El arzobispo de Lima, en esta cuaresma que coincide con la cuarentena, pide una reflexión sobre el país y el planeta. (Foto: Alessandro Currarino / El Comercio)
El arzobispo de Lima, en esta cuaresma que coincide con la cuarentena, pide una reflexión sobre el país y el planeta. (Foto: Alessandro Currarino / El Comercio)
Fernando Vivas

Columnistas, cronista y redactor

fvivas@comercio.com.pe

Prefiere el Skype al teléfono, para vernos los rostros. El suyo está enmarcado por su biblioteca que, por varios títulos que diviso, excede a la teología. Su ‘nick’ en la red evoca a Piero Gobetti, un liberal italiano apreciado por José Carlos Mariátegui. Y nos ponemos a conversar sobre JCM hasta reparar en que es hora de entrevistarlo.

— ¿Qué puede hacer la Iglesia en estos tiempos, además de ser ejemplo de cumplimiento de los protocolos sanitarios?

Estamos haciendo varias cosas, y siempre está el dar testimonio de un Dios que está presente en la situación. Ese Dios que criticaba [César] Vallejo porque “está siempre bien” es mentira. La protesta de Vallejo es verdadera, pero Dios nos mandó a su hijo. Los cristianos creemos en un Dios que está enfermo con los enfermos.

—Por lo tanto, descartado que esto sea un castigo de Dios.

Es un Dios que no es indiferente, un Dios que anuncia, desde que aparece a la sociedad hebrea, que es amor, que no es odio ni venganza.

— La labor pastoral implica congregar y acercarse a los fieles. Eso no puede hacerse ahora.

La labor pastoral es en relación con las personas. Pero, ahora, aislarse es servir a los otros. Hemos hecho, eso sí, una primera cosa que es organizar el servicio de Cáritas [entidad de asistencia social] con todos los protocolos existentes.

—Los sacramentos pueden postergarse, salvo la extrema unción. Es triste.

La cercanía es muy importante, es un momento decisivo de la persona. El problema no es que el sacerdote pueda contagiarse, pues está en su voluntad asumir el riesgo, sino que pueda contagiar a otros. Se ha descubierto en investigaciones históricas que en la época de las pestes se hacían procesiones, y estas resultaban ser fuente de transmisiones.

—Para decirlo fríamente, somos vectores de contagio.

Es una situación de la que somos muy conscientes. Por eso el lema en esta Semana Santa es: “Aislados socialmente pero unidos espiritualmente”. No nos queda otra.

— Una psicóloga me decía que el no poder saludar sino con la mirada o de manera virtual es un contacto espiritual.

Hay que convertir la virtualidad electrónica en espiritualidad. El Papa nos dijo hace poco: “Si ustedes creen con el Espíritu Santo, pueden hacerlo”.

—En un momento el Papa recomendó hacer labor pastoral con los enfermos, pero luego se corrigió.

Las características del virus no las conocíamos bien en un principio. Ahora sí; por eso la ceremonia última [en el Vaticano] fue en absoluta soledad. Era impresionante.

—Le planteo un juego de conceptos, ¿el confinamiento es recogimiento?

Yo creo que sí es un recogimiento para poder volver sobre uno mismo y sobre algo elemental, que es la casa. Uno se recoge en casa y empieza a pensar de otra manera: “Me recojo en mi familia para ver cómo está nuestra relación”.

—¿Y qué nos dice a los que estamos recogidos solos?

Yo estoy aquí hace un mes solo, hay una persona que me trae algunas cosas. Es interesante para ponerse a pensar.

—Otro juego de conceptos y palabras: la cuarentena coincide con la cuaresma [40 días antes del Domingo de Resurrección].

Es la misma raíz bíblica. Empezó cuando la gente, para la cuaresma, hacía lo que hizo Jesús cuando se retiró al desierto 40 días y 40 noches, con la idea de que después habrá una revelación. En la Edad Media, los médicos empezaron a decir que hay que guardar cuarentena como tiempo para que pase el misterio terrible de la enfermedad. Que sea un tiempo para recogernos y para soñar, para evaluar lo que somos y lo que hacemos con el planeta. Muchos están atentos a lo que pasa con la naturaleza, que se siente de vacaciones.

