"La verdad es que nunca me había considerado “feminista” ni tampoco había sentido que me faltaran oportunidades debido a mi género", escribe Stephanie Byrd.
"La verdad es que nunca me había considerado “feminista” ni tampoco había sentido que me faltaran oportunidades debido a mi género", escribe Stephanie Byrd.
Stephanie Byrd

Era una mañana cualquiera en el mundo corporativo. Estaba sentada en mi silla de cuero con ruedas frente a una larga mesa rodeada de ejecutivos, tomando desayuno mientras revisábamos lo típico: resultados, estrategias, planificaciones, bla, bla, bla. Andaba aún medio dormida cuando de pronto escuché a un hombre de la mesa proclamar “Claro, porque las mujeres son complicadas”. ¡Me desperté! Lo sentí como un golpe en el estómago; fuerte y paralizador. Siempre me he considerado una mujer “de carácter”, pero me quedé literalmente en shock al igual que las otras mujeres en ese directorio, a todas las cuales también considero “de carácter”. Sin embargo, ninguna dijo nada. Solo nos mirabamos fijamente las unas a las otras, sometidas a esa situación incómoda y mortificante. Al parecer, nadie más se vio afectado por lo que allí había ocurrido y la reunión continuó con aparente normalidad. En realidad, habíamos comenzado a disparar WhatsApps angustiados entre nosotras, preguntándonos si era verdad lo que habíamos escuchado y además cuestionando nuestra falta de acción, de reclamo, de solidaridad ante la situación en esa mesa. ¿Era nuestra mesa simbólica de lo que ocurre a gran escala en el mundo, mediante acciones mucho más agresivas hacia las mujeres, acciones que incluyen golpes, violaciones, acoso, etc.? Aunque lo nuestro no era para tanto, ¿no? Era “una bromita nomás”, ¿cierto? No merecía, después de todo, armar un escándalo verdadero, no hay que ser “intensas” ni “exageradas”, ¿no? ¿O sí? Así íbamos armando una cantidad suficiente de justificaciones para poder recuperar la dignidad y poder volver nuestra atención a la reunión para continuar los negocios con un grupo masculino que en ningún caso vino en nuestra defensa.

Micromachismo es un término propuesto por el psicoterapeuta español Luis Bonino Méndez para referirse a aquellos actos y actitudes de inferiorización de la mujer, es decir misóginos, socialmente aceptados y culturalmente sistematizados. Son “leves” agresiones normalizadas y a menudo imperceptibles pero que forman la base sobre la cual se construyen los grandes actos de violencia. Se trata de la desensibilización que conlleva “la costumbre”. Aparte de dar pie a lo más grave, el micromachismo es igual de dañino para la salud mental de sus víctimas. Lo peor de todo es que forma parte del inconsciente colectivo y su toxicidad se vuelve inherente a la estructura social.

¿Habríamos actuado como micromachistas? No pude dejar de reflexionar sobre la situación. La verdad es que nunca me había considerado “feminista” ni tampoco había sentido que me faltaran oportunidades debido a mi género. Al contrario, avergonzadamente debo reconocer que hasta hace unos años no estaba plenamente de acuerdo con “el movimiento feminista” y hasta lo consideraba un especie de “victimismo”. Me explico: provengo de raíces humildes, y pasé por sangre, lágrimas y sudor para poder graduarme de la universidad, becada por mérito académico, mientras trabajaba a tiempo completo para pagar mis propios gastos. Una vez graduada, me vine sola a Perú de mochilera, y me he quedado ya doce años laborando y estudiando. Desde niña he sido independiente y autosuficiente. De hecho, toda mi vida profesional y personal se compone de una cadena de oportunidades que se me presentaron “siendo mujer” y “siendo mujer” yo pude aprovecharlas hasta poder sentarme en ese directorio “privilegiado”.

Sin embargo, algo he aprendido en todo este tiempo. Y lo primero es que no hace falta que nos nieguen oportunidades puntuales ni que nos minimicen actitudinalmente o que nos violen para que el machismo nos afecte de manera significativa en cada aspecto de nuestras vidas, incluso en lo más cotidiano. Lo segundo es que el feminismo no es una iniciativa extremista, ni mucho menos una mera victimización. En cuanto a las disparidades entre géneros en el ámbito laboral, la data abunda y habla por sí sola. Por ejemplo, según The New York Times, actualmente hay más hombres que se llaman John, Robert, James y William que la población entera de mujeres que ocupan puestos directivos en las grandes empresas del S&P 1500.

Ese día en aquel directorio me choqué con la fría realidad de que mi contexto corporativo ya no favorecía un crecimiento que yo consideraba relevante para mí: estaba estancada. Había incluso varias señales previas que mi subconsciente había buscado ocultar, provocándome una sensación profunda de impotencia, de falta de propósito y de disconformidad con la vida en general. Eso sí, ese día, en esa mesa, literalmente desperté. Y tomé varias cartas en el asunto, buscando cambiar mi entorno por uno donde me sintiera más a gusto y con mayor control sobre mi nivel de impacto en la sociedad y sobre mi propio destino profesional. Opté por la trascendencia, por el mundo del emprendimiento, y tenía claro que eso debía incluir, además, una iniciativa social que apuntara a empoderar a mujeres para revertir juntas nuestras cifras. Así nacieron las primeras chispas de lo que hoy en día es Dress for Success Lima, un proyecto social que comparto con la admirable empresaria Luciana Olivares. Ya les contaré más sobre eso.

*Stephanie Byrd es MBA con más de 10 años de experiencia en Marketing Digital y Ventas Corporativas. Emprendedora de Bienestar y Iniciativas Filantrópicas.