“La peligrosa maquinaria del racismo es compleja y una que se alimenta de la indiferencia y el silencio, por eso una de las herramientas para desarticularla es la denuncia”, sostiene Loayza
“La peligrosa maquinaria del racismo es compleja y una que se alimenta de la indiferencia y el silencio, por eso una de las herramientas para desarticularla es la denuncia”, sostiene Loayza
/ KEREM YUCEL
Roger Loayza

En los años noventa existía un programa de televisión en Estados Unidos llamado In Living Color. El programa consistía de diferentes sketches y frecuentes parodias de videos musicales de la época. Una parodia que quedó grabada en mi cabeza fue la del video de “Black or White” de Michael Jackson, cuyo título fue cambiado a “Am I Black or White?” (¿Soy Blanco o Negro?), donde el imitador se preguntaba de qué ‘raza’ era a lo largo de la letra de la canción, en clara alusión a los cambios de color de piel del artista. El video fue recreado al detalle, incluyendo la parte final donde el Rey del Pop termina destrozando un auto con un bate de baseball. Mientras en el video original el protagonista luego se convierte en una pantera, en la parodia llega la policía, lo arresta, y el imitador pronuncia la siguiente frase: “Ah, entonces supongo que soy negro.”

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El humor es una de las herramientas más efectivas a la hora de querer comunicar algo serio e importante. Nos facilita lidiar con temas que en otro formato nos resultarían incómodos o que hasta se verían rechazados por nuestra constante incapacidad para enfrentar algunas realidades. En primera instancia, el sketch de In Living Color se burlaba sobre la apariencia física de Michael Jackson, pero luego traía a la luz la desigualdad en la que vive la población afroamericana en Estados Unidos. Es verdad que este tipo de humor requiere de cierto nivel de comprensión y que no siempre es bienvenido a la primera.

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No es de sorprender que el tipo de humor que prolifera en la televisión local sea de un nivel tan básico, y que transcurra en una línea plana y directa hasta terminar en la ofensa verbal o física, pasando antes por los obligatorios comentarios y denigrantes hacia mujeres, la población LGBTQI y demás minorías. Muchas de las personas que están leyendo esto coincidirán conmigo, pero a la vez seguramente muchas de ellas también recurren a bromas de una naturaleza similar en su día a día. En varias ocasiones me he visto tildado de aguafiestas por señalar que una broma o comentario es racista para luego tener que escuchar excusas que citan no ser graves por no estar haciéndose “en público”.

Y es que si bien el humor puede ser una herramienta positiva, también tiene el lamentable poder de quitarle importancia a temas serios y de normalizar conductas muy dañinas. El dejar pasar una broma o comentario racista abre el espacio para que más gente lo haga y se sienta cómoda al hacerlo, y así se fomente una de las actitudes más nefastas del ser humano. Una comodidad que al escalar permite que un hombre blanco mate a un hombre negro a plena luz del día sin temer ninguna consecuencia, ya que se siente protegido por una sociedad que avala su comportamiento.

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La muerte de nos ha dejado conmocionados e indignados. Por lo menos así se ve en todas las redes sociales, a través de posts, fotos, gifs, memes y demás artilugios del mundo virtual que cada vez nos hacen más fácil “compartir un sentimiento” sin siquiera entenderlo bien. Porque a muchos de los que he visto manifestarse al respecto diciendo no ser racistas basta mencionarles que Jesús no era blanco para que salten de inmediato al sentirse ofendidos por semejante osadía de pensamiento. Porque ese es el problema del racismo: se encuentra escondido en los espacios más difíciles de limpiar de nuestras mentes, como un rincón al que no llega una escoba. Un rincón sucio que contamina nuestro espíritu y que se manifiesta en nuestras expresiones, burlas y bromas alimentando de manera peligrosa la falsa creencia de que un color de piel es superior a otro.

El punto al que llega esta creencia es demasiado entristecedor. Hace varios años se acercó un vendedor ambulante afroperuano a ofrecerme unos postres típicos. Antes de siquiera saludarme me dijo “Por favor, no te asustes por el color de mi piel” un pensamiento que me dejó paralizado. ¿Cómo hemos llegado a hacerle creer a alguien que su propio color de piel es motivo de miedo? ¿Cómo hemos hecho para venderles esta idea, cuando -si analizamos la historia de los últimos siglos- el hombre blanco ha sido el más atemorizador del planeta? Basta pensar en Adolf Hitler o también en las diferentes coronas europeas que se enriquecieron con la venta de esclavos africanos. Coronas cuyos representantes actuales veneramos en las páginas de las revistas de sociales sabiendo en el fondo de nuestros cerebros que su riqueza se formó a un costo humano. ¿Cómo es que podemos estar interpretando tan equivocadamente la historia?

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La nefasta maquinaria del racismo es compleja y una que se alimenta de la indiferencia y el silencio, por eso una de las herramientas para desarticularla es la denuncia. Debemos señalar cuando alguien está haciendo una broma o comentario con tono racista en un medio de comunicación, cuando sucede en una reunión privada o en situaciones más graves, donde el apoyo a la víctima es primordial. Que la vergüenza caiga sobre quien agrede verbal o físicamente motivado por el racismo. Cuando vemos nuestra historia en retrospectiva, muchas veces nos preguntamos cómo se permitieron tantas atrocidades y nos planteamos lo que hubiéramos hecho nosotros en ese momento. Este es nuestro momento.

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