"Dónde estaban entonces", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)
"Dónde estaban entonces", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)
Renato Cisneros

El dueño de El Dorado no ha honrado su palabra. Hace dos horas prometió que cerraría el local para que viéramos el Perú-Colombia pero hasta el momento no hay signos fiables de que eso vaya a ocurrir: en la pantalla gigante siguen pasando videos de Maluma y Enrique Iglesias, y en el comedor reconvertido en pista de baile un puñado de compatriotas juega su propia eliminatoria enamorando a unas blondas moscovitas, llevándolas de la cintura hasta el suelo, en lo que pareciera una improbable señal o anticipo de la clasificación a Rusia. 

 Varios minutos después, cansado de seguir la evolución de las parejas, harto del pop y el reggaetón, pero sobre todo decepcionado por el nulo ambiente futbolero, regreso al hotel con la aciaga esperanza de encontrar en el camino algún bar, un huarique, un cuchitril donde algún monitor proyecte las imágenes del encuentro que se iniciará en breve. No hay suerte, sin embargo. Es la una de la mañana y en Toulouse todos los establecimientos cierran a las dos.  

En la plaza del Capitolio quedan nada más que meseros ceñudos finiquitando la jornada, unos pocos turistas borrachos esparciéndose hacia las esquinas, tres mendigos envueltos en frazadas como bultos, dos palomas, un guardia, ningún perro. Mientras atravieso esos predios repaso con envidia en el smartphone fotos y videos de amigos que han ido al Estadio Nacional y están a punto de atestiguar un pedazo de historia que también me pertenece.  

No puede ser, me digo. Este es el día que mi generación ha esperado por décadas. El día utópico por el que me hice periodista deportivo a fines de los 90. Un día por el que le recé no pocas veces al Señor de los Milagros y la Virgen del Carmen, incluso en mi época de mayor agnosticismo. Un día que antes uno solamente podía imaginar en una charla etílica, inventar en un relato afiebrado, plasmar en un sueño optimista o recrear mediante una consola de videojuegos. Bueno, pues, ese día negado e imposible existía, se materializó, llegó y me ha encontrado aquí, en esta preciosa ciudad francesa adonde me han invitado a presentar una novela, por cuyo centro antiquísimo ahora deambulo más solitario que Messi en un contragolpe de Argentina. ¿¡Dónde están los peruanos futboleros de este lugar!? ¿¡Dónde se han escondido los hinchas expatriados que crecieron en los ochenta y que hoy, muy lejos del país natal, anhelan quitarse juntos, como si se tratara de una costra, la frustración y la amargura de tantas eliminaciones acumuladas? ¿Es que acaso no existen? Con los paisanos que aparecieron en la librería más temprano no puedo contar: eran todos muchachos calmados y responsables que mañana deben estudiar o trabajar muy temprano, a quienes la idea de desvelarse por la rojiblanca no les produjo una sola mueca de entusiasmo. ¿Dónde están, pues, los compatriotas peloteros cuando más se les necesita?, le pregunto al smartphone. Alguien debería inventar una aplicación para encontrarlos.  

Al final, encerrado en la habitación 207 del hotel Albert 1er, tocado por los nervios, transpirando la camiseta que es también pijama, padeciendo la repentina lentitud de la señal de Internet y desabasteciendo el minibar a razón de una cerveza por cada tiro de esquina, consigo ver el partido completo sin infartarme, pero sin guardarme nada: el gol de Paolo lo celebré con un gruñido estruendoso que debe de haberse escuchado en todo el casco histórico de Toulouse.

Como todos, habría preferido la clasificación inmediata, pero el repechaje no es mala noticia, al menos no para mí que estaré en Lima justo en noviembre. Quizá y hasta pueda ir a la cancha para el segundo encuentro con Nueva Zelanda y vivir, ahí sí, en vivo y en directo, con el uso horario correcto y la compañía adecuada, la anhelada noche que en las últimas horas juré que estaba a punto de perderme.