Ricardo León

Periodista. Editor de la sección Nacional

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El 28 de julio, el general –ahora en retiro– leyó en “El Peruano” la resolución del saliente presidente Francisco Sagasti que daba por concluida su función como jefe del Comando Conjunto de las (CCFFAA), y que establecía su baja en el Ejército. Esto fue a solicitud expresa del propio Astudillo, quien no veía con buenos ojos lo que estaba a punto de comenzar. Esta es la primera entrevista que concede en la nueva vida de civil.

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—Era obvio que su salida, de alguna manera intempestiva, generaría todo tipo de suspicacias. Sagasti dijo que su pedido no tenía nada que ver con el nuevo gobierno, pero era difícil de creer. ¿Cuál fue la verdadera razón?

Pedí mi baja para ser coherente con mi propia convicción de haber luchado toda una vida contra la izquierda más radical, que le ha hecho tanto daño al país. Y es obvio, innegable que el actual gobierno tiene serias conexiones con eso.

—¿En qué momento lo decidió? ¿Contempló la posibilidad de quedarse y entregarle el bastón de mando militar al presidente?

Imposible, imposible. Lo decidí a medida que corría el tiempo, llegaba la investidura y veía que no había una expresión de querer llevar a cabo lo que se había prometido en un principio, en esa Proclama Ciudadana, en presencia de la Iglesia. Era una decisión personal, no quería involucrar a nadie de las Fuerzas Armadas, que ahora están en buenas manos [el jefe del CCFFAA es ahora el general EP Manuel Gómez de la Torre].

—¿Cuál era el ambiente en los cuarteles y en las instituciones militares? Era inaudito ver protestas en la puerta del CCFFAA pidiendo, entre otras cosas, usar la fuerza.

Nunca, durante los años en que he estado en el CCFFAA, se habían manifestado o han protestado allí. Son protestas legítimas, tienen el derecho de hacerlo, pero ese no es el lugar adecuado, hay otros espacios políticos. Sigo creyendo que esta es una batalla política, donde hay varias trincheras. El Congreso juega un rol importantísimo.

—Al día siguiente de jurar el cargo, empezaron los nombramientos, algunos muy cuestionados. El del propio Guido Bellido, para empezar la lista.

Más que los nombramientos, creo que son las acciones. Porque a las personas las cambias, pero hay acciones con carga de ideología, como cambiar la Constitución a viva fuerza, sí o sí, como lo han manifestado algunos de esos líderes: ‘Ah, no quieres el Artículo 206 [que establece los procedimientos para una reforma constitucional], entonces viene por otro camino’. Esas cosas sí preocupan, ya parece una amenaza y es un escenario más complicado. Me parece innecesario, por decir lo menos.

—Además de los funcionarios nombrados por el Gobierno, está el entorno. Esta semana, en otra audiencia del proceso contra el congresista Guillermo Bermejo, un colaborador reafirmó sus presuntos contactos con Víctor Quispe Palomino, cabecilla terrorista de la facción de Sendero que opera en el Vraem. Desde su experiencia, ¿tienen asidero estas acusaciones?

Lo que Sendero está buscando es un brazo político. Muchos pensamos que es a través de Movadef, pero si se presenta una persona que es dirigente de un partido... Yo he visto a Bermejo un montón de veces en el Vraem, hacía proselitismo pro cocalero. Ahora es congresista y puede hacer lo que le da la gana. Acaba de estar ahí en el Festival de la Coca.

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— Bajo esa hipótesis, ¿qué estaría buscando Quispe Palomino?

El Sendero de Quispe Palomino, alias ‘José’, tiene un nombre aun más largo: se hacen llamar Militarizado Partido Comunista del Perú Marxista-Leninista-Maoísta, principalmente Maoísta. Ellos se van a aferrar a cualquiera que les dé un espacio de poder. A cualquiera: a los narcos, a los políticos, a cualquier fuerza u organización, sea criminal, sea legal, lo que sea, para mantenerse con vida. La supervivencia para ellos es fundamental. El clan Quispe Palomino es un peligro en esos lugares porque tienen armas y son un peligro igual al que es cualquier banda criminal que está coludida con el narcotráfico, pero tienen una carga ideológica, reivindican sus masacres, sus actos, sus luchas contras las Fuerzas Armadas y contra el aparato político.

