Renato Cisneros

Nado en las aguas mansas y turquesas de una playa del Mediterráneo, pensando que merezco ese momento de plenitud. He logrado erradicar de mi cabeza las preocupaciones, las noticias políticas, las tareas pendientes a las que volveré pasadas las vacaciones, y ahora solo me concentro en respirar, dar lentas brazadas, sentir el sol pegándome en la nuca, observar bajo el agua cardúmenes de colores.

De repente, un grito azorado me saca de aquel trance casi amniótico. “¡Hay caca!”, exclama un gringo, señalando hacia una zona intermedia entre la orilla y el punto donde me encuentro. Levanto mi gafas de nadador, aguzo la vista y diviso, en efecto, un pedazo de excremento meciéndose en la superficie del mar. No es grande ni pequeño. Brilla. Nunca he visto uno, pienso, al menos no en el océano, así que permanezco unos segundos, quizá demasiados, observando su comportamiento oscilante.

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El gringo da la voz de alarma nuevamente y los bañistas más susceptibles se refugian a zancadas en la orilla, como si se hallaran ante la presencia amenazante de un tiburón. Otros forman un cauto círculo alrededor del montículo, de la misma forma en que en el estadio los hinchas se repliegan cuando va a estallar una bombarda en la tribuna. La deposición parece un iceberg decolorado, una isla diminuta buscando un lugar donde encallar.

¿De dónde salió?, pregunta alguien. Los curiosos, al principio tan morbosamente interesados en la caca, ahora se alejan de ella para evitar que se les adjudique su autoría. Alguien comenta que quizá provenga de alguno de los veleros que se advierten en la línea del horizonte; otros sospechan que tal vez sea el resultado de algún reto adolescente que en las próximas horas será develado en TikTok. Solo unos pocos ignoran el evento y continúan jugando paletas entre las olas, dándole la espalda, aunque mirándola de reojo, como si fuera una medusa que nunca se sabe cuándo va a morder.

El gringo vuelve a gritar al ver que el mojón, en lugar de diluirse hacia el fondo, ha empezado a disgregarse, como hacían los Gremlins al contacto con el agua. Ahora se ven flotar dos y hasta tres pequeños sucedáneos de la excreción original. Flanqueado por dos señoras angustiadas, el gringo empieza a hablar seriamente con el socorrista, dándole órdenes para que ingrese al mar y retire aquella inmundicia antes de que siga multiplicándose. El muchacho, desconcertado, con cara de hallarse ante un dilema no previsto en el curso de formación, solo atina a subir los peldaños de su torre y remplazar la bandera verde por la amarilla. ¡Eso no soluciona nada!, parecen decirle los demandantes que, a juzgar por su quisquillosa reacción, pareciera que nunca se hubiesen hecho ni la pila en altamar.

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El socorrista les dice que no puede hacer nada, que no está dispuesto a recoger caca ajena, por una cuestión de higiene, que no tiene mascotas en casa precisamente porque le da asco tener que ocuparse de sus excrementos, y que en definitiva no va a capturar los residuos fecales de un desconocido. Una de las mujeres lo llama inútil y él, aunque herido en su orgullo, se ríe al imaginarse mandándola a la mierda en tan peculiares circunstancias. Mientras la inverosímil discusión se desarrolla fuera del mar, dentro, en el área de impacto, diversos bañistas improvisan formas de deshacerse del monstruo ahora triplicado. Unos pretenden darle caza con bolsas, otros fabrican olas para contrarrestar la acción del viento que –para colmo– sopla a su favor, y unos niños traen peces en sus baldes y los arrojan en las inmediaciones, en la ingenua esperanza de que vayan a picotear el manjar hasta desintegrarlo.

Desde mi posición observo fascinado el confuso espectáculo, ahora también atestiguado por decenas de curiosos que, apostados en el malecón, han llegado desde las playas vecinas a avistar la caca que, pese los esfuerzos desplegados, se resiste a desaparecer. Un reportero empieza a hacer preguntas en la orilla y a tomar nota en su libreta. En cualquier momento llegarán las cámaras. Una hora después del incidente, el mar, aún turquesa, se encuentra vacío, salvo por la intimidante presencia de las heces anónimas, que continúan su trajín con dirección oeste. Igual que en el célebre poema del perro negro y el prado verde, aquí puede colegirse lo mismo: un mojón ordinario en el Mediterráneo es cosa de maravilla y de rencor. //

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