"Ningún ponche de frutas igualará jamás al ponche de Coca, que además de sabroso tenía una presentación divina". (Ilustración: Kelly Villarreal)
"Ningún ponche de frutas igualará jamás al ponche de Coca, que además de sabroso tenía una presentación divina". (Ilustración: Kelly Villarreal)
Lorena Salmón

Cierro los ojos como dinámica de truco mágico para invocar el pasado. Específicamente, al fantasma de las Navidades pasadas y que me lleve con él a las mesas largas de mi abuela Elvira, en avenida La Mar 1460. Ninguna ensalada de fideos se iguala a la de mi abuela paterna. No hay variaciones de receta ni ingredientes secretos: simplemente es una delicia que desde niña nunca pude respetar.

La ensalada llegaba a la medianoche con muchos menos canutos que los originales porque mientras los adultos conversaban en la sala principal, yo metía dedos a los fideos, que disfrutaba sin remordimiento alguno.

Ningún ponche de frutas igualará jamás al ponche de Coca, que además de sabroso tenía una presentación divina, una dona de hielo compuesta por champán, frutas y ginger ale. Orgullosamente me contó, aquella vez que quedé deslumbraba por su brebaje, que lo había aprendido a hacer en Utilísima satelital. Te faltó enseñarme, Coquita.

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Por eso cierro los ojos y vuelvo a esas Navidades de tertulia infinita escuchando a los Toribianitos, aquel coro formado por los alumnos del colegio Santo Toribio, del Rímac, que alcanzó la fama en los años ochenta (escribo esto con su versión de Mi burrito sabanero en mi cabeza).

A esas Navidades en las que, por tradición inquebrantable, los regalos se abrían después de las doce, se cenaba prácticamente de madrugada y Papá Noel, además de traer regalos, te llenaba las botas navideñas de dulces.

En casa de mi abuela materna, la gran atracción era el nacimiento, maravilloso y gigantesco, que Ida armaba con ilusión semanas previas a la fiesta del Señor. Era un despliegue de minifiguritas de todos los tipos de animales posibles –o todos los que habrían entrado en el arca de Noé–, encaminados a la gruta donde José, María y el niño, tapado con algodón porque aún no había nacido, los esperaban al lado de Gaspar, Melchor y Baltasar.

Cierro los ojos y recuerdo el recorrido obligatorio que mi padre había creado como ritual, Navidad tras Navidad: primero visitar al tío Pollo, querido, en la avenida Coronel Portillo; luego donde el tío Pepe, amoroso y generoso, para después llegar a la casa donde tocaba pasar la Nochebuena.

Tiempos felices.

Después de aquellas Navidades en la casa de mis abuelos, viene a mi mente mi primera Navidad como madre, y Horacio bebé, con gorrito de Papá Noel, extasiado por un carro andador al que bautizamos como el Loco Exprés. El niño era poseído por el espíritu de Meteoro y a puro impulso, con sus piernitas pequeñas, montaba su carrito y avanzaba libre hasta que lo perdiésemos de vista.

Unos años después, el Loco Exprés tuvo su propio glow up. Decidí tirar la casa por la ventana y comprarle un miniauto eléctrico rojo descapotable, que usó las veces que alcanzan contar con los dedos de una mano.

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De adulta, y poco a poco, mis Navidades se volvieron más nucleares y menos pobladas; por lo tanto, quizá menos mágicas que cuando era niña. De hecho, hasta llegué a perder el espíritu festivo por estas fechas, en ocasiones hasta acostándome a dormir antes de la medianoche.

Pero todo lo que hemos estado viviendo en estos últimos años solo ha despertado en mí más ganas de vivir que nunca. De disfrutar y celebrar de todas aquellas ocasiones donde lo importante es dar el amor que tenemos a quienes queremos. Así que hoy, como ayer, se celebra: por la salud, por la familia y por todas las razones por las que debemos agradecer al de arriba (y a los que están a tu lado).

Feliz Navidad a todos.

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