—En un libro suyo, titulado “Vraem, verdades que duelen”, leo un fragmento que establece quién está allí ahora: “El terrorismo que existe en el Vraem no es el terrorismo de Abimael Guzmán, subyace a él. Aunque lo niega, es su esencia” pero sumado al “maridaje perfecto” con el narcotráfico.

Ya no es el Sendero de Abimael Guzmán, están en otra línea. Pero quieren destruir las instituciones porque, como ellos dicen, “salvo el poder, todo es ilusión”. ¿Y quién le impide llegar al poder? Las Fuerzas Armadas. Entonces tratan de destruirlas, de menoscabarlas, de destruir su moral y la de sus líderes. Es un juego que se ha hecho en todo el mundo y que está dentro de la dialéctica materialista. Es su juego. Y se siguen manteniendo los mismos conceptos de terrorismo: esto no es una guerrilla, es terrorismo puro.

—Ese marxismo con guiones, como lo llamó alguna vez Gustavo Gorriti, ¿podría encontrar en algunos dirigentes radicales lo que con Movadef nunca pudo? Porque Movadef, para empezar, no logró la inscripción como partido político.

Sí, porque ahora a través de los cocaleros y de los narcotraficantes y diversos grupos, obtienen un vocero político. Ya hay alguien que hable por ellos, ya hay alguien que los defienda.

—Si esta relación del MPCP con algunos operadores prosperara, ¿hay algún peligro mayor? ¿Podrían ganar espacios?

Sendero ya está en varios espacios, es un hecho. Por las credenciales que traen varios dirigentes, o son activos participantes o son simpatizantes. Pero hay una convicción. Hay varios gremios donde hay gente de Movadef, que tiene línea directa por Sendero, ahora se pasean libremente, acceden a reuniones. Ya no hay ese temor que tenían antes. Y eso es preocupante. Políticamente, Sendero se está afianzando. Quispe Palomino ha recibido un salvavidas que va a saber aprovechar de la mejor manera. Pero confío en las Fuerzas Armadas. y la Policía Nacional del Perú, en particular la Dircote, que tiene un gran trabajo de inteligencia.

—¿Le generó alguna suspicacia esa inspección reciente en la sede de la Dircote, en un momento tan, digamos, sensible?

Sí, y te digo por qué: yo he sido dos años inspector general del Ejército, y es igual que en la policía. Las inspectorías de instituciones militares o policiales ven temas administrativos, y cuando llegas haces un análisis y balance. Pero eso de llevarse computadoras y registros, eso jamás, nunca se ha visto. Y en una coyuntura tan especial, peor todavía. Hasta ahora nadie lo aclara. Dicen que es de rutina, pero no lo entiendo, más parecía un allanamiento.

—¿Qué opinión le merece el papel que está cumpliendo el presidente Castillo?

Ojalá que enmiende algunos errores que han sucedido, por el bien del país, y pueda continuar en esa promesa. Él prometió a los peruanos que el gobierno que iba a tener iba a ser muy democrático, que iba a ceñirse a varios aspectos de la institucionalidad. Y la Constitución es la institucionalidad hecha ley. Pero por lo que dicen el presidente y sus allegados, que son como “Doctor Jekyll and mister Hyde”, hacen ver lo contrario.

—El primer encontrón Ejecutivo-Congreso fue tras las declaraciones de Héctor Béjar sobre el supuesto rol de la Marina y el inicio del terrorismo, que se convirtió en un intercambio de leyendas. Usted era jefe militar cuando murió el último militar asesinado en el Vraem, Gustavo Valladares, un marino.

