BUENA COSECHA. Mujer agricultora de la comunidad de Ñuñunhuayo. En las zonas altoandinas, la siembra de papa nativa comienza el mes de octubre y demora entre seis y siete meses en rendir frutos. (Gianfranco Salazar Calagua)
BUENA COSECHA. Mujer agricultora de la comunidad de Ñuñunhuayo. En las zonas altoandinas, la siembra de papa nativa comienza el mes de octubre y demora entre seis y siete meses en rendir frutos. (Gianfranco Salazar Calagua)
Jorge Chávez Noriega

El centro poblado de Chuquitambo se ubica en la provincia de Tayacaja, Huancavelica, a unos 3600 m.s.m.n., rodeado por unas colinas que parecen rozar el cielo. Por estos días la temperatura promedia los 14 grados, aunque por las noches esta puede llegar a bajar drásticamente. Su entorno resulta ideal para la siembra y cosecha de nativa, una actividad a la que se dedica Lino Yoshymori (22) desde que tiene uso de razón. “Yo nací, digamos, con una papa bajo el brazo. En mi pueblo, la mayoría de personas nos dedicamos a la agricultura”, comenta Lino a través de Zoom, usando una mascarilla acorde a los tiempos que vivimos.

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El pasado mes de marzo, Lino y su familia se alistaban para una nueva temporada de cosecha. Todo estaba debidamente planificado para recoger los frutos maduros de su campo. Pero las cosas cambiaron cuando supieron que el coronavirus nos había invadido y que el Gobierno había decretado una estricta. De inmediato -narra Lino- hubo una asamblea en el pueblo donde se tomaron una serie de medidas para evitar que el virus llegue a ellos y se pierda el trabajo de varios meses. “Lo primero que se decidió es que no iba a entrar gente de otros lugares a nuestra comunidad. El tema con ello es que no podíamos contratar peones, por lo que nosotros mismos tuvimos que encargarnos de la recolección”, cuenta.

TIERRA DE OPORTUNIDADES. Un grupo de agricultores de Chuquitambo ha logrado producir en este 70 toneladas de papas nativas, 70% más que en el 2019. (Foto: Jean Pool Bejarano Herquingo)
TIERRA DE OPORTUNIDADES. Un grupo de agricultores de Chuquitambo ha logrado producir en este 70 toneladas de papas nativas, 70% más que en el 2019. (Foto: Jean Pool Bejarano Herquingo)

A comparación de otros años, esta vez el trabajo fue más duro, con largas jornadas que iban de ocho de la mañana a cinco de la tarde y un breve descanso al mediodía. “Este año quisimos tener una mayor cosecha porque el año pasado nos quedamos cortos. Mientras más grande es tu producción, se corren mayores riesgos, pero ahora estamos contentos de que todo haya salido bien”, explica Lino. El esfuerzo valió la pena: los agricultores que forman parte del proyecto llegaron a producir 70 toneladas, un 70% más que en el 2019, en las variedades cceccorani, huayro macho, wenccos y sumac soncco. La cosecha fue adquirida por Inka Crops, empresa que desde hace 20 años se dedica a la exportación de chips de papa nativa.

“Los productores no dudaron de nuestro compromiso y empezaron con la cosecha en los tiempos acordados y nosotros a procesar, despachar y llenar los canales de comercialización. Seguimos hoy en este proceso que va a continuar hasta mediados de septiembre”, comenta Ignacio Garaycochea, gerente comercial de Inka Crops. “En Chuquitambo, o en cualquier otra comunidad, no existe ningún secreto para el éxito más que el trabajo esforzado y organizado de sus miembros”, añade.

PRODUCTO ESTRELLA. Para la elaboración de chips de papa nativa se utiliza aceite de girasol alto oleico, que permite darles una textura crujiente. (Foto: Sckarleth Sánchez/Inka Crops)
PRODUCTO ESTRELLA. Para la elaboración de chips de papa nativa se utiliza aceite de girasol alto oleico, que permite darles una textura crujiente. (Foto: Sckarleth Sánchez/Inka Crops)

Otro caso ejemplar es el de la comunidad Ñuñunhuayo, en la provincia Jauja, Junín. El orden y disciplina, tan necesarias en tiempos de crisis sanitaria, les ha permitido incrementar su producción de papa nativa: el año 2019 abastecieron a la empresa peruana de snacks con aproximadamente 10 toneladas y, durante este 2020, con 12.

“En esta pandemia nos estamos apoyando entre nuestras familias, siguiendo las medidas dispuestas por el gobierno, cuidándonos entre nosotros, evitando el contacto con personas ajenas a nuestra comunidad”, cuenta Matilde Chávez, mujer agricultora y madre de dos niños. Y complementa: “Mi sueño es que nuestras papas sean conocidas en todo el mundo y valoren el trabajo que hacemos en las zonas altoandinas”.

Para el transporte de los productos se pusieron en marcha una serie de protocolos (uso de equipos de bioseguridad y un mínimo contacto con los agricultores), implementados Fovida y Cedinco, organizaciones que se encargan de la planificación de las siembras y la asesoría técnica del cultivo junto con las comunidades. Como bien dicen, juntos podemos salir adelante. //

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