor de todo, razona, es que, de cualquier forma, uno de ellos terminará ganando.


–Tintes primaverales–

De seguro, esta semana muchos limeños han vivido esa misma historia con ligeras variantes. Parafraseando una conocida expresión, los habitantes de la capital podríamos decir que son aquello que nos sucede mientras estamos ocupados maldiciendo otras miserias políticas (como, por ejemplo, la confirmación que ha traído al ministro Huerta sobre la cantidad de cómplices mal disimulados que este gobierno tiene en el Congreso).

Por lo demás, los datos que recomiendan encender las alarmas frente a los actuales aspirantes a la alcaldía metropolitana abundan. Hubo un tiempo en que los exburgomaestres de Lima se presentaban a la Presidencia de la República. Luis Bedoya, Alfonso Barrantes, Ricardo Belmont, Alberto Andrade y Luis Castañeda lo intentaron sin éxito, pero se entendía que el mensaje que procuraban transmitirle a la ciudadanía era algo así como: “si hice bien aquello, ¿por qué no me das la oportunidad de hacer esto otro?”.

Lo que ocurre ahora, en cambio, es muy distinto: tenemos una pléyade de candidatos que, tras su derrota en el terreno presidencial, decide tentar suerte en el municipal. Y en consecuencia, el mensaje que implícitamente comunican a los ciudadanos es: “Ya que no quisiste confiarme la responsabilidad principal, ¿no podrías darme siquiera esta otra?”. Urresti, López Aliaga y Forsyth no son, desde luego, los primeros en ensayar semejante cambalache (Susana Villarán lo intentó y lo logró antes que ellos, y ya vimos con qué resultados), pero sí los punteros de esta competencia y eso la tiñe de un color singular. Sugiere, además, la posibilidad de que exista un cierto desdén de parte de ellos hacia el puesto que persiguen.

La evaluación de los postulantes a la , en fin, pone al votante delante de preocupaciones que van desde lo superficial hasta lo profundo. Alguien podría observar, por ejemplo, el festival de testas teñidas –algunas, con tintes que rinden homenaje a la llegada de la primavera– que supone verlos a todos juntos en los debates o foros de estos días. Pero lo realmente perturbador, está más bien en los detalles que los colocan en territorios colindantes con desbordes de otro tipo.

Acusaciones de asesinato, denuncias por intentos de violación, investigaciones por favorecimientos a allegados desde anteriores puestos públicos y otras proezas de ese corte adornan, en efecto, las hojas de vida de varios de los candidatos a ocupar el sillón de Nicolás de Ribera ‘El Viejo’, y el desorientado elector se pregunta por cuál de esos presuntos delitos debería inclinarse el domingo de la próxima semana, al acudir a las ánforas.

Pues bien, si, como todo parece indicar, nos encaminamos inexorablemente a elegir a un villano como alcalde, deberíamos por lo menos elegir a uno con estilo, elegancia y sentido del humor. Y en esta pequeña columna tenemos una propuesta.

En un glorioso episodio de la serie “Batman” que Adam West protagonizó en los años sesenta y que nuestras pantallas reprodujeron, El Pingüino, uno de los archienemigos del hombre-murciélago, se postula para alcalde de Ciudad Gótica. Los espectadores son testigos de los afanes del extravagante criminal por embaucar a sus conciudadanos (de hecho, en determinado momento, las encuestas lo favorecen con largueza), pero no pueden evitar sentir cierta simpatía por las maneras teatrales y las frases sarcásticas con las que se acerca a su cometido. Al final, uno casi lamenta que el héroe encapuchado se interponga en sus planes.


–Correntada del Rímac–

De cualquier forma, la idea resultó tan sugestiva, que luego fue recogida en la película “Batman returns” (en la que Danny Devito da vida al malhechor en cuestión) y en la serie “Gotham”, que se puede seguir actualmente en la televisión por cable. En cada una de esas propuestas, el desarrollo de la historia es distinto, pero en todas, los limeños podemos experimentar una pizca de envidia por los vecinos de la sombría urbe. Ellos al menos pueden optar por un villano que es aficionado a Shakespeare y a vestir de etiqueta. Y que, cuando decide dar un golpe, se inclina por las piezas de museo. Nosotros, en cambio, tenemos que resignarnos al astroso menú ya descrito.

No estamos tarde, sin embargo, para llamar a un voto de protesta. Un voto que nos permita seguir mirándonos al espejo después de salir de la cámara secreta.

El próximo domingo, entonces, todos con El Pingüino, y que a sus imitadores locales se los lleve lejos una correntada del Rímac.

Mario Ghibellini es periodista

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