Yo lo conocía, Valladares tenía años trabajando ahí con otros jóvenes valientes e impetuosos. Vi también cómo quedó la nave en la que se desplazaba, el Hovercraft, porque los terroristas emplearon armas contundentes. ¿Qué hubiera pasado si Béjar le decía ese mismo discurso a la familia de Valladares? Además jalando escenarios de un sitio a otro... Lo peor que podemos tener es un lingüista de izquierda radical, porque te cambia los constructos, las ideas.

—¿Cuál es el ánimo en las Fuerzas Armadas? Está en el retiro, pero no ha perdido el contacto ni las sensaciones.

Las Fuerzas Armadas saben perfectamente lo que tienen que hacer. Mucha gente decía ‘¿Entonces para qué están, si no van a hacer golpe de Estado?’. Estamos convencidos de cuál es nuestra misión dentro de una democracia.

—Después de un quinquenio atroz, ¿qué sucederá en los próximos meses? Ahora ve la vida desde otro balcón.

Está lo que yo deseo y lo que creo que sucederá. Deseo que se corrijan las acciones y que le vaya bien al país. Lo más preocupante es el intento de cambio de la Constitución, eso se presta para todo. Pero lo que creo que va a pasar es que habrá una batalla política muy dura para nuestros congresistas, y están condenados a triunfar. Este no es un tema de pronunciamientos ni golpes de estado, que nunca terminan bien. Nuestra Constitución está dotada de sabios dispositivos que nos permiten vivir en paz. Es una batalla en el campo político, no confundamos las cosas.

Astudillo participó en 1997 en el rescate de los rehenes de la residencia del embajador de Japón. Peleó contra el MRTA, contra Sendero y contra el narcotráfico (Foto: Archivo familiar)
Astudillo participó en 1997 en el rescate de los rehenes de la residencia del embajador de Japón. Peleó contra el MRTA, contra Sendero y contra el narcotráfico (Foto: Archivo familiar)


–”Soy candidato perfecto a represalias-

—Sus inicios como soldado fueron en días cruciales: entró a la Escuela Militar en 1983, uno de los peores años de la guerra contra Sendero, y había entrado en 1979, en medio de las reverberaciones del régimen de Velasco.

En el año 79 además recordábamos el centenario de la guerra con Chile, y el foco estaba por ahí. Era normal ver militares gobernando. Ahora eso es una aberración. Pretender un golpe militar... ya estamos muy lejos de eso, sería regresar en el tiempo y en el espacio.

—No hay un gobierno militar pero sí hay cuatro altos oficiales que ahora, en el retiro, están en el Congreso. Algunos de ellos han sido jefes del CCFFAA y ahora ocupan una curul. ¿Le han ofrecido incursionar en la política?

Dando esta entrevista, recién después de mi baja del Ejército, ya estoy incursionando en la política. De pronto más adelante, ahora tengo otros intereses. Estoy saldando cuentas familiares, acondicionándome, son 43 años de régimen militar y de pronto di un freno que genera un ‘jet lag’ muy fuerte. Hay varias cosas pendientes por solucionar.

— En febrero, un fiscal dirigió el allanamiento de su despacho y su casa, y las de otros oficiales, por un supuesto caso de robo de gasolina en el Ejército. ¿En qué instancia está el caso?

Siguen las diligencias preliminares, yo estoy presentando algunos testigos. Sabemos cómo son estos procesos, son lentos. Pero tengo absoluta convicción y hay pruebas, pero las están evaluando recién. Está bien que se fiscalice a las autoridades, pero espero que se conduzcan de la mejor forma estas investigaciones.

—Ha enfrentado al terrorismo, al narcotráfico, ha ocupado altos cargos en momentos de crisis. ¿Teme alguna represalia, judicial, política o de otro tipo?

Soy candidato perfecto a represalias de todo tipo, hasta contra la misma integridad, pero estoy convencido de que todos los actos que he tenido durante mi carrera han sido absolutamente transparentes.

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