(Foto: Facebook)
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José Carlos Requena

Analista político

Hace casi dos semanas se reanudó una protesta en Andahuaylas, una de las ciudades más importantes de la región Apurímac. Los motivos de la protesta persisten desde noviembre del 2016.

Como ha informado Natalia Molina, citando al Frente de Defensa de los Intereses de la Provincia de Andahuaylas (Fredipa), “el paro fue convocado para protestar contra presuntos actos de corrupción cometidos en entidades como la Municipalidad Provincial de Andahuaylas, y contra la labor del Poder Judicial, el Ministerio Público y la Contraloría General de la República frente a las actividades ilícitas que se habrían cometido en la ejecución de obras públicas” (El Comercio, 22/6/2017).

Una protesta aparentemente principista, en medio de una coyuntura nacional en que prima la desconfianza y las acusaciones son recurrentes. Detrás de ello, el desapego a la política formal se une al desaliento de la coyuntura económica crecientemente apremiante.

Aunque las elecciones de abril del 2016 pueden parecer algo muy lejano, aún resuenan los marcados mensajes de sus resultados. El sur andino ha sido tradicionalmente un bastión izquierdista; se recuerda que el Frente Amplio ganó en todas las provincias de Apurímac, incluido Andahuaylas. Pero se obvia otro dato relevante: el alto grado de desafección electoral.

Entendida como la suma de ausentismo, votos nulos y blancos, la desafección electoral llega en Andahuaylas al 41,7% (muy cerca del índice regional, de 42,3%). Es decir, en las últimas elecciones presidenciales, solo seis de cada diez electores hábiles optaron por alguna candidatura en contienda. Los otros cuatro decidieron no votar, o no pudieron hacerlo o, al hacerlo, optaron por viciar su voto.

Además, el bienestar que significó la puesta en operaciones de Las Bambas, el año pasado, parece hoy menguar. Según el Índice de Competitividad Regional del IPE, publicado en mayo, “Apurímac regresó al tercio inferior de competitividad luego de tres años”. El IPE atribuye dicho retroceso a un deterioro en la esfera laboral (creación de empleo formal y brecha de género) y en el entorno económico.
Con indicadores políticos y económicos poco alentadores, la llegada de la intranquilidad social parece ser solo cuestión de tiempo.

En el primer amanecer del 2005, las huestes etnocaceristas lideradas por Antauro Humala protagonizaron en Andahuaylas una asonada que dejó como saldo cuatro policías muertos. Humala hoy purga condena por estas muertes. Aunque parecía no contar con un respaldo ciudadano local unánime, el trágico levantamiento pasó a la historia política contemporánea como el ‘andahuaylazo’. Las protestas de hoy parecen, en cambio, ampliamente extendidas, y la plataforma crece conforme pasan los días. ¿La Andahuaylas de junio del 2017 hará que el superlativo tenga razón de usarse?