Jaime Bedoya

Valentina es una guía turística italiana que vive un dilema pandémico: tras dos años de dolorosa pero efectiva higiene de multitudes ya no tolera mucho a la gente. El problema es que necesita de ella para sobrevivir. Por gente no se refiere a las personas, sino en lo que estas se convierten cuando diluyen su individualidad en una manada genérica. Sin decirlo, definía al turista.

Su centro de trabajo es Florencia, joya de la Toscana que atesora las obras más luminosas del Renacimiento. En ese período renovador se transita del oscurantismo medieval al humanismo, reivindicando las culturas clásicas griega y romana. Como su nombre lo indica, el pensamiento humano volvió a nacer.

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Valentina cuenta como durante la pandemia ella disfrutaba del placer surreal de poder estar sola frente a la fuente de Neptuno, el Duomo, o la réplica del David en la piazza de la Signoria. Un vínculo silencioso y privado la envolvía en historia, hipnotizándola hasta que el lejano tronar de una ambulancia la despertaba de una impostación nacida de la tragedia

Esa posibilidad extraordinaria ya empezó a desaparecer por completo. El turismo ha vuelto con furia masiva a sus polos magnéticos, como Florencia.

Ríos de turistas locales y extranjeros deambulan por la ciudad con añadida torpeza post encierro y una exasperante ansiedad digital. Esta llega corregida y aumentada por registrar en celulares no a los monumentos históricos, sino como se ven ellos, bípedos implumes, con la grandiosidad de fondo. Maledetti telefonini, los llama ella.

La galería Uffizi es la pinacoteca más visitada de Florencia. Recibe millones de visitantes al año, estimándose que el desborde pos pandemia romperá todos los records.

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Una de las obras emblemática de Uffizi, y símbolo mayor del Renacimiento, es la pintura del Nacimiento de Venus de Sandro Botticelli. Desnuda y etérea, la diosa del amor y la fertilidad flota sobre una concha que surge, según el mito, frente a las costas de Chipre.

Zephyr, dios del viento, la impulsa con su aliento mientras que la Hora de la Primavera se apresta a vestirla con su manto. La imagen es un símbolo icónico de un nuevo florecer. Ha sido trajinada en individuales, relojes, carteras, y hasta en el de un software. La paradoja es que el mensaje implícito que lleva, un esperanzador y nuevo comienzo, se ve agredido por la desesperación generalizada por hacerse el selfie, embutirle un celular al cuadro, e invadir al prójimo tal como se hacía hasta antes de revelarse que la proximidad con extraños podía ser letal.

Decían que la pandemia nos enseñaría a ser mejores. Que la plaga nos mostraría lo imprescindible de saber convivir civilizadamente. Y que tras esta dura lección todo sería diferente. Salvo el ubicuo uso del gel, no se nota un cambio cualitativo en lo que somos.

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El mundo está guerra. En el país más poderoso del mundo se venden armas como si fueran Coca Colas, la comida no alcanza para todos, y el canalla será siempre canalla así llegue el meteorito. Lo que no impide ilusionarse brevemente al estar en presencia de Venus saliendo de un mar pintado seis años antes del descubrimiento de América. Se puede seguir creyendo, así sea ilusamente, en la posibilidad circular de un nuevo comienzo.

Aunque tal vez sea más sensato conformarnos con nuestra versión nacional del renacimiento. Aquél protagonizado por Susy Díaz surgiendo de las . En dicho episodio absolutamente mitológico, Susy se somete a ese revolcón continuo y tragicómico entre expectativa y desilusión que define la peruanidad clásica.

Es lo que hay.

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