Jaime Bedoya

El nombre del partido político peruano del futuro será Partido Nacional Ese no es mi problema.

Hubo ocho distritos de donde el porcentaje de ausentismo superó el 20 %. El récord lo obtuvo San Isidro, uno de los distritos más pudientes y con mejores servicios públicos del país, donde no votó el 33% de su electorado. Más o menos 25 mil sanisidrinos que se quedaron en pijama o en buzo, o en ambos dos.

Sumando los que no votaron en todos esos lugares, sitios donde nada urgente falta, sumaron más de 250 mil ciudadanos los que el día de elecciones tuvieron algo mejor que hacer. Esta multitud llenaría cinco conciertos y medio de los que Bad Bunny hará en Lima.

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Son los que consideraron que no era importante su participación en una decisión que, si bien tiene poco efecto en vidas bastante cómodas, es determinante para los que no tienen una situación como ellos. Elegir sobre quien gobierna el lugar donde viven no es su problema porque, efecto, no es su problema. Para todo lo demás existe Mastercard.

Es comprensible, y hasta sensata, la desconfianza hacia a la clase política peruana. Esta se ha ganado a pulso el desprecio de quienes son formalmente sus empleadores, pero suelen acabar siendo sus perjudicados. La corrupción y la incompetencia en la gestión pública tienen un efecto negativo sobre el bien común, tal como nos consta hace varios años, varios mundiales, varios presidentes.

Pero precisamente, la manera más efectiva y posible de sancionar a esta calaña es través del voto. Con media hora de cola y un aspa del bolígrafo se sanciona o se premia a quienes se postulan al servicio público. Así las alternativas se debatan en terrenos de lo lamentable, la responsabilidad de elegir marca la diferencia entre hacer algo o dedicarse al lloriqueo hipócrita. Porque claro, así no hayan votado, luego van a reclamar.

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Una primera cuestión que plantea este tsunami creciente de desafección y ausentismo es preguntarse que tendría que suceder para revertir esta situación. La orfandad de referentes hace de esta tarea una epopeya cuesta arriba. Tendrían que existir líderes capaces de convocar esperanza, ilusión chamusqueada con alevosía y ventaja. Solo está disponible su pariente pobre y sin dientes, la resignación.

Consolidando el pronóstico reservado, la expectativa se enfocará ahora en Rafael López Aliaga, un político que se siente cómodo siendo el elefante en la cristalería. Debe reconocerse que esa tosquedad y frontalidad debe haber sumado a favor de su enganche con un nicho electoral. El mismo que vio como una alcaldesa progre, regia y sensible, en las antípodas de un político que reivindica un cerdo de los dibujos animados, acabó acusada por asociación ilícita y lavado de activos con una coima de 10 millones de dólares atada al cuello donde antes iba una chalina. La corrupción no tiene ideología.

Ante la gelatina sin temple del congreso que toma el té con una presidencia deshonesta y fallida, la confrontación pura y dura destaca. Urresti, que quedó a pocos votos, es otra versión de esa misma pechada achorada. La paciencia ya se acabó, y de eso está alimentándose Antauro Humala mientras algunos piensan qué votar no vale la pena.

Una manera alegóricamente brutal de darle vuelta al desinterés electoral podría darse en el caso de que en esos ocho distritos repentinamente dejara de haber agua potable, luz eléctrica, y presencia policial visible. Es decir, que les tocara vivir como viven en el resto de Lima. Pero no va a suceder. Al menos no antes que llegue el meteorito.

Y aun así sucediera ese evento cósmico, quizás sería inocente creer que esa desgracia afectaría una mentalidad sólidamente cimentada en el egoísmo y la insolidaridad, los mayores blindajes del alma criolla nacional.

Cuando tu barrio, tu ciudad, tu país, no es tu problema, pues no es tu problema. Tomas un avión y sigues con tu vida diciendo que ya no se puede vivir en el Perú porque ahí siempre, alguien que no eres tú, elige a los peores.