— El Papa tiene una especial preocupación por el medio ambiente.

Ha habido algunos excesos y este es un momento para darnos cuenta de a qué extremos ha llegado la humanidad. Estoy convencido, como dice el Papa, de que si pensamos con el Espíritu Santo, podremos apropiarnos de las intuiciones más hondas de la gente, para pensar juntos. Soy de los que piensan que lo mejor del mundo capitalista moderno es la democracia, y eso es pensar juntos.

— La democracia está restringida por el estado de emergencia, y hay miedo y estrés. ¿Se pueden calibrar las intuiciones profundas de la gente así?

En este recogimiento pueden pasar cosas terribles, hasta violaciones de niños; pero también puede servir para reflexionar, por qué se separan papá y mamá, qué pasa con los hermanos mayores. No digo reconciliar, que al Papa no le gusta esa palabra; sino comprender antes de perdonar.

— Varios ciudadanos salen a aplaudir a las fuerzas de la salud y a las del orden. ¿Cómo evalúa ese nuevo ritual de las 8 p.m.?

Es un sentido de agradecimiento, que se debe a algo elemental en la humanidad. Todos venimos de otro que se entregó por nosotros, venimos de la mamá. Cuando otros hacen lo que nosotros no podemos hacer, es que nos están cuidando, y hay un agradecimiento.

— Hay un aporte económico a los más necesitados. ¿Esa es la opción preferencial por los pobres de la teología de la liberación en la que usted se ha formado?

No tengo los detalles exactos de las decisiones que se han tomado, pero creo que hay una voluntad general de no dejar abandonada a la gente. No solamente del Estado, sino de las empresas, de los bancos; eso me alegra mucho. Puede haber cierto interés, pero creo que hay sinceridad, y eso es valioso para todo el país. Nos hemos dado cuenta de que todos somos ciudadanos y hay que ayudarnos. Lo decía Vallejo: “Si yo no hubiera nacido, otro pobre tomara este café”. No se puede desperdiciar este momento.

—Después de esta cuaresma cuarentena, ¿qué cambios deberíamos esperar?

Esto que ha ocurrido puede volver a ocurrir. Como decía [Antonio] Gramsci, “cuando una fuerza es salvaje, hay que controlarla”. Peter Sloterdijk, el filósofo alemán, en “Esferas”, dice que el mundo actual ha disuelto los límites de protección. El primer globo o esfera es la familia, el segundo es el Estado y el tercero es la globalización. Hemos llegado a un límite, como un palacio de cristal que puede romperse en cualquier momento. ¿Cómo el ser humano puede sobrevivir a una expansión tan grande? Cuando esto ha pasado, como pasó con el Imperio Romano, hay procesos de reconcentración. Todo es demasiado grande como para poderlo sostener. Entonces, el mundo renace a partir de pequeños globos nuevamente, la familia, el barrio. Es lo que pienso que debe ser una democracia.

— Hay historiadores que piensan que es el verdadero comienzo del nuevo milenio.

Es una nueva forma de vivir, y es hora de evaluar en lo espiritual cómo se miran las cosas de otra manera, con otras ideas, desde la propia gente que sufre.

—¿Qué les dice a nuestros compatriotas que suelen pasear en Semana Santa y ahora estarán recogidos, en varias acepciones del término?

A los que saben escribir que hagan poesía; y a los que no saben escribir, que canten. El canto nos recuerda sentimientos muy hondos, aunque la letra pueda ser chabacana. Cuando hay adversidad, el cristiano ora, pero Teresa de Jesús nos dice: “Cantar es orar dos veces”.

—Usted tiene el privilegio de cantar, lo he oído cantar en misa.

Puedes escribir, hacer algo por horas. Estamos ad portas del bicentenario. Tenemos horas para soñar con el Perú que queremos, de corazón. En el fondo, todos estamos deseando renovar nuestra esperanza en medio de esta sorpresa tremenda. Ya antes hemos resistido tantas cosas.